sábado, 10 de julio de 2021

JESÚS AMA SIN GUANTES NI MASCARILLAS, Fr. Pedro Juan Alonso

 

Amanecer toma el tema de este número, como la encíclica del Papa Francisco Laudato Si, (LS) del cántico de las creaturas de S. Francisco. El Papa nos recuerda que la tierra, nuestra casa común, es una hermana con la que compartimos la existencia y una madre bella que nos acoge entre sus brazos. Dios coloca al hombre de tierra en la tierra con un  intercambio significativo: el hombre trabaja, la cultiva, se pone a su servicio y el jardín (la tierra) le devuelve los frutos de sus árboles; el hombre la custodia y vigila, mientras que el jardín le protege de la naturaleza inhóspita de su entorno. La alianza entre la naturaleza y lo humano está equilibrada y para el bien de los dos.

En el centro del recorrido de la LS del Papa Francisco encontramos: ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? Pregunta que no afecta sólo al ambiente de manera aislado, pues no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario, sino que nos lleva a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y los valores que fundamentan nuestra vida social. Por eso sigue: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y luchamos? ¿Para qué nos necesita esta tierra? (n 160).

S. Juan Pablo II llamaba «conversión ecológica global» (n 5) a lo que S. Francisco sentía por el cuidado de lo que es débil y por una ecología integral (relación fundamental de la persona con Dios, con sí mismo, con los hermanos y con la creación. Es la sabiduría de los relatos bíblicos, n 73), vivida con alegría y autenticidad, advirtiendo que son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (n 10).

El primer relato de la creación (Gn 1, 1-2, 4) nos habla de cómo el hombre hebreo se comprende a sí mismo (al hilo de narraciones culturales de otros pueblos, no importa) con una fragilidad y vulnerabilidad palpables. Cuando se van narrando los distintos elementos de la creación, se repite que eran buenos, excepto el día segundo, hasta que se separan las aguas en la tierra y el día sexto, cuando aparece el hombre. Solo al final de la creación se dice que todo lo que había hecho era bueno en general (1, 31) y que Dios se lo entrega al hombre, pero él en sí no lleva la calificación de bueno, como los demás elementos de la creación particularizado.

No es que se califique al hombre como malo, sino que el espacio de la vida humana es ambiguo, está abierto, por hacer. El hombre creado por Dios a su imagen (1, 27) es colocado en un jardín bello y bueno, pero tiene que ir haciéndose a semejanza de Dios (1, 26), también en el dominio sobre los animales y la tierra (1, 28). Lo mismo que Dios siendo poderoso es humilde, el hombre debe saber dominar su poder en los encargos que Dios le ha hecho: poner nombre a los animales, humildemente, sin utilizar la violencia, aunque comparta con ellos en principio, la hierba como alimento. Tener la palabra mismamente, que es signo de poder y dominio, es también instrumento para ejercitar la humildad.

Dios crea al hombre, pero le queda tarea por hacer a este: tiene que saberse colocar ante Dios en el jardín sin apropiarse de lo que no es suyo, ni tenerle miedo, sino dejándose amar; saber controlar los falsos absolutos de su imaginación que tanto le atraen; saber situarse ante sus semejantes en fraternidad, dominando su “animalidad interior” (no como Caín a Abel); saber reubicarse en la nueva alianza que Dios hace con Noé después del escarmiento del diluvio; saber descubrir en Babel lo que significan las  lenguas, no como una confusión o un castigo, sino como un don para comunicarse, entenderse y encontrase con los demás hombres. Todo ello nos dice que los hombres necesitamos un amparo vertical, una relación horizontal con los hermanos y referencias con las cosas.

Nunca olvida el relator de la creación que el hombre comparte con animales y vegetales el mismo origen: la tierra, que debe cuidar y así gozar de sus frutos vistosos y apetitosos de todos los árboles en principio, pero sin exponerse a la muerte (1, 16-17). Es necesario comer, pero respetando la palabra que le dice al hombre el modo justo de comer: no solo comer para sí y lo que él desea, apropiándose de todo, sin pensar ni en la misma naturaleza, rapiñándola, ni en los demás, pues entonces morirá. La necesidad y el deseo son tarea y limitación, es respeto que le llevará al hombre a realizar su propia vida.

