sábado, 5 de febrero de 2022

EL PELIGRO DE CAER EN LA GRACIA BARATA, Ángel Medina

 

Voy a intentar contar de una manera escueta y yendo a lo fundamental lo que ha supuesto para mí la predicación. Lo primero es dejar claro que aquí me refiero a predicar, no a otro tipo de charlas o formaciones, las cuales requieren de unos métodos y preparación diferentes. Para comenzar diré que al principio yo estaba alejado de la Iglesia, no por nada en especial, sino porque a mí alrededor no se prodigaba esto mucho.

Tuve una gran conversión por el año 2000, leyendo la biblia, concretamente estas palabras: Evangelio de San Juan 14, 6. Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al padre sino por mí. Estas palabras resonaron dentro de mí con tal fuerza que no lo puedo describir, solo sé que de repente necesitaba profundizar más en las cosas de Dios, a volver a misa, necesitar la eucaristía, los sacramentos, y escuchar la Palabra con nuevos oídos.

Y en esos momentos de cambio interior tan profundos, la predicación iba a jugar un papel fundamental, ya que esta fue poniendo palabras a lo que yo estaba viviendo. En esa búsqueda tuve la suerte de entrar en un grupo de la renovación carismática donde un padre dominico centraba su predicación en la humanidad de Jesucristo y la gratuidad de la salvación.  Esa predicación de Jesucristo hombre, cercano, cariñoso y sufriente que había muerto por mí, vibraba en la misma onda de lo que había experimentado “Jesús, camino, verdad y vida”.

Esta predicación se hacía en mí viva y eficaz, reafirmaba y confirmaba lo que estaba sintiendo, me hacía feliz, tenía sensación de plenitud, de haber encontrado el sentido a la vida, Jesucristo. Decía el obispo Balduino de Canterbury, refiriéndose a Cristo, como palabra, fuerza y sabiduría de Dios: “Esta palabra existe, por tanto, en el seno del Padre, en la predicación de quienes la proclaman y en el corazón de quienes la aceptan. Cuando esta palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de flechas de arquero afiladas”.

Sin embargo, y por hacer un poco de contraste, también, recuerdo durante estos años haber escuchado alguna misa de la que salía verdaderamente mal, veía al cura como al jefe de zona, pegando la bronca a los empleados, siempre insatisfecho. Yo pensaba, pero con lo complicada que es ya de por si la vida con tantos agobios, como puede ser que vayas a misa a refrescarte del mundo y salgas igual o peor. Me daban ganas de no volver (pero resalto que esto fue algo anecdótico y aislado). Con esto no estoy diciendo que no haya que exhortar, amonestar ni guiar, ya que siempre está el peligro de caer en la gracia barata del todo vale. Pero es que una predicación donde Jesucristo no sea el centro se queda fofa, no dice nada, cansa. Al menos para mí. 

En el 800 aniversario de Santo Domingo, “predicador de la gracia”, pienso que la Iglesia debería volver a lo esencial, a esa predicación inspirada por el Espíritu Santo que siempre nos llevará a Jesucristo, camino, verdad y vida.

miércoles, 19 de enero de 2022

LA PREDICACIÓN, ACTIVIDAD DE ALTO RIESO, Reyes Mate

Vivimos tiempos en los que la prisa hace imposible la experiencia, es decir, la transformación de un acontecimiento o de una palabra escuchada en parte de uno mismo. En lugar de experiencia lo que hay son vivencias que no es lo mismo: aquí todo se resuelve en un shock que dura un instante y que desaparece en el momento mismo en que aparece, sin dejar rastro.

Este modo de vivir afecta a la predicación, un tipo de palabra con vocación de experiencia, condenada a abrirse paso entre muchas palabras de consumo rápido que sólo pretenden impresionar un instante. Llamar al sosiego y a la reflexión en esta vorágine, no es fácil.

Lo que no puede el servidor de la palabra es sumarse al ruido, sino tomar nota de los límites del discurso en este momento y hacerse valer dentro de esas limitaciones. 

El primer desafío es la credibilidad. El oyente tiene que percibir desde el primer momento que las palabras de quien le habla le salen del alma porque brotan de un corazón habitado por esa palabra. Aquí no valen los clichés, ni las frases hechas o repetidas. Primo Levi, el superviviente de Auschwitz, cada vez que tenía que testimoniar se pasaba la noche en vela. Y dejó de hablar el día que descubrió que sólo se repetía y que no era capaz de recrear con su palabra el estado de ánimo, la vivencia, del primer momento. La palabra del predicador, para que fecunde al oyente, tiene que llevar el sello de la fecundación en el propio hablante. 

