viernes, 12 de julio de 2019


La Provincia de Nuestra Señora del Rosario es una familia internacional, con una diversidad multicultural grande y, por tanto, con unos desafíos enormes. Extendida desde Japón a Venezuela, cuenta con presencias en 13 países y sus actividades, ministerios, edades y responsabilidades se multiplican y diversifican, dentro de la mejor posible unidad.



La familia es la célula de la sociedad, básicamente fundamentada en una alianza de dos personas que buscando la comunión y con firme y profunda determinación deciden vivir el uno para el otro, removiendo todo sentimiento egocentrista, adoptando una postura de pertenencia, comunión, servicio, generosidad y dando preferencia al bien del otro como fuente de satisfacción, fruto del amor de benevolencia. Los esposos se embarcan en una aventura de respeto, donde la diversidad y la pluralidad no ha de ser elemento de desunión sino vínculo de unidad y deseo constante para descubrir más y más quien es el otro, su psicología, historia, cualidades, defectos y, sobre todo, su pertenencia e identificación con el bien común del hogar que han formado y quieren construir juntos para que los hijos crezcan en ese ambiente de calor humano.



La comunidad Provincial es también así. Misteriosa y providencialmente hemos sido llamados a formar parte de esta gran familia divina y dominicana cuyo carisma fundamental es la predicación, la misión hacia los que aún no han oído el mensaje del evangelio o que, por múltiples causas y razones se ven inmersos en la sociedad contemporánea sorda.



El progresivo discernimiento durante los años de formación va desvelando poco a poco los grandes desafíos de la internacionalidad y pluralidad de culturas de los que eventualmente quieren y piden la profesión, pasando a formar parte de la familia de Sto. Domingo en la Provincia del Rosario. Ni edad, ni cultura, ni nacionalidad, ni condiciones sociales o familiares han de ser ni pueden ser un obstáculo para el compromiso con la unidad y la pertenencia que todos queremos y deseamos conseguir.



De ahí la importancia de la disposición radical y fundamental de todos y cada uno de los que llaman a nuestra puerta de aceptar y entender básica y fundamentalmente el carácter de lo que implica tener un mismo corazón, unos mismos ideales siendo conscientes de la diversidad y pluralidad de culturas, lenguas, formación y lazos familiares. Queremos seguir siendo lo que somos, pero con una nueva dimensión fundamental: juntos optamos por vivir como hermanos con un mismo corazón, unos mismos ideales y un ministerio idéntico abrazando y planificando actividades comunes con generosidad y amplitud de espíritu.



No se trata de suprimir sino de integrar, no queremos descalificar sino aunar esfuerzos y enriquecernos con todo lo bueno que hay y descubrimos en la diversidad de culturas, lenguas y psicologías. Redescubrir el carácter internacional y misionero de los frailes de la Provincia continúa siendo un desafío histórico. No podemos definirnos simplemente por nuestra condición, historia, temperamento, talentos, desarrollos y convicciones.



Hemos de comprender que el ¨yo¨ es inseparable del ¨tú¨ aunque yo no sea como tú, compartimos un mismo carisma, aceptamos la tarea de construir comunidad más allá de las fronteras de nuestra comunidad, para hacer de todos los hermanos la gran familia de comunión y fraternidad: la Orden, la Provincia. Esto no es posible sin ti, aún cuando como dice el adagio ¨ojos que no ven corazón que no siente¨. No podemos decir que no somos familia, dominicos y miembros de la Provincia del Rosario porque yo no veo a quienes sufren y trabajan en Venezuela donde todo falta en este momento, no podemos permanecer indiferente antes las necesidades de las nuevas presencias que estamos estableciendo en Myanmar, China, Corea, Timor del Este porque no he estado allí o porque los hermanos vivimos a 20.000 km. de distancia.



El sentido de pertenencia, comunión e integración va más allá de los límites geográficos y radica en la unidad de la familia a la que pertenecemos, hoy tan diversa de la realidad histórica que yo conocí cuando ingresé en la Provincia sin saberlo. Ha sido necesario que en el transcurso de la vida y el devenir de la historia fuera enamorándome progresivamente de lo que significa ser discípulo de Jesús y parte de una gran familia como la nuestra. Pero eso no me exime de la obligación de seguir reflexionando y discerniendo hacia dónde caminamos y cómo hemos de proceder para que todos seamos felices y disfrutemos del gran don de la unidad en el vínculo de la caridad.



Para construir vínculos de fraternidad y unidad todos los que hemos profesado hemos de esforzarnos por mantener respecto, comunión, pluralidad y evitar todo sentimiento de ingratitud que crea heridas y distancia; desechar todo sentimiento de culpabilidad o de resentimiento ya que en el proceso formación y de vivir juntos no han faltado ni faltarán situaciones difíciles y hasta incomprensiones que no han sido causadas a propósito pero que se han dado; insistir constantemente en lo positivo más que lo negativo sobre todo cuando la irritabilidad se apoya en temperamentos, heridas históricas y diversidad de convicciones que afloran en tantos sentimientos con tendencia a separarse de los demás; estamos comprometidos a un diálogo constructivo, fraterno y decisivo que no está en oposición con la virtud de la obediencia, centro de nuestra fraternidad y de disponibilidad para ser enviados donde seamos necesarios y mientras podamos ayudar; aceptar la realidad de nuestras frustraciones y desilusiones, de nuestras sospechas y miedos a optar por un futuro sin fronteras donde lo desconocido puede frenar acciones que el Espíritu pone en nuestro camino por medio del profetismo comunitario.



Nunca podremos olvidar que nuestra comunión es inseparable del misterio de Cristo. Él es nuestro centro y no nos abandona y sabemos que está con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 20), pero esto no quiere decir que no tengamos un trabajo que hacer para sentirnos en casa, respectados, aceptados, reconocidos no como amigos, sino como hermanos. De ahí la necesidad de una gratitud infinita hacia el don de la vocación que da la gracia de la perseverancia y la generosidad que necesitamos para vivir profundamente convencidos el carisma recibido. 



Éste ha de germinar, desarrollarse y dar fruto junto con los hermanos en la comunidad, con el ejemplo de nuestra calidad de vida y la palabra que se nutre del calor de la gracia y del vínculo de la caridad porque hemos llegado por diferentes caminos para abrazarnos con generosidad con aquellos que también escucharon la voz de la llamada a tener y vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu, sabiendo perdonar y disculpar los defectos de los demás como un gran heroísmo y generosa abnegación.



En los últimos años la internacionalidad de la provincia y de las comunidades se ha intensificado y un tercio de la provincia ya no somos españoles, algo que habíamos olvidado desde los principios de los años 70 cuando las nuevas entidades de Filipinas, Vietnam y Taiwán fueron creadas. Esta realidad ha sorprendido, pero está dinamizando la vida de la Provincia y poco a poco vamos ganando en experiencia e integrándonos más. Esto no quiere decir que hayamos concluido la tarea, no, ésta ha de ser una constante durante los años en que esta realidad se mantenga.



Tenemos una gran confianza en lo que se ha iniciado y esperamos que la integración iniciada se robustezca e incremente los lazos de la fraternidad y de la unidad aun cuando haya y sabemos que continuará habiendo sus dificultades humanas, históricas y culturales, pero abrigamos la convicción de que todo es posible cuando hay una generosidad profunda y radical en los hermanos  y una voluntad firme con el ideal que hemos profesado de ser y vivir en comunidad, respeto y diversidad en una unidad pluralista y diversa capaz de responder más eficazmente a las exigencias de la misión común. 