El otro día leí que el evangelio es un zumo de vida, un concentrado teológico que se nos sirve en la copa de un texto. Jesús nos propone una espiritualidad creativa, ecológica, que nos ayuda a descubrir la vida que encierra la misma vida, nos hace vivir el día sexto de la recreación del hombre constantemente y nos pone ante las situaciones cada vez más dramáticas a las que nos enfrentamos los humanos de nuestros días. Cada día vemos lo difícil que es ser habitantes del Edén: la muerte de nuestros hermanos, causada por la desnutrición y el hambre producido por no repartir bien los recursos de la tierra; aquellas otras causadas por las guerras y todo tipo de violencia, claman lo mismo que la sangre de Abel a nuestro Dios.

La técnica utilizada irresponsablemente como depredadora, destruye la armonía y la paz justa proyectada por el Creador. La explotación de bosques, acuíferos, los vertidos indiscriminados en los campos, los insecticidas, abonos y sulfatos agrícolas, las basuras, el cambio climático, la falta de biodiversidad van minando la vida de animales y personas y empobreciendo el proyecto de Dios y la misma naturaleza se vuelve contra el hombre. El Papa Francisco invita: “a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida» (LS 16).Jesús ve (contempla, discierne, observa detenidamente) la naturaleza como un regalo del Creador. En un país agrícola, como caminante no deja de admirar desde los pájaros y todo tipo de cultivo, hasta el sol, la lluvia y el firmamento; observa la vida palpitante en los cambios de las estaciones, sus flores y sus frutos; comprueba cómo las semillas se trasforman en cosechas abundante y hace la comparación con el reino: sembrar semillas de justicia, paz, fraternidad hará germinar la vida. Y así entiende que Dios es para todos: hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos (Lc 6, 35). El mundo inmenso y maravilloso es de todos, nadie puede apropiarse de él. Su dueño, Dios, lo ofrece como un regalo, rompiendo la tendencia religiosa y moralista que discrimina a los indignos, leprosos y pecadores. Dios no es propiedad de los buenos y piadosos.  

Jesús miraba contemplativamente, no de manera depredadora y, no solo a la naturaleza sino también a las personas, a los colectivos sencillos y pobres, pero eso no era suficiente. No es suficiente ver los problemas, examinarlos y ni siquiera solucionarlos técnica o políticamente. No es suficiente ver la globalidad de la indiferencia a nuestro alrededor. Se necesita una nueva cultura de solidaridad, tomando conciencia de las necesidades de todos e invocando el reino de justicia, paz, perdón, compasión en todos los rincones de la tierra. La fraternidad, el ser hermanos es la mejor forma de afrontar nuestras fragilidades, porque somos tan débiles que no podemos vivir solos, necesitamos vivir con otros y además Jesús alarga esta necesidad hasta que vivamos queriendo la fraternidad y no la separación. La conflictualidad sanguínea de Esaú y Jacob, de Raquel y Lía son caminos que nos hablan de los proyectos y caminos del Señor, que cumple las promesas por sus atajos.

En el fondo, los que no interesan a nadie le interesan a él; los que no caben en las sociedades de los fuertes tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen una religión que los defienda, le tienen como Padre. Las víctimas de la injusticia mundial son hijos e hijas predilectos de Dios y su vida es sagrada. No habrá vida tal como la quiere Dios si no es liberando a los hambrientos  de su miseria y humillación y devolviendo la dignidad a los últimos.

¿Para qué sirve acumular, construir graneros, ganar dinero, si se pierde la vida? repetirá Jesús. Bienestar, ¿para qué? Nos creemos sociedades inteligentes, democráticas y progresistas y sólo somos unos insensatos crueles y ciegos, que mandamos a la miseria a millones de hermanos, pues somos responsables por nuestra injusticia e insolidaridad de su dolor por sus carencias. Urge despertar la conciencia indignada que grite: ¡no más crueldad y ceguera! ¡A Jesús no le gusta cómo les van las cosas a los indefensos del mundo!

El tema de la vacuna contra el Covid es recurrente desde hace tiempo. ¿No habrá otra vacuna contra el egoísmo, la crueldad, la violencia? La cultura de la solidaridad, pasa por la renuncia a acumular, porque estropea la paternidad y gratuidad de Dios. La obsesión por tener llega a apropiarse de lo que a uno no le pertenece por principio, porque todo es de Dios, aunque también tiene su cara de benevolencia con la renuncia y devolviendo lo que hemos acumulado sin ser nuestro como forma de hacer llegar la vida a la casa común (así lo explica el relato del joven rico). Esta actitud de renuncia, debe ir acompañada  también con la de ser pobre en espíritu, superando la materialidad e identificándonos con ellos y queriéndolos. Así ponemos la justicia por delante de nuestra riqueza.