En cuanto a la construcción del discurso, debería partir de un buen conocimiento del texto bíblico. Un buen conocimiento no tiene que ver con erudición, que suele ser un incordio, sino con capacidad de sorpresa. Invito a leer un librito de sermones de un dominico alemán, Tiemo Peters. Cada sermón, un descubrimiento. Un ejemplo, el comentario a la "resurrección" de Lázaro, tan usado en funerales. Tiemo Peters se pregunta de qué "resurrección" hablamos si Lázaro volvió a morirse. ¿No consistirá su sentido, se pregunta el predicador alemán, en un canto a la vida? Y ahí abre una autopista a la reflexión cristiana. 

La lectura de un texto bíblico en el seno de una eucaristía no es comparable con un comentario de texto en un curso académico. Tienen en común, ciertamente, el rigor de la interpretación, pero la homilía tiene algo muy singular: su actualidad. Lo que cuenta el texto que se lee o comenta está sucediendo hoy, nos está hablando a cada uno de nosotros. Esto nos cuesta entenderlo. Los cristianos han perdido el sentido de la memoria propia del judío. Este, cuando lee el relato del paso del Mar Muerto, piensa que lo está pasando él. Ante esa pérdida de sensibilidad anamnética, el predicador cristiano tiene que redoblar sus esfuerzos para hacer hablar al texto o, más precisamente, para convencer al oyente que le está hablando a él. 

Esto no tiene nada que ver con sacar la moraleja del texto leído. En el caso, por ejemplo, de la parábola del Hijo Pródigo, no se trataría de sacar la conclusión de que Dios nos perdona, sino de que el perdón nos conforma antropológicamente, de que somos al tiempo todos esos personajes, por eso un cristiano no puede confundir la respuesta al "pecado" (injusticia, crimen, vicio) con castigo. Su idea de justicia no puede ser justiciera sino compasiva, etc. A alguien formado en la cultura cristiana debería parecerle lógico que, como en la película Maixabel, la víctima perdonara al asesino, lo que, creo, no es el caso. 

Hay que reconocer que la predicación es una actividad de alto riesgo. No es un "sermón", una charla, sino el momento de mayor exigencia del cristianismo pues la exigencia es teórica y práctica. Se requiere preciso conocimiento teórico y al tiempo saber desgranar aquellos aspectos prácticos que pueden alcanzar existencialmente al oyente de la palabra. Y todo esto dicho de una forma breve y creíble. Esto no se improvisa, sino que da para una vida dedicada a la predicación.

martes, 11 de enero de 2022

RELATO VOCACIONAL: AMAR LA MISIÓN, Fr. Rubén Martínez OP

Aunque nunca me haya casado mi historia se debe parecer mucho a la historia de amor de una pareja. Esta historia es una historia de amor a la misión.

He sido muy afortunados al nacer en una familia donde ví este amor a la misión. Un tío mío dominico (Padre Garrido), hermano de mi abuela, muy conocido entre todos los hermanos dominicos, cuando yo nací estaba en España, pero había sido misionero en China, a la que siempre amó y a la que siempre añoró. En mi familia siempre fue el tío misionero expulsado de China. También tengo una tía dominica de la Anunciata, hermana de mi padre y misionera en Ruanda. De ambos recuerdo siempre sus historias, su alegría por lo que sabían y estaban haciendo y, sobre todo, su pasión por la misión. La experiencia de la misión marcó el resto de sus vidas y también, he de decir, me marcó a mí. Ya desde los primeros momentos de mi vida sentí esa llamada a ser como ellos, a dedicarme por entero a los demás, a ser misionero.

Y mi primera historia de amor de verdad fue con la misión de Taiwán, a donde fui enviado. Dudaba de mis fuerzas para poder aprender una lengua tan difícil, pero, poco a poco, y con la ayuda del Señor, y de esto estoy seguro, conseguí más o menos salir adelante. Fue mi primer acercamiento de verdad a la misión. Lo de antes solo habían sido sueños de infancia que en muchos casos se llevó el viento, pero en mí, sin saber por qué, siempre permanecieron.

Como mis tíos, yo también me enamoré pronto de la misión. El ir conociendo a la gente, sobre todo su fe, su cercanía, su entrega generosa a la misión de la iglesia en su país, sus testimonios, me cautivó y me enamoré de esa misión. Con ellos empecé a aprender lo que realmente significaba ser misionero, vivir la misión, amar la misión. Ya no era la experiencia de otros, historias muy bonitas de mis tíos, era mi vida. Entonces comencé a entender por qué dolía tanto a los hermanos dejar la misión si tenían otro destino o volver a nuestra patria si faltaban las fuerzas. Romper con ese lazo es como romper con el vínculo de la vida.