¿Familia humana?, por Fr. Felicísimo Martínez Díez OP


La palabra “familia” debería ser palabra sagrada. La expresión “familia humana” también debería ser sagrada. Pertenecer a la familia humana debería ser garantía de seguridad. Decir familia quiere decir solidaridad, cuidado mutuo, convivencia fraterna y sororal, ambiente acogedor, hogar… ¿Es esto lo que experimentamos en nuestro mundo? ¿Podemos llamar familia a los millones de personas que habitamos este planeta? ¿En qué mundo vivimos?

Hablamos de familia humana, porque todos, hombres y mujeres de distintas razas y culturas, compartimos la misma condición humana. En terminología bíblica todos somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios, todos constituimos la gran familia humana. Pero nuestra condición humana está muy condicionada cultural, política, económica, religiosamente… Y condicionada está también la convivencia, que debe ser el ideal supremo de cualquier familia.  Pensando en una convivencia verdaderamente familiar, hemos de preguntarnos: ¿en qué mundo vivimos?

Vivimos en un mundo de paradojas y contrastes. Es un mundo que se balancea a toda velocidad entre dos extremos. Por una parte, el discurso sobre la igualdad de derechos de todos los seres humanos; por otra parte, unas desigualdades vergonzantes entre los pueblos y los grupos sociales. Por una parte, unas sociedades del bienestar y por otra unas sociedades del malestar. Por una parte, unas sociedades derrochando riquezas y por otra unas sociedades padeciendo todas las desgracias que lleva consigo la pobreza. Por una parte, un desarrollo acelerado de la ciencia y la técnica, por otra un debilitamiento progresivo de la ética.

Entre la paradoja y el contraste está el misterio de la familia humana. ¿En qué mundo vivimos? ¿Hasta qué punto podemos hablar de una verdadera familia humana? El balanceo entre los extremos, entre “por una parte” y “por otra parte”, está sometido a dos rasgos preocupantes del mundo actual: el desequilibrio y la aceleración. El desequilibrio en el balanceo no nos permite hacer pie, encontrar tierra firme para la vivencia y la convivencia. La aceleración no da tiempo para digerir psicológicamente tantas paradojas y contrastes. En la aceleración es casi imposible la vivencia y la convivencia.

Queremos seguir pensando el conjunto de la humanidad como única familia humana. Pero en nuestro mundo destacan más la fragmentación y la confrontación que la unidad y el encuentro. No hay una sola familia humana. Hay muchas familias, por llamarlas de alguna forma. Hay bloques políticos y económicos enfrentados. Hay grupos étnicos en permanente conflicto. Hay nacionalismos agresivamente cerrados sobre sí mismos. Hay mucha fragmentación y muy profunda para hablar alegremente de la familia humana. O, por lo menos, se trata de una familia muy fragmentada, lo cual dice poco a favor de la armonía familiar.

Es cierto que frente a la fragmentación crece cada día más la globalización. Si esta se encaminara en una dirección correcta, podría convertir la fragmentación en una familia múltiple, en la que la diversidad sería enriquecedora y provechosa para todos. Cuanta más variedad hay en una familia, tanto mejor. Cuanta más variedad étnica, cultural, religiosa en la familia humana, tanto mejor. Pero la globalización no parece caminar en esa dirección. Se ha impuesto la globalización económica y comercial sobre todas las demás globalizaciones. En vez de dar lugar a una mayor comunión entre los miembros de la familia humana, está contribuyendo a agrandar las desigualdades y los conflictos. Sigue el discurso retórico sobre la igualdad de oportunidades.

Pero la realidad es otra: cada vez se hace más escandalosa la desigualdad de oportunidades; cada vez es mayor la brecha entre las sociedades del bienestar y las sociedades del malestar. El drama de la emigración es el reflejo perfecto del fracaso de la globalización económica. Por una parte, ha seducido a las masas pobres con el sueño del paraíso que ofrecen las sociedades del bienestar. Por otra parte, a base de explotación de sus recursos, han sumido en la pobreza y en dramáticas condiciones de vida a los pueblos más empobrecidos. La globalización no ha conseguido anudar los lazos familiares de la humanidad. Ni se ha propuesto fomentar la igualdad de oportunidades. Hoy el poder está donde están el conocimiento, la ciencia, las nuevas tecnologías.

¿Qué ha sucedido para que un mundo con tantas oportunidades esté perdiendo el norte de esta manera? Probablemente la clave hay que buscarla en el divorcio entre la ética y la política, entre la ética y la economía, entre la ética y la técnica. En nombre de la ética los autores clásicos denunciaban la usura. En nombre de la ética hoy se llega, en el mejor de los casos, a perseguir la corrupción, que es una usura ya consumada. Probablemente el gran problema de la familia humana hoy es que no tenemos mística para tanta política, no tenemos justicia para tanta economía, no tenemos ética para tanta técnica y tanto progreso científico. El gran desafío para reconstruir el tejido familiar de la familia humana es la recuperación de la ética.

¿Desde qué observatorio hemos de contemplar la familia humana? Los profetas de Israel estaban completamente acertados cuando hicieron de los pobres el gran observatorio de la salud familiar del pueblo de Israel. Lo tenían muy claro: la mera existencia de los pobres era señal clara de que el pueblo de la alianza había fracasado. La lección sigue siendo actual: mientras existan pobres en esta tierra, la familia humana debe considerarse fracasada, al menos en parte. No podremos hablar de la familia humana sin sonrojo hasta que todos los seres humanos estén sentados a la mesa, compartiendo los bienes de la tierra en solidaridad, en armonía e igualdad.

martes, 9 de julio de 2019

TRES PAÍSES, TRES MANERAS DE VIVIR LA FE EN FAMILIA: ESPAÑA, por Faustino Martínez


El barco pesquero del padre del autor
Contexto

Quiero compartir esta mirada retrospectiva desde mi distancia a la época en que tuve la suerte de nacer en una familia humilde en los difíciles tiempos de la postguerra civil española, aproximándome reconciliado con aquel horizonte histórico. Nací cinco días después del ataque japonés a Pearl Harbour, en plena II Guerra Mundial. Tuve la fortuna de disfrutar de una infancia feliz gracias a los padres que me tocó en suerte tener, donde el amor, la dedicación, que se demostraban mis padres, nos alimentó. En mi casa no había ni radios, ni televisión, sino tiempo para hablar, jugar, trabajar y buenos ejemplos que reforzaban sus buenos consejos para la vida.

En aquella época de la postguerra civil española no se oía ni se conocían otros tipos de “familias” sugeridas por el enfoque marxista. Todavía estaban lejos el mayo del 68 y la implantación de los “matrimonios” gays y lesbianas, las parejas de hecho, ni existía el divorcio. La familia que tuve en suerte que me acogiera a la existencia era una familia nuclear según la institución tradicional cristiana. Se habían casado mis padres en 1934. y somos dos hermanos y una hermana.

Mi padre, Adolfo, era un marinero, pescador del mar Cantábrico, de Llastres (Asturias-España), muy trabajador, cuya única riqueza según sus palabras y que, enseñándonos sus manos callosas, nos decía de vez en cuando: “¡Esta es mi riqueza, mi salud, estas manos y toda mi vida dedicada a vosotros para sacaros adelante!”. Mi madre, Pilar, era del pueblo campesino de Lluces que al casarse con mi padre tuvo que ir a vivir a Llastres, pueblo hermoso, pero donde no hay tierras de cultivo, ni ganadería, y donde sus gentes solamente viven de lo que da la mar. La penuria económica era evidente con todas sus penosas consecuencias especialmente en los duros inviernos en que no podían ir a pescar a la mar. Durante mi infancia vi a decenas de jóvenes marineros tuberculosos, mal alimentados, esperar la muerte. La mortalidad infantil era aterradora en la postguerra.