Son las propuestas del Papa Francisco desde la fe ya que los deberes hacia la creación forman parte de la fe cristiana. “A cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie tiene derecho a quitarle» (LS 205).

Cambiar de estilo de vida y opciones de consumo puede ejercer «presión sobre quien detenta el poder político, económico y social» (LS 206). «Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad» (n 208).

En fin, la espiritualidad profética de Jesús nos lleva a la alternativa de colocarnos en la cruz, con las víctimas para descubrir cuanta insensatez anida en nuestro planeta maltratando a los inocentes y negando la vida hasta a los no nacidos. Allí en su cruz nos damos cuenta que el Padre no nos abandona, como no dejó clavado en la cruz al Hijo y sí las injusticias y errores de los poderes que se creen totalitarios y dueños del mundo. Ese perdón, asumiendo Jesús en la cruz tanta indiferencia y prepotencia del hombre abre a la vida nueva a un mundo con futuro y esperanza, ya que el Creador no se pliega a las exigencias, ni a los caminos por los que los poderosos quieren llevar al mundo. Es la manifestación de la paciencia de Dios, que abre nuestra esperanza y nuestra reconciliación, ante todo lo que nosotros maltratamos. Tantas veces la esperanza se colma con un poco de amabilidad, una palabra de aliento, un consuelo, un simple momento de acompañamiento en el camino.

Comiendo Jesús con pecadores, prostitutas e indeseables toca sus realidades y anticipa ya el banquete del reino en torno al Padre. La última palabra sobre la historia humana la tiene Dios; sus curaciones y opciones por la vida, las liberaciones de los espíritus inmundos (formas de vivir y pensar que no dejan ser libres para amar); su resucitar muertos, devolviéndoles la vida, va más allá de la propia muerte. Jesús ama sin guantes ni mascarilla: toca para levantar a quien está caído y solo contamina ternura y compasión. 

Jesús es la realidad del pacto que Dios hace con Noé después del diluvio. El Deutero-Isaías lo relee en el exilio y anima nuestra esperanza. Él ensancha los espacios de la tienda y despliega los toldos de la casa de Dios, afianzándola con cuerdas y estacas (Is 54, 3). Él restituye la vida y la fuerza a nuestra existencia. La tan cacareada nueva cultura del encuentro ya la tenemos expresada en el Jesús Pascual, que comparte los signos de la humanidad débil,  limitada y sus oscuridades con sus fantasmas y amenazas de la soledad y miedos, con el acompañamiento y el amparo. El Crucificado es el Resucitado y, por tanto, hay futuro, salida y plenitud de vida para nuestra humanidad, pues Jesús no se desentiende del camino humano. Lo humano es un valor.

Un valor que acarrea tomar decisiones personales y comunitarias, sabiendo que las urgencias apremian porque la “casa común” de la que habla Francisco en LS tiene un reloj de dimensiones gigantescas donde se van marcando, inexorablemente, las horas transcurridas de la historia de la humanidad y de cada uno de nosotros. Sólo nosotros podemos darle cuerda o pararlo en seco. Antes de que sea demasiado tarde.

domingo, 30 de mayo de 2021

EL OTOÑO DE LA CONFIANZA, Aida García Revuelta, Valladolid Colegio Arcas Reales, Dominicos

Se presumía un comienzo de curso inusual, complicado e incierto, pero eso hacía que el reto fuera aún más grande que ningún curso antes recordado, ya como estudiantes, ya como docentes. Nuestra labor, siempre sujeta a la educación y formación tanto personal como académica, se veía esta vez reforzada por unas inevitables y anheladas ganas de volver a ver a nuestros compañeros y escolares.

Este año, nos hacía mayor ilusión si cabe, ser testigo en primera persona del reencuentro de nuestros alumnos, después de tanto tiempo, con sus iguales. Para llevar a cabo esta “vuelta a la vida”, debíamos, como centro, devolver la confianza a toda la comunidad educativa y mostrarles que ese temible miedo que paralizó nuestra rutina en los últimos meses, había quedado atrás. La experiencia ha sido dura y hemos pagado un peaje altísimo, pero también lo hemos admitido como nuestro nuevo compañero en el camino, ése que sigue siendo aún rocoso, claroscuro y, por momentos, angustiante.  