Yo también tuve esta experiencia. Primero por tener que pasar un tiempo en España por enfermedad, lejos de la misión y después al ser asignado a una nueva misión dentro del país. La primera fue como el primer amor, difícil de olvidar. Recuerdo que cuando fui a la segunda misión, alguien me dijo que, aunque estaba allí, realmente mi corazón no estaba allí. Estoy muy agradecido por aquellas palabras porque me ayudaron a despertar y ver que la misión no está atada ni a un lugar ni a unas personas. Que la misión realmente nos hace libres, que no nos ata. Ese día fue como el despertar a amar realmente la misión. Misión no atada ni a nadie ni a nada, a todos, misión, amor que nos hace libres, siempre abiertos a ir y hacer lo que sea y donde sea. Misión por algo grande y por Alguien.

Me siento afortunado porque Dios me ha dado la gracia de poder ser dominico misionero. Por haberme hecho libre y haber permitido que haya hecho cosas tan distintas y en lugares tan distintos. Y ahora una nueva misión, un nuevo reto. Lo afronto como lo he hecho con anterioridad, sabiendo que el que me ha llamado es fiel y que, aunque yo soy pequeño y muy limitado, con su gracia y su luz podré llevar a cabo la misión que los hermanos y que Jesús me han encomendado.

Una historia de amor, no romántica, sino real. Una historia de amor con altibajos, dudas, tentaciones, infidelidades, no es un amor platónico. Un amor que muchas veces hace sufrir y que otras veces da tantas alegrías. Pero al fin y al cabo un amor que fascina, que impulsa a seguir adelante, que llena y que da vida. Y por una gran misión, y no la nuestra, sino la de Él, la de Jesús de Nazaret, caminar con los hombres, enseñar a sus jóvenes y niños, curar sus heridas, perdonar sus pecados, compartir con ellos el pan de la Palabra y de la eucaristía, visitar a sus enfermos, enterrar a sus muertos, soñar juntos y luchar por construir un futuro mejor para todos.

domingo, 9 de enero de 2022

PREDICACIÓN Y ESTILO DE VIDA, Fr. Pedro Juan Alonso

El VIII Centenario de la muerte de Nuestro Padre Santo Domingo es un acontecimiento que merece un número especial, pues nos demuestra la fidelidad de Dios a la Orden y a la Provincia del Rosario, que agradecemos porque nos abre a un futuro de esperanza. Nuestro nombre: ORDEN DE PREDICADORES, revela el carisma identitario. Para un dominico la predicación no es una función, ni una tarea, sino una misión y un estilo de vida.

Después de la entrevista a Juan Antonio Mayorga, vamos a empezar escuchando algunas voces que nos dicen qué necesitan y cómo nos ven. Fr. Bruno (exMaestro OP) diría, si estamos en “los lugares de intranquilidad del mundo” o por dónde andamos. Después nos escucharemos, plasmando nuestra realidad, desde los distintos ángulos donde predicamos, de cara a dejarnos criticar, sentir la necesidad de purificarnos o potenciarnos y animarnos mutuamente porque estamos donde nos necesitan.

Nuestra propuesta de fe exige escuchar primero nuestra llamada a la conversión al evangelio para escuchar a los hombres y mujeres de hoy y sus interrogantes. No estamos llamados a proponer sin más nuestra verdad. Tampoco es suficiente ir a los que vienen a nosotros. Esta actitud pasiva nos empobrece y no es la misión que nos encargó Jesús, ni quiso Domingo. Por otro lado, una predicación inspirada en «sobrevivir» o «morir con dignidad” no trasmite esperanza. La oportunidad del Centenario es llevarnos a lo esencial, a lo más genuino de nuestro carisma, que es una predicación con creatividad.

El orden más lógico para nacer y crecer en la fe es el de la primera comunidad cristiana: conversión, catequización y vida cristiana, con sus tres acciones: misionera ofreciendo el kerigma; catequética mediante la Palabra de Dios y pastoral sacramental. Este orden se ha perdido, encontrándonos cristianos sin evangelización, instalados, por lo que tenemos que evangelizar generalmente fuera de lugar e invirtiendo el orden.

Muchos bautizados no ven viable su fe en la sociedad y una “apostasía silenciosa”, ha implantado un neopaganismo con sus ídolos: un nihilismo filosófico, un relativismo moral y un pragmatismo hedonista y cínico, como conductores de la vida diaria. De esa antropología sin Dios mana el indiferentismo religioso, que explica y reduce el cristianismo a un producto cultural sometido al momento. No existe la verdad religiosa, lo cristiano es como las demás religiones, depende de cada hombre. 