La “cartilla de racionamiento” era utilizada diariamente en las colas ante las tiendas. Para aportar medios de subsistencia mi madre se trasladaba casi todas las tardes hasta la aldea de Lluces para ayudar a sus hermanos agricultores, recibiendo así de ellos ayuda en alimentos extraídos del campo y de la ganadería. Mi padre, durante la guerra, había sido oficial del Ejército Republicano, elegido y obligado a dedo por destacar por su inteligencia, cultura y personalidad. Tras un curso de seis meses le dieron categoría de Oficial. Roto el frente de Asturias en octubre de 1937 y cayendo prisionero, esta circunstancia le hizo estar en un Campo de Concentración en La Guardia (Pontevedra), librándose de la pena de muerte en un Tribunal de Guerra, siendo condenado a trabajos forzados. Un hermano de mi madre desapareció en un bombardeo de la Legión Condor en el frente de Cangas de Onís. No apareció su cuerpo. ¡Nunca oí palabras de odio ni de rencor por todo lo vivido y sufrido durante la guerra, ni a mi abuela, ni a mis padres! Solo les oía decir después de cualquier narración: ¡Que no vuelva más aquella locura!

Valores

Se aprende más de lo que se ve, que de lo que uno oye. La educación que ahora valoro críticamente desde la distancia y con otra perspectiva no solo fue muy positiva por los buenos consejos que nos decían nuestros padres, por las normas razonadas y razonables que nos ponían, sino especialmente por lo que ví en mi casa con sus ejemplos de amor, de honradez, de educación, de respeto a las personas, de ayuda, de asumir las normas coherentes que nos daban y de hacernos ser conscientes de los límites de nuestros medios materiales de vida, de colaborar y ayudar en las tareas de la mar, de acoger y ayudar dentro de lo posible a la gente necesitada.

Vi muchas veces a vecinas que pedían y recibían ayuda en alimentos de mi madre, la vi respetar a las personas débiles, pobres, hambrientos que abundaban todos los días por los pueblos pidiendo comida por las casas, la vi acogiendo y dando de comer a pordioseros y tullidos de la guerra a los que ella sentaba en la mesa de la cocina dándoles de comer. Nos transmitían con su actitud y de palabra valores de respeto a los demás, especialmente a las personas mayores, el sentido de la justicia, decir la verdad, y obedecer dentro de las exigencias de un control parental adecuado a nuestra edad de infancia y adolescencia.

La educación religiosa venía contrastada por una visión crítica que mi padre nos compartía y que había recibido y vivido en el ambiente familiar de mi abuela paterna, muy religiosa y de la influencia de un dominico, el padre Secundino Martínez. Mi padre, sin saber nada de teología tradicional, ni de Teología de la Retribución que, décadas más tarde, desvelaría otro dominico, el Padre Chus Villarroel, nos alertaba sobre su intuición crítica. Esta visión crítica del enfoque que tenía en aquel entonces una “Iglesia de Cristiandad” la tenía mi padre en cuanto a la “religión” cristiana que nos hacía reflexionar contrastándola con lo que en la postguerra se nos estaba inculcando en las catequesis y en las Misiones Populares predicadas por los Jesuitas, Capuchinos y Redentoristas.

En mi casa se rezaba siempre que había tiempo, de vez en cuando antes de cenar, el Santo Rosario dirigido por mi madre. Mi padre nos enseñó con su ejemplo la costumbre de rezar antes de dormir un “Padre nuestro y dos Avemarías” después de darles un beso a ellos antes de acostarnos. En nuestra casa se comentaba con temor y en voz baja los hechos vividos y sufridos durante la guerra civil en Asturias. En su adolescencia, mi padre había sido amigo (nacieron el mismo año) del que sería Mártir y Beato Ángel Cuartas, asesinado en Oviedo en la Revolución de octubre de 1934.

Mi padre criticaba duramente los asesinatos perpetrados por odio en Asturias y en otras partes de España de obispos, curas, monjas y personas cuyos únicos “delitos” eran el ir a misa o ser católicos, desaprobando la destrucción y quema de templos y conventos. A pesar de estas ideas y sentimientos, mi padre, mi hermano y yo fuimos “represaliados” por haber sido él Oficial del Ejército de la República. ¡Pero no captamos nunca en él ni en mi madre palabras de rencor u odio por lo que vivieron! ¡Eran sanos e inteligentes, equilibrados con la adultez que les había dado una vida nada fácil, al menos para no inocularnos el odio y el rencor destructivo!

Pasados los años, pude comprobar la incorrecta catequesis que se nos impartió, tanto en la iglesia parroquial como en la escuela primaria que estaba en manos de una exmonja traumatizada por la persecución religiosa y asesinatos en Barcelona durante la guerra civil. El miedo a “dios”, que podía enviarnos al infierno y castigarnos por cualquier pecado grave si no éramos “buenos” y al que teníamos que tener “contento” para que no nos castigara se convirtió en la “niñera guardiana” de nuestra infancia y adolescencia.

Nuestro drama religioso-moral siguió durante años convirtiéndose en una frustración llena de temor y sentimientos de culpa constantes pues nunca lográbamos con nuestras acciones y cumplimientos morales ser del todo “buenos” para ganarnos con nuestros méritos el “cielo”. Por lo que el “evangelio” terminó siendo una “mala noticia” molesta, antipática y casi odiosa, a pesar de nuestros esfuerzos por intentar tener contento a aquel “dios amenazador”. Se nos hablaba más de “dios” que de Jesus de Nazareth, nuestro Salvador.

Algunos de mis amigos, pasada la adolescencia, terminaron por desconectar de aquella idea de “dios” viviendo sumidos en la indiferencia religiosa, otros en el agnosticismo. Mi educación escolar, desde los tres años estuvo condicionada e influenciada por la formación recibida de las ideas políticas, morales y religiosas del nacionalcatolicismo que se nos “programaban” en un clima de miedo, culpabilizaciones y ausencia de defensas críticas. El miedo se respiraba en la calle, en la escuela y en la iglesia. Nuestra ignorancia y miedos se utilizaban como caldo de cultivo para la inculcación política, moral y religiosa en las prédicas de las Misiones populares, en la parroquia y en la escuela.

Este resumen hecho desde la perspectiva en este año de 2019, me permite resumir que fuimos atendidos por nuestros padres en las necesidades básicas materiales y psicológicas de acogida incondicional, protección, atención y afecto, sin lujos y con muchas limitaciones que asumíamos, pues sabíamos en qué “casa vivíamos y comíamos” y el medio hostil de la mar dónde trabajaba mi padre al que tratábamos de ayudar y colaborar dentro de lo que un niño pequeño puede hacer.

En el aspecto social, vimos en ellos ejemplos de las mejores lecciones de respeto a los demás, de sociabilidad, de civismo, del buen uso de la libertad responsable, de aprender a cuidar de nosotros mismos, de elegir amistades sanas, de discernir a los buenos amigos y huir de las malas compañías, de alegría y de sentido festivo de la vida a pesar de todas las dificultades, de acogida y confianza sensata en la vida y en los demás, de solidaridad, de compartir lo poco que teníamos, de valorar el sentido de pertenencia a una familia, a una iglesia, a un país, de saber elegir los valores que construyen a las personas y evitar los anti valores que destruyen, de saber vivir a tenor de lo que se tiene y se puede dentro de unos límites.

También tuvimos la suerte de ver en ellos y vivir unos valores de trascendencia y de sentido, de una fe “cristiana” a veces deformada que con el tiempo iríamos depurando y acrisolando con nuestra formación, vivencias y nuestro propio sentido crítico en todos los aspectos dogmáticos, morales y “políticos” del nacionalcatolicismo que nos envolvía. Cuando había preocupaciones por la falta de pesca o disgustos por pérdidas de las redes por los temporales, enfermedades graves y operaciones médicas de mi madre, lesiones laborales de mi padre a punto de morir por no disponer todavía de antibióticos… todo ello lo vivíamos y sufríamos en una unión total asumiendo cada uno lo mejor que podíamos nuestras pequeñas responsabilidades.