La historia del mundo nos muestra muchos momentos de catástrofes, guerras o pestes que han tenido como protagonista al miedo; simplemente, se nos había olvidado que convive con nosotros. O quizá cada uno ha lidiado con el suyo propio y se ha olvidado de que el miedo también puede ser común y acechar a una comunidad entera. Por eso, el primer día de clase comencé con un ejemplo cinematográfico: La vida es bella. Les mostré el fragmento de película donde el padre “traduce”, desde su desconocimiento de la lengua alemana, las reglas del campo de concentración a su hijo y a todos los refugiados. El padre manipula la traducción llevándola al punto de convertir la situación en un juego, y muestra al espectador que se puede llegar a controlar el miedo bajo unas condiciones tan extremas como fue el genocidio judío.

En el intento de paralelismo de esa situación con mis estudiantes, los soldados alemanes representarían el coronavirus; mientras que la desesperación por ver a los suyos y la resistencia al hambre serían las consecuencias que el miedo provoca si no se es capaz de lidiar con él. En la película, tienen la oportunidad de salvar su vida quienes son capaces de soportar las reglas y de aceptar al miedo como parte de su vida. Mis alumnos fueron capaces de entender la metáfora y trasladar esa escena de ficción a nuestra situación actual: todos estamos en el juego y solo ganaremos si seguimos las normas y somos capaces de saber convivir con el miedo.           

En España sufrimos el confinamiento más extremo del mundo, sin poder salir de casa durante tres meses salvo para lo estrictamente necesario y, cuando pensábamos que ya estaba controlado, se descontroló de nuevo coincidiendo con el comienzo de curso. Ante tal caos, algunos padres optaron por no llevar a sus hijos al colegio por miedo a contagiarse en el centro e infectar a la familia. Es un miedo entendible y compartido por todos, ya que, nosotros, como docentes también tememos infectarnos y contagiar a los nuestros, pero ante esta situación, la profesión que elegimos nos lleva, inexorablemente, a la premisa que define el filósofo Paulo Freire: “La educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”. 

De esta manera, debíamos hacer ver a esos padres que nosotros estamos en primera línea, cubriendo las necesidades personales y académicas de sus hijos y que la mejor enseñanza que podemos inculcarles en este momento es enseñarles que el miedo es un sentimiento más de la vida. Es por esto que el centro debía de convertirse en un lugar seguro para toda la comunidad educativa, un lugar en el que volver a enseñar, a aprender, a formarse en valores, a interactuar y a volver a disfrutar del trato personal, pero esta vez, al lado de un nuevo compañero de clase: el miedo, que pasaría con nosotros el curso escolar 2020-21.

La confianza y el miedo, dos sentimientos humanos, en principio opuestos, pero en fin encontrados, son este año nuestros compañeros de curso por igual. No obstante, tendremos presente que el miedo no pasará de curso ya que, como nos advierte Cervantes en boca de sus personajes inmortales, el mal no es eterno.  Por otro lado, intentaremos que la confianza se mantenga a nuestro lado, curso a curso, como fiel compañera de vida académica y personal de nuestros alumnos.                                             

Los primeros meses del curso marcarían el devenir del año más que nunca. Septiembre y octubre eran claves para la recuperación de la confianza perdida en primavera por un virus mortal. El otoño es la nostalgia de la primavera, pero este otoño no es tan nostálgico como acostumbra, sino más bien, un otoño con sabor a una primavera que este año no pudimos disfrutar. Es “el otoño de la confianza” y somos conscientes de nuestro cometido teniendo muy presentes las palabras de Piaget: “Solo la educación es capaz de salvar a nuestras sociedades de un posible colapso, ya sea violento o gradual”.

Es la oportunidad de doblegarse, de ser también marzo, abril, mayo y junio, el otoño de la vuelta a las aulas tras seis meses, la ocasión de demostrar nuestro crecimiento personal de la primavera pasada, que hizo que el colegio quedara mudo tanto tiempo. Las ganas de volver nos han hecho obviar el paso del tiempo y comenzar el curso advirtiendo al miedo y reforzando la confianza mediante aquellas palabras del pensador de la escuela salmantina: “Como decíamos ayer…”

viernes, 21 de mayo de 2021

El Covid en la Iglesia de Japón, Fr. Mariano González OP, Japón

Los obispos han publicado por separado mensajes y normas similares, explicando el modo de proceder. Como ejemplo describiré lo que se hizo en la diócesis de Fukuoka, en donde tenemos la parroquia Regina Mundi.