Se ha despertado esta sociedad permisiva y de otro talante, instalándose entre los que se dicen cristianos, contradicciones como: el ir a misa e ir contra la vida en sus múltiples expresiones o entre lo que es pecado y no, de cara a la proyección pública; dando más importancia a la misa y a sus obligaciones y rezos que al escuchar la Palabra de Dios y la celebración del Misterio Pascual (no hace mucho todavía una señora, buena, colaboradora hasta económicamente, me dijo: Padre se habrá dado cuenta que ya no rezo el rosario desde que Vd. dijo que atendiéramos al evangelio); en fin, que no ha habido una transición del AT. (la ley, el rito, la obligación, ...) al NT. (el amor, la gratuidad) y la relación con Dios no parte de una experiencia religiosa de la bondad, de la misericordia de Dios; no digamos ya de la vivencia comunitaria de la fe o de la relación entre vida cristiana y caridad o el espíritu misionero. Todo esto lleva a imágenes de Dios muy poco evangélicas, normalmente causadas por una religiosidad de autoridad y no de llamada. Nuestro Padre intuyó el hambre de la Palabra, y la necesidad de la predicación de la gracia.

Por otro lado, la predicación, en sus múltiples expresiones también encuentra hombres y mujeres partiendo libremente, sin otros condicionamientos previos o provenientes de sistemas u órdenes que hemos sacralizado, siendo desórdenes totales. Algunas preguntas son sustanciales a la hora de transmitir la fe predicando: ¿Transmitimos una adhesión viva a Jesucristo o una costumbre social que se está diluyendo a medida que crece la secularización de la sociedad? ¿No hay que pasar de una fe sociológica a una fe más personalizada y responsable? ¿No es necesaria una participación más existencial y comprometida por parte de las personas en la gestación de su propia fe?

Amplios son los campos de predicación y hoy tienen máxima importancia los medios digitales como canales de comunicación y llegada a un número considerable con nuestra predicación

S. Juan Pablo II ya decía que la parroquia era “insustituible e insuficiente”, célula vital para la vida comunitaria en la iglesia, acogiendo todos los carismas que la componen y sintiéndose en referencia de comunión con ella. Acompaña todos los estadios de la vida de la persona, sin delimitación de personas, grupos sociales o condiciones, como de hecho encontramos en otros ámbitos de predicación. La parroquia no agota todas las posibilidades de evangelización de un dominico, ni sus perspectivas apostólicas, sería una pobreza y más si menoscaba la vida comunitaria de los frailes.

Como dominicos asumimos la vida de comunidad como algo propio de nuestro carisma en el seguimiento de Jesús. Se trata de predicar desde la escucha en comunidad, desde el modo de vivir (oración, estudio, vida fraterna, ...) como expresión por medio de la palabra de un testimonio creíble. No cabe duda de que nos permite trasmitir una imagen coherente de nuestra vida dominicana.

No será una fórmula la que nos salve, sino una Persona que cumple sus promesas (Benedicto XVI) ¿Cómo ser fieles y a la vez creativos en la predicación? El problema del lenguaje existe con los cristianos y mucho más con los que no, sumándose a las causas de abandonos y malentendidos. La novedad de Jesús, su mensaje, ya en sí, podemos decir que encierra una cierta selección a la hora de su aceptación. Digámoslo claro y rápido: la razón es el compromiso, el que descentra la vida y esto, cuesta y no gusta.

No obstante, la predicación requiere una elegancia y no referida a la ampulosidad o abundante literatura, sino referida a la sencillez, claridad y a la fidelidad; requiere un respeto, no confundiendo la cercanía con la vulgaridad. La creatividad del lenguaje debe estar al servicio de los contenidos, buscando expresiones más claras y comprensibles. No vale todo, ni de cualquier manera. La predicación no preparada suele sonar a discursos comunes, tópicos manidos o moralinas fáciles, que hacen reír, pero no alegran el corazón.

sábado, 30 de octubre de 2021

FORMAR PARA LA ECOLOGÍA, Fr. Felicísimo Martínez

¿Formar a sacerdotes, religiosos y religiosas para la ecología? Son vocaciones muy espirituales. ¿No será quedarse demasiado cortos, en un nivel demasiado terreno?  Querido lector, medita la encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Comprenderás que el cuidado de la creación es un deber de justica, un compromiso evangélico, un rasgo esencial de la espiritualidad cristiana. ¿Cómo profesar la fe en la creación y en la encarnación si no nos interesan esta tierra y esta humanidad?

