lunes, 25 de junio de 2018

JÓVENES: DON INMERECIDO, ÚNICA ESPERANZA, Fr. Bonifacio G. Solís OP, Prior Provincial

Novicios en Hon Kong (Imagen: P. Javier González)
Cuando el año 1997 el Consejo de Provincia consideró la necesidad urgente de pedir a la Orden el cambio de una política vocacional que se había iniciado en el año 1971 con el objeto de favorecer que las nuevas entidades de la Orden en el Oriente pudieran crecer y fortalecerse, poco nos imaginábamos que algunos de los consejeros presentes en la entrevista con el P. Timothy Radcliffe, Maestro de la Orden, y su asistente para la región de Asia Pacífico, Fr. Kevin tendríamos que ser testigos de un gran giro en la panorama de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario. 
 
De las dificultades, los desafíos, las dudas, las oposiciones, el desánimo y la incertidumbre que iba a caracterizar el proceso de internacionalidad de la Provincia que había caracterizado la historia de la Provincia de Ntra. Sra. del Rosario, que el Maestro de la Orden presentó al Capítulo Provincial celebrado en 1997. 
 
Aunque acariciábamos la idea y así se propuso, no anticipamos las dificultades, los desafíos, las tensiones, las dudas, las resistencias, los éxitos y fracasos que hemos presenciado en estos veinte años. No obstante, gracias a Dios, el Consejo de Provincia y los diferentes capítulos provinciales han apoyado y animado el proceso de apertura, de aceptación, de acogida y de formación de los cerca de 100 religiosos que hoy son miembros de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario a través de la amplia geografía de la misma desde Venezuela a Japón.   
 
¿Quién ha llamado a esta juventud? Sin duda que el Señor está a la base de la llamada y es Él quien llama e invita sin pedir consejo y sin que medie intervención extraordinaria alguna, pero la juventud está íntimamente unida a las vocaciones que han sido y continúan siendo un continuo desafío al orden establecido y al peso de veinticinco años de letargo vocacional. 
 
¿Qué hemos hecho? Acoger, acompañar, recibir, querer, animar, escuchar, evaluar, proponer, iniciar, corregir, estar al lado y sobre todo quererlos para que junto con ellos pudiéramos y continuemos caminando juntos para descubrir los designios y el plan que el Señor tiene. Constantemente hemos tratado de que fuera el Espíritu quien liderase nuestras decisiones y nuestro discernimiento y que, contra nuestra voluntad, la suya prevaleciera. 
 
No quiero decir que todo hayan sido aciertos, no. Hay cuestionamientos, los ha habido y continuará habiéndolos, pero estamos convencidos de que de no haber iniciado con valentía el camino hacia lo desconocido no tendríamos en la Provincia la juventud que anida y ofrece una esperanza para la Iglesia, la Orden y la Provincia en los distintos países y misiones en los que la Provincia está y quiere estar presente. 
 
Juventud, vida, diferencia de culturas y nacionalidades, de convicciones y generaciones, de sueños y realidades, de confianza y de voces pidiendo más prudencia, de críticas positivas y momentos de tensión, de iniciar y de temores  ante lo desconocido y la incertidumbre de situaciones políticas y religiosas, de aciertos y de sorpresas de todo ello he sido y continúo siendo testigo, pero confío y espero que seamos capaces los mayores y los jóvenes de aunar fuerzas, convicciones y esperanzas para dar vida a la esperanza que anima nuestro caminar en la fe y en el amor de quienes radicalmente creen que ha sido Jesús quien nos ofrece y regala este don de las vocaciones. 
 
Quisiéramos tener el acierto necesario para formar y continuar apoyando la vida que se ofrece a la iglesia y a las misiones con este resurgir vocacional. El don de 16 novicios este año y de otros 12 para el próximo son un regalo inmerecido y hemos de estar a su lado para que en el proceso del creciente discernimiento vocacional podamos vivirlo sin desánimo ante los problemas que van surgiendo y sin triunfalismos por los éxitos alcanzados. Si no sabemos escuchar, dialogar, apoyar y presionar perderemos el horizonte ante una juventud inquieta e insatisfecha con la situación en que viven y se encuentran. ¡Que pronto hemos olvidado las incertidumbres y desafíos de nuestros años de formación! 
 
Aún resuenan en mis oídos aquel memorable saludo: “¿Por qué has tardado tanto tiempo para venir a conocernos?”, con el que me recibieron aquellos 11 novicios de los que hoy 8 son sacerdotes y dos trabajan en su diócesis original. Resuenan las palabras de un venerable hermano: “Hemos estado en contacto con siete y ni uno se ha incorporado. ¡Basta ya!” Y la decisión de cerrar el proyecto iniciado para desdecirnos antes de entrar en la capilla con “de lo dicho nada, esto no se para”.  
 
O experiencias como: “Uds. están funcionando con un noviciado no constitucional”, respondiendo: si así es, dígame Ud. cómo hacerlo constitucional, porque en nuestras actas se fija tanto el maestro como el lugar y ambos han sido oficialmente aprobados. Y finalmente el impase durante un capítulo general cuando en medio de la exposición la emoción y el recuerdo me cortó el habla y en medio de la vergüenza pude oír la mejor alabanza que haya podido escuchar: “Tu emoción ha sido la palabra más elocuente que has pronunciado”. 
 
He sido testigo de este proyecto, le he dedicado tiempo, cariño, confianza y la convicción de que es don inmerecido y la única esperanza. Pero no se termina ahí, estamos comenzando y las nuevas generaciones comienzan a asumir responsabilidades y es necesario dar paso para que ellos, que entienden mejor la sociedad que hemos de evangelizar, asuman el liderazgo y marquen el ritmo a seguir siempre con los ojos hacia lo alto y los oídos atentos al compañero silencioso que con su susurro providente muestra el camino porque Él es el camino, la verdad y la vida. 

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