Tuve la fortuna de que un Maestro de Escuela, Don Mariano Bru Martínez, me orientó para ir al Colegio de los Dominicos de la Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas. Allí, al igual que en los muchos colegios de otras órdenes religiosas y seminarios, miles de adolescentes de nuestra generación, pudieron recibir una formación que estaba inalcanzable para los demás niños de familias humildes de la España de entonces. ¡Los colegios de los frailes se convirtieron en la “Universidad” de miles de hijos de labradores, mineros, pescadores, de familias humildes de la España de la postguerra!

Resumiendo, puedo testimoniar que en nuestra casa se respiraban y se asumían las limitaciones materiales de una humilde familia marinera. ¡Pero mis padres y nosotros con ellos éramos “ricos” en expresiones físicas de cariño, de atención y de su presencia en casa, de apoyo parental, atención, diálogo, reparto proporcionado de responsabilidades a nuestra edad, control parental con normas morales razonables, amonestaciones razonadas en los errores distinguiendo “el pecado del pecador”, control que interpretábamos como expresión del amor que nos tenían velando por nuestro bien, vivencias de perdón, palabras de ánimo en las dificultades, nunca sufrimos castigos físicos, aunque sí serias advertencias que iban acompañadas de razonamientos y de cariño. Nos fueron dando ámbitos de libertad proporcional a la edad en que íbamos creciendo, lo que reforzaba nuestra progresiva autoestima y confianza.

El estilo y actitudes que tenían nuestros padres con nosotros eran de confianza en nosotros, flexibles, ni débiles ni rígidas, ni autoritarios, ni permisivos, sino autoritativos definiendo las actividades de manera racional y con sentido común. Las palabras de ánimo, de superación y esfuerzo eran muy frecuentes en nuestras dificultades, estimulando y reconociendo nuestros pequeños éxitos. Teníamos un ambiente de confiada comunicación sintiéndonos escuchados y tenidos en cuenta.

Arriesgaban dejarnos tomar y ensayar experiencias e iniciativas proporcionadas a nuestra edad confiando en nuestra libertad, lo que era devuelto por nosotros reforzando la mutua confianza y nuestra autoestima. En nuestra familia había una consigna muchas veces repetida por nuestros padres: (En bable asturiano) ¡Fíos, tou lo que faigais faceilo con muchu fegadin¡ (Del latin “fecatum” = hígado). Traducido: “¡Hijos, todo cuanto hagáis hacedlo con mucho corazón o amor!”.

Cuando le dije a mi madre, pasados los años, que quería ser profesor, el mejor tratado de psicopedagogía que pude tener en cuenta en mi futura profesión docente en todos los niveles de la enseñanza, fueron sus palabras. Ella que era “todo amor” me dijo. “¡Fiu, si esi ye el tu destinu de dedicate a enseñar a rapacinos… quierilos muchu…! (“Hijo, si ese es tu destino, el dedicarte a enseñar a adolescentes…has de quererlos mucho…!”).

En resumen, en nuestra familia hemos sido muy afortunados y “ricos”, en medio de las muchas limitaciones materiales que suele tener una familia pescadora, al ser acogidos, amados, atendidos en nuestras necesidades materiales, psicológicas, afectivas, sociales, de sentido y trascendencia, habiendo sido empapados en un clima de amor expresado por nuestros padres a lo largo de su vida.

lunes, 8 de julio de 2019

PERSPECTIVA FAMILIAR EN SALIDA, Fr. Pedro Juan Alonso OP


AMANECER, en este nuevo número, quiere recoger toda una serie de experiencias sobre la vida familiar en tan diversas culturas donde la Provincia del Santo Rosario está presente. Vivimos la fraternidad (sororidad), en nuestras comunidades. Somos familia con otros hermanos nuestros que nos están cercanos por carisma (familia dominicana), por compartir un camino de Iglesia y por pertenecer a la gran familia humana. Por tanto, queremos expresar toda la red familiar en la que nos vemos envueltos. En la gran familia humana los tipos culturales de familia arrojan tal diversidad de situaciones, que nos alertan para ponernos a la escucha y nos dice cómo no podemos ser felices solos, cómo necesitamos a los demás y cómo necesitamos abrir nuevas perspectivas para vernos desde otros ángulos y percepciones multicolores.



La experiencia bíblica de los orígenes nos habla de la familia bendecida que ni siquiera sucumbió con “el pecado” de la primera pareja; que sigue bendecida incluso después del diluvio y con la expresa realización de la bendición de la descendencia en Abrahán y en Jacob. No solo eso, familias probadas y tentadas como la de Job, terminan por verse recompensada con dones, entre los más importantes los hijos numerosos. No digamos de Tobías que, aún tentado y desterrado fuera de su tierra, resiste la dificultad y vive los auténticos valores de la familia judía.



Resalta también la experiencia de Rut, la moabita, que tiene que salir de su tierra, hacer otra experiencia, cambiar de perspectiva para ser feliz allí, en Belén, pero saliendo de su tierra, Moab. Rut ve la misericordia que Dios le ha hecho, cómo ha sido bendecida, aceptando la pérdida del país y la familia, con lo nuevo, y sin abandonar a su suegra, Noemí; Booz acoge a la extranjera y excluida, para rehabilitarla, aunque sea a base infrigir normas, leyes… o tenga que tomar riesgos. El futuro de Rut se construye saliendo. El futuro doloroso puede llevar a tomar un camino nuevo, desde una nueva perspectiva. Hay experiencias que nos abren, interlocutores que ayudan a comprender y no replegarnos y morir tranquilamente.



Las experiencias del pueblo de Israel en Egipto o en Babilonia son salidas que generaron vida y esperanza, sin ocultar el riesgo y la valentía de experimentar a Dios de otra manera.



Tampoco se ahorra la experiencia bíblica narrar el atentado de Caín contra su familia, la irreverencia de Cam contra su padre Noé, el engaño de Jacob, las envidias y tramas de los hijos de éste contra su hermano José, las intrigas del rey David y sus venganzas que terminaron en derramamiento de sangre. Nuestro Dios quiso nacer y vivir en una familia; quiso aprender a respetar, compartir, recibir cariño. En ese ambiente familiar se le reveló lo que después Él va a abrir al mundo, la gran familia.



La singularidad de la familia de Jesús, María y José no es un simple modelo, porque vivieron toda una serie de valores humanos y religiosos (amor, ternura, fidelidad, don de sí mismos, trabajo, dificultades, dudas, …), indicativos en toda familia que quiera ser feliz, sino porque fue una familia en la que el hijo fue una elección y vocación clara de adopción. María y José entendieron la excepcionalidad de la concepción de Jesús. Más que presentar un modelo de familia, los evangelios nos presentan a Jesús, con raíces históricas y circunstancias concretas, viviendo en familia con sus crisis y avatares diarios.



La familia es y sigue siendo un patrimonio de la humanidad a conservar y extender. No nos pondremos de acuerdo en el modelo que aporta más calidad de vida entre tantas situaciones y su diversidad (tradicional con una unidad nuclear, consanguínea con más de una unidad nuclear, monoparental, parejas cohabitantes o uniones de hecho con o sin hijos, hogares unipersonales, reconstituidas o mixtas con o sin hijos propios y en común, adoptivas, homoparentales, de acogida, “canguro”), pero siempre esas situaciones serán un valor. Mucho hemos ganado en respeto, afirmación, comunicación, dignidad y reconocimiento de derechos y deberes, que llevándolos al extremo podemos llegar a poner en peligro a la familia.