Del 27 de febrero al 14 de marzo se suspendieron las misas públicas (posteriormente se prolongó al 30 de mayo) y todos los fieles  fueron dispensados de la obligación de participar en la misa los domingos durante este período. Al mismo tiempo, se pidió que los sacerdotes celebraran misas en privado rezando por los fieles. Nosotros no dejamos de celebrar misa en nuestras iglesias, pero en privado.

El obispo autorizó reanudar la celebración pública de la misa y retomar otras actividades parroquiales a partir del 1 de junio con varias normas entre las que se encuentran:  
Tener la iglesia bien ventilada durante la celebración. Mantener la distancia física entre las personas y evitar los espacios cerrados y las aglomeraciones de personas. Por esto, en nuestra parroquia la gente se sienta separada, hemos aumentado el número de misas, celebrando la misa todos los días y los domingos tres veces, dos veces en japonés y una vez en vietnamita para los cientos de jóvenes vietnamitas que trabajan y viven cerca de nosotros. Todos los asistentes deben usar mascarillas y desinfectarse las manos con alcohol al entrar en la iglesia. En nuestra iglesia además se les toma la temperatura y quien tenga fiebre no se la deja entrar. Cubrir el cáliz y el copón con las formas para los fieles durante la plegaria eucarística. Poner en recipientes distintos las formas para el celebrante y las de los fieles. Antes de distribuir la comunión, el sacerdote y los ministros de la eucaristía han de lavarse las manos y usar mascarillas a la hora de distribuir la comunión. Evitar cantar durante las celebraciones. Se prohíben las fiestas y comidas después de las celebraciones litúrgicas…

Durante estos meses he observado como el Covid-19 afectaba la vida de nuestras parroquias de dos maneras muy diferentes:

 1. En primer lugar, durante los meses sin celebraciones litúrgicas públicas, se aconsejó a los fieles rezar en casa y seguir las misas por internet. Pero las parroquias sufrieron un gran vacío, como un parón de la vida ordinaria de la iglesia. Poca gente venía a la iglesia, a solas para rezar, porque sentían necesitarlo, pero la gran mayoría de fieles no se dejaron ver, como si hubieran desaparecido; fue como si la iglesia se hubiera convertido en algo irrelevante e innecesario,... y sin embargo, la vida social seguía adelante:  tráfico ruidoso por todas partes, restaurantes, cafés, supermercados abiertos y llenos de gente, los fines de semana mucha gente  paseando con amigos por las calles del centro de la ciudad (y todos usando mascarillas), etc.

2. En segundo lugar, al permitirse las misas públicas durante la epidemia de Covid-19, se ha multiplicado el trabajo en las iglesias, porque ahora todo se hace en grupos más reducidos, y además porque se ha notado una vuelta a lo religioso, con una mayor asistencia de gente joven y ancianos a misa, así como gente no cristiana deseosa de estudiar el cristianismo y ser bautizados, ... En sus caras al salir de Misa muestran contentos y agradecidos el amor y la cercanía de Dios al recibir los sacramentos y oír la Palabra de Dios en nuestra predicación sencilla y fácil de entender, en donde captan la gracia de Dios actuando en medio de sus vidas, colmándolos de paz, alegría y bendición.

Parece ser como el comienzo de un nuevo amanecer de la fe cristiana en Japón.  Para que esto pueda suceder, hemos de ser fuertes y permanecer firmes en la fe, cercanos y apoyando a nuestros fieles. No tengo duda de que más que la personalidad de los frailes, lo que más atrae a la gente a nuestra parroquia es el poder recibir los Sacramentos, y al mismo tiempo el consuelo y respuesta a sus preocupaciones e incertidumbres, o miedos por el Covid-19.  En este sentido, el Covid-19 puede ayudar a crear un tiempo nuevo de evangelización, que debemos saber discernir y potenciar.

COVID/muerte, COVID/divino de VIDA: apuntes litúrgicos, Fr. Niceto Blázquez OP, Madrid

El Covid19 está en casa como serpiente entre las sábanas y hay personas que se enfrentan a él con miedo, sin excluir terror y pánico. Otras luchan con la esperanza de vencerlo sacando conclusiones prácticas para la vida. Sólo haré algunas reflexiones breves desde el punto de vista litúrgico.