El cuidado de la creación debe preocupar a todo sacerdote, religioso y religiosa en su vida y misión. Sobre todo, en este mundo actual. Hoy el compromiso con la ecología ya no es un entretenimiento opcional; es una urgencia absoluta. Los peligros y amenazas al planeta, al medio ambiente, a la vida misma… están adquiriendo niveles casi apocalípticos. Lo saben y lo reconocen personas que quizá nunca han escuchado la palabra “ecología”.

Mi padre era un campesino sin más formación académica que la escuela primaria rural. Caminaba con él una tarde de verano por una vereda en el campo. Fijándose en una manantial que se había secado, hizo este comentario: “Algo malo está sucediendo. Es la primera vez que veo seco este manantial”. Y comenzó a recitar una letanía de lamentos sobre los males que él venía observando en la naturaleza a lo largo de sus casi 90 años: han desaparecido los cangrejos, apenas hay truchas en el río, enfermaron los conejos, han enfermado los negrillos primero y luego los espinos majuetos… El río está lleno de plásticos y el monte se está llenando de latas de todo tipo…Terminó su letanía preguntándose: ¿Qué está pasando? Mi padre ni sabía en aquel momento que existía la palabra “ecología”.

Un tío mío fue trashumante toda su vida. Durante 45 años, año tras año, caminó con un rebaño de merinas desde los montes de León hasta las dehesas de Cáceres. Un mes para abajo; otro mes para arriba. Debido a las necesidades económicas de la familia, no pudo terminar su escuela primaria. Tampoco había oído hablar de “ecología”. Pero describía así lo que había observado a lo largo de los años: “La naturaleza está enferma, lo vengo notando de año en año a lo largo de la cañada real, cada vez tiene menos fuerza. ¿Y los animales? Cada vez engordan más con los piensos modernos, pero cada vez son más débiles y menos resistentes”. Terminó sus lamentos con la misma pregunta: Pero ¿qué está pasando?

Si, esta es la pregunta que tienen que hacerse en serio quienes toman la ecología como una moda, como una afición exótica. Abundan entre los ecologistas. Y tienen que hacerse la misma pregunta, sobre todo, los negacionistas, quienes se empeñan en ignorar el problema.

La formación de clérigos y religiosos hoy no debe ignorar la ecología. Tiene que promover una conciencia ecológica intensa y el compromiso de cuidar la creación y el ambiente. La encíclica Laudato Si sería un buen manual de instrucciones.

Algunos aspectos de la formación clerical y religiosa han contribuido al olvido o menosprecio de los asuntos ecológicos. Un cierto maniqueísmo que despreciaba todo lo terreno se inoculó en la formación filosófica y teológica. Por eso Santo Domingo de Guzmán se tomó tan en serio la lucha contra la doctrina de los cátaros. Era tan dualista su doctrina como evangélica su vida. En la formación religiosa un espiritualismo angelical hizo de menos todos los asuntos terrenos.  Una aspiración a los niveles más altos de la metafísica con su tercer grado de abstracción hizo perder el cable de tierra, un elemental interés por las ciencias naturales.

A todos estos inconvenientes se unen hoy dos hechos que no favorecen la formación de la conciencia ecológica. La mayor parte de seminarios, casas de formación y centros de estudio están en plena ciudad, rodeados de asfalto. Esto contribuye a crear mentalidades urbanitas, con escasa sensibilidad para contemplar la naturaleza y sus heridas. Serían necesarios tiempos rurales al contacto directo con la naturaleza. Y encima se nos han echado encima las nuevas tecnologías de la comunicación y nos están envolviendo la formación en una cultura virtual. El coronavirus está dando lugar a una nueva forma de enseñanza, de evangelización, de apostolado. La cultura virtual tiene muchas ventajas, pero también nos hace perder contacto con la madre tierra y, sin darnos cuenta, nos sumerge en un mundo irreal. Nos parece una cultura tan inocente que no puede dañar el planeta y el ambiente. ¡Qué equivocación! Los satélites y las antenas no deben ser tan inocentes ecológicamente hablando.

La formación en seminarios y casas religiosas debe tomarse muy en serio las reflexiones que ofrece el Papa Francisco en su encíclica. Y debe tomarse muy en serio los urgentes compromisos ecológicos que dicho documento presenta a la Iglesia en nombre del Evangelio de Jesucristo. Es cuestión de justicia con esta generación y con las siguientes generaciones.