La autonomía personal debe entender de donación y generosidad, pues la idea de felicidad es falacia e hipocresía si se reduce a zonas que componen la relación humana y su compromiso, sin valorar el conjunto armonioso total.



¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? -dice Jesús (Mc 3, 31s). Quiso definir su verdadera familia: la verdadera comunidad cristina que persevera, perteneciéndose los unos a los otros, porque la Palabra de Jesús les ha constituido verdaderos “hermanos, hermanas, padres y madres”, unidos por la gracia, no por lazos de carne y sangre. El lazo de la Palabra jamás fallará porque es divino, del mismo Dios que lo hace y lo lleva adelante. Como expresa bellamente el Sal 133, la fraternidad, la familia es un don de Dios, que se hace caminando, como siguen expresando más concreta y frecuentemente los salmos de las subidas o peregrinaciones.

viernes, 8 de febrero de 2019

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Premio Cervantes 2002: "¿Es tan difícil explicar las cosas a quien lo necesite y no decir una vulgaridad en el mismo 'Credo'?"


José Jiménez Lozano nació en Langa, Ávila, España, en 1930. Licenciado en Derecho, Filosofía y Letras y Periodismo, recibió el Premio Cervantes en 2002. Trabajó, en su última época como director en el periódico El Norte de Castilla desde 1958 hasta 1995. Además de su trabajo como periodista posee una amplia obra literaria en el ámbito de la novela, el ensayo y la poesía. En 2017, el papa Francisco le otorgó la máxima distinción de la iglesia católica para un seglar, la Medalla Pro Ecclesia et Pontifice.



No es que la gente deje de creer o pueda mantener su fe sólo por la forma de transmitir el Evangelio a través del lenguaje ¿Pero no cree que el lenguaje actual de los predicadores (homilías, sermones, etc.) y sacerdotes, así como su conceptualización están completamente desfasados con respecto a las necesidades actuales de los creyentes? Es decir ¿qué importancia tiene, en la hora actual, el lenguaje como medio para la transmisión de la fe?

En todos los tiempos el lenguaje es un vehículo de expresión, y uno de los grandes problemas de hoy es que el lenguaje heredado, que es el normal, no se entiende, gracias al descenso cultural y al interés por el lenguaje de la koiné comercial norteamericana,  y se habla en una jerga incolora, e insípida que sólo puede expresar banalidades, un lenguaje  que es desecho del viejo riquísimo lenguaje que todavía hablan muchas gentes; y es de suponer que, si alguien quiere decir algo serio lo diga en el debido lenguaje, porque, si quiere utilizar el lenguaje al uso, desde luego que no podrá decir nada serio. Y concluirá por falsear el contenido de lo que quiere decir.

Pondré un caso de facilidad de lenguaje en la propia liturgia; decimos ahora en el Credo que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre, lo que ocurre con todos los hijos y es una vulgaridad repetirlo, pero, además, como es persona distinta del Padre y no dice que es de la misma sustancia, ya se habla de dos dioses por lo menos, como hizo notar en su día Étienne Gilson. ¿Cuesta tanto decir “consustancial” y explicar las cosas? En los demás países europeos se ha dejado “consustancial” ¿Es tan difícil explicar las cosas a quien lo necesite y no decir una vulgaridad en el mismo “Credo”?

Parece, en cualquier caso, que el científico, el jurisconsulto o el médico y el periodista serio no nos explican las cosas en su argot de oficio, pero tampoco en el género banal en que se hablan o se comunican las banalidades del vivir diario.

Podríamos decir con Burckhardt y con Mandelstam que los liberales secularizaron el lenguaje y con esto perdimos los nombres y los conceptos de la tradición cultural propia y de la religión ¿Es que creemos que se va a ganar algo en utilizar el dialecto impuesto para el jolgorio y la compraventa? Y haría en fin una advertencia a la presencia de que algo tan serio como el mundo de lo religioso entre en la Autopista de la Comunicación, y ya Kierkegaard advirtió que lo religioso en el mundo o es mundanidad o sería mirado como curiosidad, o puede salirse de allí, de aquella autopista como un desecho.



En su obra ha tratado en numerosas ocasiones, incluso en su momento se le acusó de jansenista, una posición que -por decirlo sin muchos matices- refleja, también, el intenso debate teológico que los dominicos, entre ellos algunos españoles, mantuvieron hace siglos con los jesuitas: la salvación se alcanza por las obras de los hombres o por la gracia divina. En un mundo tan caótico como el actual ¿la salvación nos vendrá por lo que creemos o por lo que hacemos?

Es divertido, en Checoslovaquia, donde las camaradas premiaron la traducción de mi novela, “Historia de un otoño” en los años de la “Carta 77” entendieron las cosas a derechas, sin hacer referencias a ninguna teología, jansenista o no, sino a la conciencia civil de las monjas de Port-Royal: se trataba de una cuestión de hecho: ellas no podían decir lo que Roma, el episcopado francés y la Sorbona las preguntaban sobre proposiciones teológicas de San Agustín que estarían en Jansenio o no.  En su caso`, subrayaron simplemente que no eran teólogas y no habían leído, ni pensaban leer a Jansenio ni a San Agustín. La defensa de una conciencia civil sobre un hecho físico – la no lectura de algo que no iban a entender - es lo que hicieron las monjas, y se cuentan en la novela las consecuencias que tuvo esa fidelidad a su conciencia, una conciencia civil obligada a defender un hecho porque es verdad, sin otra clase de motivaciones.

Lo curioso es que, en España, salvo en Cataluña, donde según me informó Ernest Lluch parece que se dieron algunas familias jansenistas, se llamaba jansenistas a los liberales regalistas y, en la misma Francia jansenistas de la última hornada fueron buena parte de los revolucionarios del 79. Mística degradada en política, según Péguy.

En un libro que se hizo entre nosotros yo pasé como jefe o único miembro de un partido jansenista. Es maravilloso.



Ciertos comentaristas de su obra insinúan, sin decirlo claramente, que pese a los numerosos premios y reconocimientos que ha recibido por su obra, en cierto modo sigue siendo un escritor poco reconocido para sus méritos, en parte porque se le ha tildado de escritor católico. ¿Le molestan a Ud. este tipo de calificativos? ¿Cuándo escribe, por ejemplo, algunos de sus relatos, lo hace con la conciencia de ser un escritor católico o un escritor puede, quizá incluso debe, separar su profesión de fe de su, por así decirlo, su profesión laboral, como si la literatura y la fe residieran en compartimentos estancos?

Pues eso se dice: que una cierta postergación se debe a lo que usted dice, pero sería divertido comprobar que también los católicos aprobarían esa especie de postergación, y dejemos el asunto.

Escritores católicos son cualquiera de los padres de la Iglesia y quienes hoy escriben de temas religiosos para ayudar a conformar el pensamiento a la moral o a la práctica piadosa y el sentir católicos, pero un tema religioso o católico no hace católicos un libro o una obra de arte, y en Occidente, contrariamente con lo que sucede con el icono oriental, no hay arte religioso, sino arte naturalista de tema religioso.

El Papa Gregorio I (590-604) estableció enérgicamente que las pinturas no son sacramentos ni epifanías divinas, sino asunto de este mundo, cosa de hombres.

En Francia se habló de escritores católicos y comentaba Mauriac con humor, pero con mucha razón “No hay escritores católicos y lo digo yo, que soy uno de ellos” y fueron escritores y poetas de un par de momentos en la historia de Francia. Y en Inglaterra fueron llamados así también: “escritores católicos”, los escritores conversos al catolicismo romano.