1. Comunión bajo las dos especies

Con el Covi-19 se ha visto la necesidad de tener en cuenta los aspectos higiénicos durante la celebración de la eucaristía. ¿El celebrante es uno solo? Lo obvio es, como se hizo siempre, que nadie más que él beba del cáliz, incluida la purificación del mismo. ¿La eucaristía es concelebrada? Sólo el presidente u otro beberá del cáliz al final de la concelebración y no antes. El objetivo es que nadie deje pegada en el cáliz la huella de sus labios, el aliento de su boca y el aire de sus pulmones. Todos hacen la comunión bajo las dos especies, pero por intinción mojando la forma consagrada en el vino consagrado del Cáliz.

La concelebración es hoy un riesgo serio para la salud física. Por ello, una sola persona beberá del cáliz y las menos posibles “manipularán” los objetos litúrgicos. Por lo dicho, se debe descartar dar la comunión bajo las dos especies a los novios, para evitar que ambos beban del cáliz. Huelga decir que los abusos y niñerías que a veces se estaban produciendo al desearnos la paz en la misa, han quedado reemplazados con gestos sin riesgo y más seriedad.

2. Comunión en la mano

Sabemos que en el siglo IV la comunión se daba habitualmente en la palma de la mano. Pero hubo abusos y en el siglo IX se empezó a dar la comunión directamente en la boca, y sólo los diáconos y subdiáconos podían seguir recibiendo la forma en la mano. En el siglo XI sólo se permitía al sacerdote y al diácono comulgar en la mano y se impuso la comunión recibiendo la forma en la boca hasta mediados del siglo XX, cuando el Concilio Vaticano II volvió a recomendar la práctica de la comunión en la mano.

El Covid-19 nos ha enseñado el grave riesgo que lleva consigo la comunión en la boca y la necesidad de volver a la comunión en la mano. El criterio higiénico y del contagio mortal se ha sumado en primer plano a los criterios tradicionales de respeto al sacramento de la eucaristía. En estos momentos, la comunión en la mano se ha de considerar como obligación y no como mera recomendación piadosa. De ahí que no se deba tolerar en absoluto la formación de dos colas: la de los que comulgan en la mano y la de los que comulgan en la boca.

3. Televisión y comunión espiritual

Si yo no puedo venir los domingos a Misa y nadie me trae, ¿qué va a ser de mí? ¡Tuvo que venir el Covid-19 para poder consolar a estas personas! La misa por televisión es una obra pastoral laudable porque muchas personas, impedidas por el deterioro de su salud, empezaron a liberarse de la pesadilla del “precepto del templo” y empezaron a escuchar con gusto en televisión homilías de más calidad.

Pero, ¿qué pasa con la comunión sin presencia física en la celebración. ¿Nos perdemos lo mejor? Tal insatisfacción carece de fundamento teológico. En la teología más castiza de siempre se habla de comunión espiritual, esa oración interior con la que expresamos nuestro deseo amoroso de recibir a Jesucristo, cuando no es posible ni aconsejable recibir la hostia consagrada de manos de nadie ni usando las nuestras propias. El defecto de presencia física queda suplido por la recepción espiritual, en la que recibimos el efecto espiritual de este sacramento, por nuestra unión a Cristo por la fe y la caridad.

4. Adoración del Niño 

Muchos pintores cristianos empeñaron lo mejor de su ingenio en pintar belenes describiendo gestos de gran ternura y admiración ante la figura que representa a Cristo recién nacido. Pero en esas pinturas nadie aparece besando al Niño. Desde mi niñez, siempre he visto la ceremonia del sacerdote dar a besar al Niño al final de la misa. Pero como sacerdote, confieso que nunca me agradó dar a besar al Niño Jesús después de la misa. El “besuqueo” de adoración no me parecía mínimamente higiénico, por más que yo me esforzaba porque lo fuera.

Con la pandemia del coronavirus me he convencido más de que tales “besuqueos rituales” están fuera de lugar y que deben ser sustituidos por otros gestos de respeto y adoración más adecuados. Por ejemplo, haciendo delante de la imagen una inclinación de cabeza acompañada de algún pensamiento de amor y de lealtad a la persona Cristo.