En la vida religiosa hay un motivo adicional para tomarse en serio la ecología. Es nuestra profesión religiosa de pobreza evangélica. Francisco de Asís es el símbolo de la más radical ecología cristiana. La pobreza evangélica debería ser una profecía ecológica en medio de esta sociedad del bienestar y del consumo. Exige austeridad, aprender a vivir y ser felices con lo necesario. Hoy la austeridad no es una mera obligación moral. Es una necesidad. Vivir con lo necesario es pura sabiduría y es la mejor forma de vivir ecológicamente.

sábado, 2 de octubre de 2021

PREDICACIÓN ECOLÓGICA, Fr. Jesús Villarroel OP, Madrid

 

Para mí el kerigma es la predicación primitiva, una cosa sagrada. Por eso, lo que se predica tiene que tener el sello del Espíritu Santo y una unción muy poderosa que llegue a los corazones y les cambie y les acerque a posturas nuevas. Otra cosa muy distinta es la reflexión, la charla, la investigación, la conferencia o enseñanza. En estas cave la controversia, las posturas y que, al final, cada uno se quede con lo suyo.

Si es así, entonces la predicación ecológica tiene que estar unida con algún don del Espíritu Santo, porque, de lo contrario, no va a haber ninguna mutación en nosotros. Una predicación que no produce cambio, que no engendra comunidad, que no crea empatía y solicitud, no es predicación es otra cosa. La predicación ecológica contagia amor por la creación. San Francisco, a los 44 años, ya ciego, compuso el Cántico a las criaturas que le salía de su profundo don de ciencia por el que los hombres vemos a Dios en las criaturas.

En nuestra casa tenemos un naranjo que fue arrasado por la nieve y el frío de la borrasca Filomena a principios de Enero. Se helaron todas las naranjas y las ramas e, incluso, algún entendido nos ha dicho que el tronco también. Pero la esperanza nos ha mantenido: “Al menos el tronco, suspirábamos”. Hace tres días la chica, nuestra empleada de hogar,  y yo descubrimos un brotecito en el tronco rugoso y hoy otro. ¿Cómo es posible? Nos llenamos los dos de alegría y no se lo hemos dicho a nadie porque los frailes de esta parroquia son muy viejos Y tienen temblores esenciales.

En mí ha actuado del don de ciencia al ver estos brotecitos y como veis ya estoy predicando. ¡Qué bellos son! ¡Imposible que esa cosina verde salga de un tronco tan rugoso! Es que Dios es infinito también en lo pequeño. En este abril no tendremos flores de azahar, ni aspiraremos su fragancia, ni habrá botones que anuncien nuevos frutos, pero la esperanza de que en próximos años volverán, no se nos ha destruido.

El don crea la simpatía y la veneración por todo lo creado, por el inmenso cariño de Dios al crear tantos detalles para nuestro bien. Yo he conocido un profesor que nos hablaba del amor de Dios que existe encerrado en una piedra con la que te encuentras en el camino. Esa piedra  ha tardado millones de años en hacerse para que tú la pudieras coger hoy y pensar desde ella en el cariño que Dios puso en la evolución de todas las cosas. Más de una vez este hombre terminaba secándose las lágrimas llenas de emoción. Estaba dando una clase pero, a la vez, predicando ecología con un don de ciencia increíble.

Mucha gente prefiere hablar de Dios antes que de Jesucristo. La predicación, sin embargo, no nos habla de Dios, ya que para la mayoría, Dios es un concepto y vale para todas las culturas. La predicación  kerigmática, que es a la que me refiero nos habla de Jesucristo y su misterio pascual. A nuestro Dios, que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, llegamos a través del mismo Cristo muerto y resucitado. El mismo Cántico de las Criaturas si no está pasado al menos en el corazón por Cristo es pura literatura o desahogo sentimental. Sólo por Cristo llegamos al Padre. Sin embargo, mucha gente prefiere hablar de Dios antes que de Jesucristo pero así nos salimos del camino de la verdad.

Catorce veces  cita Jesús a su Padre del cielo en la predicación de la montaña. A través de él conocemos los sentimientos ecológicos del Padre. Dice Jesús: No andéis preocupados por lo que vais a comer o beber. Mi padre se cuidará de todo eso. Mirad las aves del cielo que no siembran ni cosechan ni acumulan. ¿Les falta algo? No, porque vuestro Padre del cielo las alimenta. Fijaos también en los lirios del campo que no se fatigan, ni hilan ni hacen ejercicio para crecer y florecer. Ni uno de vosotros viste tan bellamente como ellos a pesar de vuestros afanes. Pues si el Padre del cielo se cuida así de esas criaturas, cuánto más lo hará por vosotros si tenéis fe.