En España fue, en 1869, cuando se hizo el primer expurgo literario en el que cayó también Cervantes como perteneciente al momento imperial y católico, y un escritor por cierto que volvió a ser expulsado de la enseñanza de la literatura por un Comité educativo en 2007, no se sabe por qué.

En cuanto a mí, pienso en lo acertados que han estado siempre los amigos del oficio, y digamos de la casa de enfrente, que han tratado de dulcificar lo crudo que se ha vuelto aparecer en España como católico, añadiendo siempre “católico heterodoxo”, e incluso dijeron que mi “Los cementerios civiles y la heterodoxia española” era un anti-Menéndez Pelayo, pero no parece que hayan adelantado mucho. ¡Qué lo vamos a hacer!



En innumerables momentos de la historia se ha afirmado que Dios ha muerto, en la hora actual, la desaparición de Dios se produce por abandono o indiferencia ¿pueden y deben la Iglesia y los cristianos buscar un remedio milagroso a ello o la situación ha alcanzado un punto de no retorno que la mejor solución es retirarse a las catacumbas?

Hace ya muchos años que Eric Voëgelin publicó su libro sobre “El asesinato de Dios y otros escritos políticos”, porque esta muerte de Dios es un asesinato político, efectivamente, aunque los teólogos han estado también jugando a la muerte y a la vuelta de Dios, pero el asunto no es un juego. Lo cierto es que el mundo de lo religioso experimenta un retroceso constante. Pero este retroceso no nace como las lechugas, sino que está constantemente sugerido con el aire que se respira o sencillamente impuesto; y lo que sorprende es que no haya habido una gran resistencia cristiana ni civil ante la banalización del valor de la razón y la existencia humana. El Dios de la zarza ni tiene nombre ni existencia como la humana y es absolutamente transcendente, ya se mató a Cristo y a millones de cristianos, pero nada más.  La cosa no tiene mucha más historia, pero la suerte del hombre y de la razón no está asegurada.



En numerosas partes de su obra ha tratado con el espinoso asunto de la Inquisición en la que, como es sabido, los dominicos tuvieron un destacado protagonismo. Ciertos historiadores afirman que se ha exagerado su protagonismo, que ellos mismos fueron víctimas del contexto histórico y doctrinal de la época. ¿Eran tan fieros como suelen ser pintados? ¿Debería la orden dominicana hacer autocrítica y -ahora que está tan de moda lo de la memoria histórica- pedir perdón por los excesos cometidos?

El asunto de la Inquisición española, castellana como se la llamó porque se fundó jurídicamente en Medina del Campo, es muy claro: se trata de una institución para el descubrimiento y castigo de los falsos conversos del judaísmo y del islam, a los que más tarde se añadirían otras heterodoxias religiosas, pero muy menores todas en relación con el judaísmo y su infiltración en la cristiandad.

El Gran Inquisidor se convierte en el primer Secretario de Estado de Su Majestad, y el carácter político racista de la Institución queda bien definido; y en sus Edictos quedan explicitadas las conductas que revelarían y deben ser juzgadas como signos de fidelidad clandestina a la “ley de Moisés” o “a la secta de Mahoma”: conductas de alimentación, aseo, gestos y lengua y todo aquello que no sea la conducta y la gestualidad del labrador no letrado o del hidalgo vasco. Todo lo cual reduce la fe a una materialidad como comer tocino o pasar la uña por el filo de un cuchillo o no encender lumbre los sábados etc., lo que convierte a la sociedad en un régimen demagógico en el que no tener una ascendencia de labradores puede ser impedimento para formar parte hasta de un Consejo Real, y también en una sociedad de sospecha de unos frente a otros a favor del labrador iletrado y muy en contra de todo oficio vil como el de comerciante o banquero.

El procedimiento procesal fue ya muy criticado en su tiempo e incluso apelado en Derecho, porque, como decía un cura de una aldea de Soria, en el siglo XV, él se sabía muy bien sus “bolonias” y que los romanos tenían claro que el pensamiento no delinque; pero la tortura desgraciadamente se practicaba en todas partes en Europa, en tribunales civiles o no.  E inquisidores hubo de todos los talantes y colores La fama de saber que tenían justamente los dominicos hizo que se echara mano de ellos, porque  hubo un momento, en el tiempo del Gran Inquisidor Niño de Guevara, en el que éste vio que los funcionarios inquisitoriales habían bajado mucho de nivel y venían a dar razón a los que decían que la Inquisición era “un cristo, dos candeleros y tres majaderos”, pero el rey alegó que una renovación tan grande como era necesaria para tener funcionarios competentes iba contra el prestigio de la Institución, y la cosa fue tirando en muy precarias condiciones,

A mí me parece que, por lo demás, que no hay que hacer comedias molierescas de pedir perdón después de tantos siglos, y a tanta gente que nada tenía que ver con la maldad de la institución. 

Se suele reseñar -Ud. mismo lo ha perfilado en su obra- el notable encaje que el espíritu castellano (firmeza, austeridad, rigorismo, etc.) ha mantenido con la fe católica, en figuras tan dispares como Santa Teresa, S. Juan de la Cruz, Fray Luis de León ¿existiría alguna posibilidad que el carisma dominicano, iniciado por un burgalés como Domingo de Guzmán, encapsule algo de ese binomio Castilla-catolicismo o se trata de una mera coincidencia geográfica?

Yo no veo muy claro que haya un espíritu castellano, ni que esto tenga que ver demasiado con su religiosidad. La que construye el espíritu de estos hombres y mujeres son la tradición y las instituciones religiosas del tiempo. En Castilla, por ejemplo, cuando Europa y nuestros europeístas de entonces andaban tratando de que encerráramos a los judíos en ghettos, se produjo la Reforma de la Iglesia comenzada hacia 1380-90 y consumada con la Reina Isabel I, por lo tanto, siglo y medio antes de Erasmo, de manera que Lutero no tuvo nada que hacer en España por eso mismo.

¿Puede (o debe) un escritor, disculpe la insistencia, catalogado como católico, a través de su palabra escrita, ofrecer a un mundo mayoritariamente increyente testimonio de los valores religiosos y éticos del catolicismo? ¿O quizá cuando uno se considera escritor cristiano el testimonio debe proceder de su vida personal y no de su escritura?

En su vida personal desde luego. Y los autores de nuestro teatro clásico, sin ir más allá, eran catolicísimos pero sus obras eran muy contrarias al catolicismo.  Un escritor es un católico o no, pero otro asunto es si su obra literaria aborda una historia o un tema católicos o cualesquiera otros,  y ambos  extremos se dan, por ejemplo, en  Flannery O´Connor que era una escritora católica no porque nos contara historias con alguna gente católica, sino porque venía de una tradición católica irlandesa y en ésta  se desarrollaba su imaginario de escritora, y el ateo Santayana escribe de sí mismo: “Era hijo de la cristiandad; mi herencia procedía de Grecia, de la Roma antigua y moderna, de la literatura y filosofía de Europa. La historia y el arte cristianos contenían todas mis mediciones espirituales, mi lenguaje intelectual y moral” Pero no es un escritor católico, y probablemente en España es poco estimado porque se piensa que es un católico. “¡España y yo somos así, señora”, como decía don Ricardo León.

Como excelente conocedor de la Biblia, qué tres libros, capítulos o personajes recomendaría ¿para una persona que no cree? ¿Para una persona que quiere leer simplemente buena literatura? ¿Para un creyente que se ve agobiado por un entorno abrumador de no creyentes?