5. Adoración de la CRUZ 

En la adoración de la cruz el viernes Santo hay un matiz peculiar muy importante. La imagen del Niño en el pesebre no infunde miedo, sino alegría, amor e ilusión. Por el contrario, una cruz grande con Cristo en ella crucificado puede producir reacciones de miedo, sospecha sobre la conducta del crucificado y ganas de no ver más ese espectáculo. Sobre todo, tratándose de niños y personas relacionadas con el mahometismo o el judaísmo fanático. Si a esto añadimos que hay que postrarse en el suelo y besar al crucificado, la cosa sube de tono. Todos esos graves inconvenientes y otros de carácter higiénico, debidos al “besuqueo”, se pueden paliar sin dificultad pasando por delante de la Cruz haciendo una leve inclinación de cabeza y desgranando en nuestro interior algún sentimiento o pensamiento de respeto, adoración o súplica esperanzada.

6. Confesión sacramental 

La historia del sacramento de la penitencia ha sido larga y dolorosa en ocasiones. Es obvio que la forma actual de confesión auricular dentro de un recinto estrecho llamado “confesionario”, necesita también ser reformada, a raíz de la pandemia del coronavirus y no faltan iniciativas loables en este sentido

 7. Conclusión

¡Ojalá rebrote la pandemia del amor de Cristo muerto y resucitado, para que mueran el desamor y los egoísmos, el odio y las venganzas, el rencor, las peleas familiares y políticas, las guerras y toda clase de injusticias!

 

UNA VEZ CADA CIEN AÑOS, Fr. José A. Legido OP, Macao

A todos los que nos gusta leer cosas de historia nos ha interesado leer sobre la “fiebre española” que asoló el mundo entero a principios del siglo XX. No creo que nadie considerara posible que pudiéramos ser testigos de algo parecido … y, sin embargo, lo hemos sido.

Las noticias comenzaron en China. Era pavoroso el ver videos de cómo la gente caía muerta en la calle, los hospitales colapsados, el personal médico hundido física y psicológicamente por no poder hacer más y la imposición estricta y hasta cruel de cuarentenas a millones de personas.

En Hong Kong y Macao se impusieron inmediatamente drásticas medidas de protección: prohibición estricta de entrada para los extranjeros, cierre inmediato de todas las instituciones educativas, religiosas e incluso las instituciones gubernamentales.

En esta área del mundo hemos pasado anteriormente por situaciones como estas, ya que casi todas las infecciones víricas nacen por estas tierras, como SARS, H1N1, etc. Es posible que, por este motivo, aquí las medidas preventivas propuestas por las autoridades civiles y sanitarias han tenido una repercusión más positiva y rápida que en otras partes del mundo: a nadie se le ocurre salir a la calle sin la mascarilla, nadie se extraña de que te tomen la temperatura al entrar en muchos edificios o de usar el gel hidroalcohólico con frecuencia cada día.

Quizás esta disciplina, muy en consonancia con la tradición confuciana de toda la región, ha permitido que tanto Hong Kong como Macao puedan presentar cifras sanitarias que son la envidia de cualquier otro país. Cuando escribo estas líneas, Macao solo ha tenido 46 contagiados, todos ya dados de alta, y 0 fallecidos. Hong Kong ha tenido 5133 contagiados, de los cuales 4875 ya han sido dados de alta, y 105 fallecimientos. Taiwán es puesto como modelo en el mundo entero.

Ciertamente, pues, en esta zona del mundo no nos podemos quejar en absoluto ni por la extensión de la pandemia, ni por las bajas causadas, ni por la colaboración ciudadana en el control de la pandemia. Pero esto no quiere decir que Macao, Hong Kong y China no sufran profundamente los efectos de la pandemia. Acostumbrados a vivir en una sociedad tan avanzada técnicamente, donde casi todos los problemas tienen una solución técnica, de repente nos encontramos como desnudos ante un virus contra el que no hay ni vacunas ni medicinas, que te puede contagiar en cualquier momento y que puede terminar con tu vida en unos pocos días. Y esto ha producido una sensación de miedo difícil de describir: miedo al virus, pero también miedo a las personas que están a nuestro alrededor.