Es difícil encontrar párrafos como estos en toda la literatura universal. Podemos imaginar el corazón de Jesús mirando la obra maravillosa de la creación. No obstante, la creación está sometida al pecado y espera con dolores de parto la manifestación de los hijos de Dios. No habita todavía en ella la ciencia de Dios ni nos cubre de paz como las aguas colman el mar. Una higuera un día no quiso darle higos a Jesús y un sobrino mío se mató en los picos de Europa cayendo por un enorme paredón de piedra. En la homilía de su entierro no tuve más remedio que decir que tenemos que respetar el estatus actual de todo lo creado porque nos puede hacer daño. Si no respetamos el planeta se nos puede volver  en contra, incluso mortalmente.

Nosotros, en esta casa, para sensibilizarnos más a lo ecológico, además del naranjo y otros árboles, hemos sembrado en unos trocitos del  jardín, lechugas, cebollinos, ajos y tomates. Ahí estamos los cinco controlando a diario el crecimiento de estas hortalizas. A mí no me interesa comerlas, lo que me gusta es ver a Dios creciendo en ellas y sintiéndolo en mi corazón. Merece ser citado aquí San Pablo de la Cruz, fundador de los pasionistas, que ante los colores y fragancia de las flores decía en sus paseos: Callad, callad, florecitas, que me matáis de amor.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

RELATO VOCACIONAL: Est nobis voluisse satis, Fr. Rafael J. Jiménez Morillo OP, Ávila

Nacido en Sevilla 1990), termina sus estudios en Ciencias Políticas en esa ciudad Después de un discernimiento profundo en 2016 y su pre noviciado en Valladolid realiza su noviciado en Hong Kong. Completa sus estudios de Filosofía en Inglaterra y los de Teología en Roma.  En estos momentos como fraile de la comunidad de Santo Tomás de Ávila sigue sus estudios complementarios de Derecho Canónico en Salamanca. Cuando este número de la revista todavía esté en prensa, el día 24 de mayo de este nuestro año de la celebración del VIII Centenario de la muerte de Nuestro Padre Santo Domingo, ha sido ordenado sacerdote en Ávila. 

La ventaja que tiene el rendir testimonio de la propia vida, o de los aspectos relevantes de la misma, está en el hecho de que hay siempre alguien escuchando atentamente. Lo que particulariza un testimonio es sobre todo el ámbito en el que se emite y la autoridad de quien lo recibe, siempre entendido como prueba que garantiza un buen juicio cierto. El testimonio se da en sala de audiencia a la inquisitiva atención de un juez, de un secretario o de un notario que usan de la información para componer el discurso de la verdad. Es virtud propia del testigo, por tanto, el acertar con las palabras que pongan en evidencia el hecho que se intenta probar.

Lo que yo quiero probar con estas palabras es simplemente que el escaso esfuerzo de mi voluntad, tan estrecho en las miras y tan pobre en la resolución, ha sido materia suficiente como para hacer de Jesucristo una presencia constante en el ambiente que me rodea. Es esa siempre la base del testimonio cristiano el cual no se agota en la mera proclamación de un hecho, sino más bien, en la constatación fáctica del mismo. Esto es, en hacer visible la presencia invisible del Salvador. Y, en mi caso, ha sido suficiente con haberlo querido.

Yo siempre quise ser fraile dominico. No podría a ciencia cierta establecer el origen temporal de ese deseo que, en breve, pasó a ser determinación, la más de las veces revestida de ensoñación infantil o romanticismo ingenuo, determinación que terminó convirtiéndose en opción fundamental que lleva, inevitablemente, a intentar el empeño en contra de la misma realidad. Diría que empezó en esa región de la infancia donde casi con sentido profético el ser humano plantea el futuro de sus aspiraciones, es decir, en esa franja de edad que viene considerada como el inicio del uso de razón y el comienzo de la responsabilidad moral. Siempre me atrajo poderosamente la figura del sacerdote como ideal de hombre, líder y a la vez siervo, entregado a una idea no fácilmente explicable, y convencido de realizarse en altos ideales. Es posible que entonces no fuera consciente de que los rasgos aducidos no eran privativos del munus sacerdotalis y que, sin darme cuenta, podría haber encontrado semejante fascinación en otros hombres de mi entorno, algunos muy alejados de toda idea del sacerdocio ministerial, pero creo que eso no hubiera justificado una menor fascinación por el oficio del altar. Yo, simplemente, quería ser sacerdote y que la virtud o la nobleza se encontraran en otros ejemplos me venía dando igual. Era suficiente con quererlo.

La concreción de ese ideal se dio precisamente en un fraile de la Orden de Predicadores, un hermano de mi abuelo que por lo visto había sido misionero y al que yo contemplaba fascinado toda vez que entraba en su despecho y le observaba envuelto en la lectura y estudio de páginas viejas y amarillentas. Esto hizo que se desdibujara la diferencia entre dominico y simple sacerdote, diferencia ni siquiera notable entre los más avezados en estos temas, y que identificara la devoción en la celebración de los misterios de la Fe con el empeño sagaz del intelecto inquieto y apasionado por la búsqueda de la verdad y la belleza del orden real.