Voltaire creía que el libro de Job es el “summum” del genio humano, pero como diría el profesor Malat, un egipcio, especialista bíblico en Oxford,  cuando le recordaban que después de la Biblia estaba Shakespeare, respondía que nada es literariamente comparable a aquella, pero en ella hay narraciones y hay poesía, y dentro de estos géneros hay sus gustos, una escena como la visita de Saul a la adivina, es tremenda, el libro de Ruth tiene un gran encanto,  el camino silencioso entre Abram e Isaac hasta el monten donde piensa le va a matar es un desconcierto, la poesía de Isaías y Jeremías asombrosa y de un asombro inacabable. Y todo esto en el plano literario es igual para un ateo que para un no ateo, la lectura del cristiano o del judío cumplidor de la ley son necesariamente diferentes cuando la leen desde su fe.

Ha elogiado, en diversos momentos de su obra, la excelente convivencia que en la España medieval existió entre el islamismo, cristianismo y judaísmo -pese a que algunos autores son algo escépticos al respecto- considerando las dificultades actuales que plantea la convivencia entre religiones, especialmente el islamismo, ¿podríamos extraer algunas conclusiones válidas para el momento actual venidas desde siete siglos antes?



No se dio Jauja, obviamente, pero durante unos tres siglos son gentes de tres leyes, como ellos decían, que se pusieron a convivir, sin añadir al hecho razones de ningún tipo, y lo hicieron, Cuando en el XV los cristianos “se auparon” y fueron más poderosos y se hicieron también más europeos comenzaron a sentirse más señores, y judíos e islámicos más siervos, todo se rompió tal y como en el epitafio escrito en latín de los cuatro que hay en la tumba de Fernando III el Santo. Tres de ellos en hebreo, árabe y castellano, y en los que no se hablaba, como en el que está escrito en latín, de la extirpación de judíos e islámicos, es decir, la política arrastrando a la religión y se acabó la convivencia: “Cuius regio eius religio” para toda Europa.

Nosotros estamos llenos de ideología y por lo tanto llevamos la violencia en nosotros mismos, tendremos que acudir a la tolerancia y ojalá que lleguemos a la convivencia y la libertad.



Hace unos meses el Papa Francisco le concedió la medalla 'Pro Ecclesia et Pontifice' ¿Es una distinción con un significado especial u otra más entre tantas que ha recibido?

La distinción recibida del Papa es lógicamente peculiar, pero como todas las distinciones son gratuidades y larguezas de quienes la conceden, no son el final de un concurso de méritos, y obliga a un agradecimiento. Las razones las tienen quienes las conceden.

Conoce Castilla y sus gentes como la palma de la mano, nació en un pueblo, vive en un pueblo. ¿No le causa tristeza observar que el empeño que tantas generaciones, a lo largo de los siglos, han demostrado en preservar su fe, vaya desapareciendo?

No sólo es Castilla, sino España entera, y podríamos hablar de Europa las que vemos deshaciéndose, pero no son un “fatum” no es un vencimiento; es el deshacimiento bien pensado y proyectado de toda nuestra civilización En vez de resistir, esta ruina se ha acogido como una revelación de un tiempo nuevo. Es la guerra cultural que han ganado los camaradas. Por lo menos hasta ahora, y no es que hayan sido sinuosos y ladinos. Han hablado claramente. Han convencido. Cada vez que veo a amigos del Oriente de Europa o del mismo USA me dicen que Europa se quedó fascinada, y vive en medio de un apocalipsis. Desgraciadamente jugará todavía mucho tiempo a Twitter, como los muchos golfillos en las paredes, para entretenerse o porque la mente no da para más, o estará lamentándose de las tinieblas que van a sepultarnos, pero no haremos nada. 



Desde su edad avanzada, parece inevitable pensar en el momento de la muerte, cuya necesidad de trascendencia, según muchos autores, constituyó uno de los pilares de la religión ¿piensa Ud. en ese momento definitivo? ¿tiene temor a morir? ¿Qué significado desde el punto de vista religioso y humano tiene para usted?

He pensado en la muerte, y me da miedo, pero tengo esperanza, y en paz.

Para terminar, un par de figuras dominicanas que tengan especial relevancia para Ud. y los motivos por los que considera que son interesantes.

He conocido varios dominicos, pero recuerdo sobre todo a dos de ellos que me ilustraron durante unos cuantos días y a su debido tiempo sobre el Vietnam en guerra con USA y me aseguraron por qué la ganaría el primero, porque, entre otras cosas.  comprendieron los camaradas, y no los occidentales, el culto a los muertos de los vietnamitas. En los últimos cincuenta ya consideraban perdida la cristiandad occidental, y de manera indolora. Y así han sido las cosas.

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Con la colaboración de Mario Gómez


martes, 25 de septiembre de 2018

VIDA RELIGIOSA: COMUNICAR Y VIVIR LO EXTRAORDINARIO EN LO COTIDIANO, por Luciano López


Celebración litúrgica en Birmania (Imagen del autor)
El futuro de las comunidades religiosas es hoy un tema de reflexión, tanto en el ámbito religioso como en el laico. Fr. Timothy Radcliffe, antiguo Maestro de la Orden de Predicadores, dedica hoy su vida de conferenciante a este tema, como uno de sus objetivos esenciales. Reyes Mate en una entrevista publicada en el último número de esta misma revista expone, de manera brillante, cuál es su idea de la vida religiosa hoy.

En consecuencia, mi reflexión consistirá en exponer de forma muy personal, cómo veo yo hoy la vida religiosa, y cuál puede ser su futuro.

Fui religioso, y aunque vivo ya fuera de una comunidad, tengo contacto frecuente con diversos conventos de la Provincia. La acogida es siempre magnífica, con un calor humano digno de admiración.

A pesar de todo, me gustaría ver un mayor compromiso en la forma de vivir en común. Hay frailes viven en un individualismo exagerado, sin apenas comunicación con los demás hermanos. No solo es necesario compartir el Pan y la Palabra, que todas las Comunidades hacen como primer acto del día. Hay que compartir mucho más, sentimientos, emociones, opiniones, creaciones. La vida en comunidad es algo esencial, nadie tiene nada, todo es de todos. ¿Son hoy las comunidades una familia? ¿Me hago una comunidad a mi imagen y semejanza? Vivir en común no solo con la mente, también con el corazón, emocionalmente.

Considero que la vida religiosa en sí misma es algo atractivo hoy para cualquier persona deseosa de hacer el bien y comprometida con el otro. Pero los valores religiosos hoy, y subrayo religiosos, de los adultos, son completamente diferentes de los de los jóvenes. Y quienes dirigen hoy la vida de las comunidades religiosas son adultos, con valores que no atraen a la gente. Echo en falta “sentir” la emoción de estar viviendo algo extraordinario. Y no solo vivirlo, también comunicarlo.

La percepción que el mundo tiene de la vida religiosa es diferente a cómo se ven los religiosos a sí mismos. Y la razón está en que no hay una comunicación con el mundo que llegue al corazón de los hombres. Tengo la impresión de que en la formación se han dejado de lado los aspectos esenciales de la persona. Fui religioso, pero si echo la vista atrás me doy cuenta de que no existía sintonía entre los formadores y nosotros. Nos movíamos en mundos muy diferentes. Me temo que hoy sigue sucediendo lo mismo.

Mi experiencia viajera me ha llevado a vivir la diversidad religiosa en diferentes culturas. Me ha llamado poderosamente la atención la religiosidad oriental. Curioso: las grandes religiones han surgido en el mundo oriental.
Tuve la suerte de vivir durante tres días en una comunidad religiosa de dominicos en Myanmar-Birmania. La comunidad de creyentes forma parte de la comunidad religiosa. Es verdaderamente una familia. El domingo a las 9 de la mañana comienzan a llegar los cristianos al recinto de la Iglesia. La misa comienza a las 10, pero no se sabe cuándo acaba. Nadie tiene prisa por irse. Disfrutar de la familia es sentirse feliz. Nada tiene que ver ese mundo religioso con el nuestro. Las vocaciones religiosas en este contexto surgen de manera natural.