A esto hay que añadir la incertidumbre, que es uno de los factores más difícil de controlar: no sabemos ni cuánto va a durar esto, ni cuál va a ser el grado de impacto que vamos a sufrir, tanto en el plano personal como en el social y económico. En Macao, cuya economía está basada en el turismo, la economía ha caído alrededor del 90%. Aquí no hay miedo al contagio del virus, sino a cómo este virus ha destruido las seguridades de las que disfrutábamos y nos enfrenta a un futuro incierto y peligroso. Muchos puestos de trabajo han desaparecido o peligran y las entradas económicas con las que muchas familias contaban y habían planificado su vida, han desaparecido o están en grave peligro. Esto conlleva un elevado grado de ansiedad que está haciendo mella en la sociedad en general.

Ciertamente, para los cristianos, la pandemia es también una gran oportunidad para contribuir a la sociedad con una fe viva y solidaria, colaborando activamente con las medidas de protección dictadas por las autoridades, protegiendo a los vulnerables, ayudando a nuestro prójimo y mostrando en estos tiempos de oscuridad a Cristo como la luz que nos guía y que está siempre presente en nuestra vida. Esperemos que las vacunas que se prometen para el año 2021 sean un signo palpable de solidaridad mundial y no otro signo más de egoísmo y marginación.

Convertir el miedo en confianza, Hna. Andrea Ma. Iturbe OP, Dominica de la Anunciata, Madrid

Han pasado ya meses desde que el “virus”, aparecido en Wuhan-China, nos cambió la vida de la noche a la mañana. La realidad es que todos sin distinción de raza, credo, o clase social estamos enfrentando una pandemia mundial que, por el momento, solamente podemos mitigar hasta que se encuentre un medicamento para controlarla y una vacuna para prevenirla.

Sin darnos cuenta nuestros horarios, nuestras agendas, nuestro trabajo, nuestra manera de relacionarnos dio un giro y empezaron a surgir preguntas sin respuestas, y el MIEDO entro en nuestras comunidades y nuestra “parte humana” hizo que cayéramos en la tentación y como Pedro, en medio de las aguas perdiéramos la confianza (Mt 14, 22s)

Todos sufrimos dolor por nuestras pérdidas y nos hacemos preguntas sobre nuestra realidad y nuestra fe. El miedo y la confianza se transforman en sentimientos encontrados, donde la “lucha” entre lo que “pensamos” y lo que “sentimos”, nos lleva al desafío de convertir el MIEDO en CONFIANZA.

Pero ¿cómo hacerlo? La realidad de la pandemia se instaló en la sociedad, en el mundo; las noticias que escuchamos, los infectados que aparecen, el número de muertos, no deja de afectarnos, de hacer que nos sintamos impotentes; muchas veces caemos en la tentación de pensar que Dios está ausente, que no se interesa por nosotros y por nuestro sufrimiento.

La realidad del miedo aparece… ¡sí!:  en los ancianos, que están solos y no saben lo que les puede pasar; en quienes han perdido su trabajo y piensan cada día cómo alimentar a sus hijos, cómo llevar el pan a sus hogares; en el personal sanitario que sabe que estar al servicio de los otros implica un riesgo alto de contraer la enfermedad; en cada uno de nosotros, que al volvernos más frágiles hace que salgan a la luz los propios miedos, aquellos que estaban dormidos y que con las “defensas bajas” afloran…

Quizás la respuesta esté en tener la capacidad de renovar nuestra CONFIANZA en Dios, quien conoce nuestra historia y sabe lo que necesitamos. Él es nuestro refugio y en el confiamos, así lo expresa el salmista: “El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite!” (Sl 18, 2).

Hacer de nuestras comunidades lugares de esperanza, de acogida, de sostén, para tantos que hoy ven sus vidas truncadas por el dolor. Apoyar y acompañar con nuestra oración, la entrega de médicos, enfermeros, camilleros, voluntarios, que día a día se entregan al cuidado de los infectados a través de una mirada cómplice, una palabra oportuna, un apretón de manos, un estar silenciosamente…

Cuidarnos para poder cuidar a otros…sintiéndonos responsables TODOS de TODOS. Convertir el MIEDO en CONFIANZA, es un reto, un desafío que cada uno debemos asumir, para convertirnos en CONSTRUCTORES de un mundo diferente, de una sociedad donde nadie quede fuera. Como dice el Papa Francisco: “Solo el amor custodia la vida que tenemos, porque abraza nuestras fragilidades y las transforma… Dios puede cambiar todo a bien. Con él podemos confiar en que todo irá bien…”