Para mí, todo sacerdote era dominico o, al menos, debería serlo en tanto que no era posible a mi mente substraer la pasión por el estudio y el pretendido amor por Cristo, objeto de reflexión supremo del intelecto humano. Y, por ello, esa conjugación hacia las delicias de un joven que no se contemplaba en su futuro como dedicado a otra cosa que no fuera el cultivo del misterio que envuelve el fenómeno humano, la maravilla de su racionalidad y el poder de su voluntad para fraguar el justo orden de las cosas. Es cierto, la imponente figura del fraile predicador, en la dimensión de su profundo romanticismo, llenaba mis ansias de perfección (o vanidoso perfeccionismo), y es posible que hubiera sido una mala opción de vida para quien adolece de la necesaria humildad que mantiene al hombre en la cordura, pero es que yo lo quería, y lo quería fervientemente sin admitir recurso a una deliberación madura, por otro lado, inusitada en un adolescente. Simplemente para mí era suficiente con quererlo.  

De niño se pasa a adolescente sin los deberes hechos, suele pasar. Sin embargo, mi total falta de madurez cuando entro en la veintena no fue capaz de diluir ese deseo primario y, tras la prueba del fracaso, que a todos llega, cuando te dan calabazas o simplemente cuando descubres que no eres el más listo ni el más fuerte y que existe una mayoría que te aventaja en maldad y en ambición, seguía constante ese deseo de infancia ahora convertido en propuesta de vida que centra y concentra los esfuerzos de la fuerza vital de la juventud. Con esas fui capaz de enfrentarme a las circunstancias, es decir, a las debilidades propias y ajenas, sembrando algún cadáver en el camino, y cosechando cicatrices, el camino normal hacia la madurez, objetivo que quedaba fijado en llegar a ser fraile dominico, sobre todo en aquel estadio, por el bien exclusivo de mi alma. Pero es que para mí era suficiente fuerza el hecho de que yo lo quería.

Una vez entrado en la Orden y desvanecido la fuerza ilusionante del empeño primario descubrí que, efectivamente, la hierba es siempre más verde en la parte del vecino, y que, a pesar de haber sostenido, contra todo y todos, la idea personal sobre lo que significa ser fraile dominico, esa misma idea se desvanecía convertida en realidad, siempre más amarga que lo que uno espera. Resignación, decepción, desilusión, fracaso y falta de esperanza pecaminosa, acedia, molicie, pereza y falta de caridad, es decir, todo un crisol de nefastas sensaciones que atentaban contra ese deseo primario convertido ahora en opción. Sin embargo, yo seguía queriendo lo que ya no alcanzaba a comprender, y eso seguía siendo suficiente. 

En definitiva, lo que me hizo entrar en la Orden, lo que me ha hecho permanecer, y lo que espero me siga sosteniendo, ha sido el hecho de que yo lo he querido. Desde mi perspectiva humana es lo máximo que puedo llegar a entender de mi situación actual, simplemente yo quería, quise y quiero. Ha sido el empeño de la voluntad lo que ha hecho de este testimonio ser cierto y verdadero, quizás sea eso parte de la parresia evangélica, o quizá sea solo el fatuo movimiento de una naturaleza mortal, pero en definitiva ese es el hecho que puedo manifestar. No obstante, sería un necio si no pensara que esa voluntad que tantas veces ha sido tan frágil y quebradiza, más de barro que de hierro, ha podido prevalecer sin ayuda alguna.

Esto es el contenido esencial de mi testimonio, que porque yo lo he querido estoy aquí, y, como mi voluntad no es suficiente de por si para conseguirlo, ha debido haber algo más que la ha sustentado. Sin embargo, dejo al tribunal que clarifique su juicio y llegue a la certeza moral necesaria para determinarlo. Est nobis voluisse satis[1], como decía el gran poeta Tibulo, pero creo que todos sabemos que hay un actor detrás de la escena, el auténtico culpable de esta vida mía en la Orden de Predicadores, el verdadero artífice del milagro del fenómeno humano, cuya implicación en esta historia, en toda la Historia, no creo que quede clara ni tan siquiera con el testimonio del mundo entero. Así pues, juzguen quienes lean si es posible una vocación que no sea un milagro, y saquen sus propias conclusiones sobre el futuro…   


[1] Para el honor de un hombre es ya mucho haber programado una empresa, haber pensado, ideado poner en marcha una cosa