En la India, me he encontrado con infinidad de jóvenes y no tan jóvenes, que se sienten atraídos por ese aparente sentido espiritual del budismo, llegan en busca de sí mismos, con ganas de hacer algo por los demás. Es claro que muchos jóvenes descubren la necesidad de hacer algo para cambiar los valores materialistas del mundo en el que viven. Y curioso, casi nadie se fija en las comunidades religiosas católicas, en los conventos de los religiosos de España. Buscan en ONGs., en el budismo, en otras múltiples manifestaciones que nada tienen que ver con la iglesia católica.

Cuando un joven entra en un monasterio budista siente paz, espiritualidad, solidaridad, sentido transcendente de la vida. Y eso, por desgracia, no se siente hoy en un monasterio católico, al menos en la mayoría. Nunca he visto en ningún monasterio budista a un monje vestido de manera informal. Nunca. En el mundo actual las formas son muy importantes. Y en la vida religiosa de hoy parece que las formas no lo son.

Buscan fuera lo que fácilmente podrían encontrar aquí, si realmente los conventos fueran focos de ilusión, de esperanza, de fe viva en un Dios que perdona. Se trata de vivir la vida con emoción, fuente de toda energía.

El futuro de la vida religiosa es creer que es pasión, libertad, humanidad, emoción, búsqueda de un Dios que se hizo hombre para hacernos hijos suyos. Si no hay pasión y emoción en nuestra vida, difícilmente lograremos que los jóvenes se sientan atraídos por este modo diferente de vivir.

El convento debe ser un hogar donde uno se siente que vive en familia, que está rodeado de amor, de paz, de alegría, en una palabra, el lugar donde uno finalmente se siente feliz. Y eso solo se consigue si ponemos pasión en lo que hacemos.

Si no hay un cambio en el modo de vivir el carisma de la vocación, no va a ser atractiva para nadie. Tienen que animarse a empatizar con el resto de las personas. A sentirse buscadores de felicidad al lado del resto de los hombres. El pastor debe ser también oveja, como dice el Papa Francisco.

Pasión por la verdad.

domingo, 29 de julio de 2018

DESDE LA ALTURA DE LOS AÑOS por Fr. Felicísimo Martínez OP


Bajorrelieve en madera, obra del autor del artículo
Lo decía Santo Tomás. Propio de los jóvenes es la esperanza, porque tienen poco pasado y mucho futuro. Y propio de los ancianos es la memoria o el recuerdo, porque tienen mucho pasado y poco futuro. Que jóvenes y ancianos se ajusten a su situación y disfruten la esperanza o la memoria respectivamente,

Algunos nos encontramos ya metidos de lleno en la segunda categoría, aunque no sabemos cómo llamarla: ¿ancianidad, tercera edad, vida ascendente…? Llámese como se llame, es un hecho que cuando los años van pasando la memoria, el recuerdo, la mirada hacia atrás enseña mucho y pone realismo en nuestros pensamientos. Un elemental ejercicio de honestidad obliga a reconocer éxitos y fracasos, aciertos y errores. Contárselo a las nuevas generaciones es un deber, una responsabilidad, una obligación.

La vida es muy corta. Es la primera conclusión que nos arrojan los recuerdos. “Pero ¿cuándo han pasado todos estos años?” Esta pregunta es frecuente en labios de los ancianos. Sí, la vida es muy corta, pasa como una ráfaga, aunque los jóvenes no se lo crean. Por eso, porque es tan corta, es necesario no malbaratarla. Un personaje de renombre social tuvo la dramática experiencia de ver morir a su hija a la edad de 30 años. Ante un nutrido público confesaba a los pocos días, sumido en llanto: “Ha tenido que morir mi hija para que yo comprenda que no se puede perder ni un solo minuto de la vida”.  Sí, cuando se mira hacia atrás, los tiempos muertos duelen, los tiempos vacíos acusan, la vida malbaratada se lamenta.

Eso sí, no se trata de hacer del trabajo o de la eficacia un ídolo. Solo se trata de valorar tanto la vida, de respetarla tanto, de amarla tanto… que no permitamos vivir sin vivir, vivir sin gustar la vida, vivir sin que nuestra vida sea de alguna utilidad para alguna persona.

El mundo, nuestro mundo es muy complejo. Corremos el riesgo de entrar en pánico y huir ante tal cúmulo de opiniones, de ideologías, de problemas, de cuestiones sin respuesta… Y entonces, ¿dónde quedaría nuestra misión de predicadores, de anunciadores del mensaje cristiano? En vez de huir amedrentados y refugiarnos en el confort del claustro, habrá que salir, escuchar, dialogar, estudiar y seguir poniendo el Evangelio al servicio de la gente que no tiene tanto tiempo ni tanta oportunidad para dedicarse al estudio.

Santo Domingo y la primera generación dominicana acertaron al hacer del estudio una obligación para los dominicos. El Beato Jordán llegó incluso a relacionar esta obligación con la salvación de las almas. Decía que la falta de estudio en los predicadores pone en peligro la salvación de las almas. Y otro dominico, Agustín Salucio, decía con cierta gracia que algunos predicadores, por no estudiar, dicen tales cosas en sus sermones que levantan falsos testimonios al Espíritu Santo.

La experiencia confirma lo que decía Santo Tomás: el estudio implica esfuerzo, ascesis, disciplina… Pero la aproximación a la verdad forma parte de la calidad de vida de las personas. Y, sobre todo, en un dominico la aproximación a la verdad a través del estudio forma parte de la calidad de su conversación, de su predicación, de su enseñanza, de su relación con la gente.

El estudio dominicano no es para hacer carrera. Es verdaderamente dominicano cuando se convierte en verdadera contemplación. Los tiempos vacíos de estudio y de contemplación también son tiempos muertos para un dominico. También duelen cuando los años pasan. Mejor prevenir a tiempo que lamentar cuando no hay remedio.

Y lo más importante, vida de veras es la que se entrega, la que se da, la que se regala a los demás. Vida de verdad es –ya lo decía Jesús-  la que se pierde por su causa, por la causa de la humanidad a la que Dios tanto ama. Y vida desbaratada es la que pretendemos ganar cuidando solo de nosotros mismos. Esta es la gran verdad que se va haciendo cada vez más manifiesta a medida que se acerca el final. Es la gran verdad que no podemos esquivar cuando la vida va pasando y miramos hacia atrás.

Pero a ella se añade otra experiencia interior ineludible: el tiempo pasado es irrecuperable, la vida desbaratada ya no está en nuestras manos, lo que dejamos de hacer por los demás se quedó sin hacer… Por eso es tan verdad eso que con frecuencia escuchamos: ¨hay cosas que hay que hacerlas antes de morir¨. Hay palabras que hay que decirlas en vida, abrazos que hay que darlos en vida, servicios que hay que prestarlos en vida… hasta que la vida se agote, no por inanición, sino por generosa entrega.

Lo decía con frecuencia un querido hermano nuestro que falleció antes de tiempo: ¨Hay que poner las luces largas, para caminar seguro¨. Este consejo, que parece muy elemental, es definitivo para un joven. La cultura actual tiene una capacidad enorme de distracción y seducción. Una cosa es vivir el presente con intensidad y otra muy distinta es quedar colgados de la seducción del momento.

Poner las luces largas es tener deseos largos, como decía Santa Teresa de Jesús. Significa valorar el peso de cada momento, de cada silencio, de cada palabra, de cada acción y omisión… mirando hacia adelante, cayendo en la cuenta prematuramente que el tiempo vuela, que la verdad nos espera, que la vida se la debemos a los demás.