lunes, 25 de junio de 2018

JÓVENES, FE Y DISCERNIMIENTO VOCACIONAL EN EL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Fr. Miguel A. Medina OP

Angelus en S. Pedro, Roma (Imagen: IRC)
Se me ha pedido (y lo hago por imperativo fraterno) que exprese unas reflexiones personales, teniendo como enfoque el próximo Sínodo de los Obispos (octubre de 2018), y la temática enunciada. Para encuadrar mis pobres ideas, me referiré al Documento Preparatorio del Sínodo y a la Carta del Maestro General de la Orden, fray Bruno Cadoré. 
 
El Documento Preparatorio, al que la Carta del Maestro se refiere, presenta dos grandes desafíos: “La Iglesia ha decidido interrogarse sobre cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud, y también pedir a los mismos jóvenes que la ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia”. La pastoral juvenil está necesitada de una metodología, que posibilite que los jóvenes, hoy, lleguen a responder a la invitación que les sigue haciendo Jesucristo.  
 
El segundo, no menos importante, tiene como objetivo dejarse aconsejar por los jóvenes para, juntos, hallar la fórmula para realizar la tarea que Cristo ha encomendado a todos los que nos llamamos y consideramos parte de la Iglesia. 
 
La Iglesia necesita interrogarse sobre cómo acompañar a los jóvenes. Esta intención conlleva una manifestación clara de la vertiente maternal de la Iglesia: su preocupación por una sección de la humanidad, bautizada o no, que requiere esa guía maternal y sentirse ayudada en el propósito de hallar sentido para su vida. Este propósito puede ser fácilmente aceptado por los jóvenes, pero ¿confiarán en la segunda? Aún más, ¿estarán dispuestos los responsables de esta pastoral a escuchar e identificar las modalidades más eficaces en una tarea, en la que se consideran maestros? ¿Estarán dispuestos para aprender de los jóvenes? ¿Está convencida la Iglesia de que la voz del Espíritu puede estar hoy resonando a través de la realidad juvenil? 
 
No podemos dejarnos llevar por el desaliento; pero tampoco pretendamos encontrar respuestas sencillas: el mundo juvenil es complejo, y plantea interrogantes difíciles, (desde su cosmovisión, lenguaje o actitud ante la vida, hasta la incomprensión de su propia identidad). Lo cierto es, y nadie puede negar esta realidad, que el universo de los jóvenes abandona la Iglesia, incluso antes de que concluya el proceso de preparación a los sacramentos de iniciación. Y las preguntas no pueden ser obviadas: ¿Por qué se alejan de la Iglesia? ¿Qué les pasa? ¿Cuáles son sus inquietudes? ¿Por qué la conclusión de la iniciación cristiana supone el fin de la visibilidad de los jóvenes en la Iglesia? ¿Qué no se está haciendo correctamente? 
 
Podemos proponer respuestas huidizas y sin compromiso personal (i.e. viven en un mundo con demasiadas ofertas para la huida, facilidades para una vida sin compromisos ni arraigos, etc.). De ese modo escapamos, rechazamos vernos inmersos y formar parte del problema y nos desligamos del compromiso de buscar soluciones. 
 
Siempre he pensado que la opción de una generación repercute sobre la siguiente, sin que, por ello, ésta deje de tener su propia responsabilidad. Por tanto, nuestra generación también es responsable de este problema, y no puede atrincherarse mientras contempla cómo esas dos generaciones van separándose cada vez más. 
 
Ya he escuchado algunas desconfianzas, y creo que son razonables, de parte de los jóvenes ante el proyecto de Sínodo: ¿por qué, ahora, les preocupa nuestra opinión? ¿Por qué, de repente, ponen su mirada e interés sobre nosotros? Y, como he dicho, me parecen razonables. Lo que no me parece tan razonable es la respuesta que dan: porque se ven viejos, las iglesias vacías y sin elemento juvenil vocacionado para el futuro. No les falta la razón, pero también demuestran un posicionamiento que dejará graves consecuencias en su propia vida, y peores repercusiones para la siguiente generación.  
 
Cruce de caminos en Castilla la Vieja (Imagen: IRC)
Es claro que el joven de hoy es hijo y fruto de la generación previa y de toda una serie de influencias socioculturales y religiosas vertiginosas. La generación de los padres no aprendió cómo ser cristiana, ni encontró otro espacio en la Iglesia que el de ser “consumidores” de celebraciones cristianas. Por esa razón, los jóvenes están pagando en su propia realidad los errores cometidos en el pasado. Y, peor será, si no aprendemos a corregirlos, pues la próxima generación sufrirá aún peores consecuencias en este campo de la fe.   
 
El Documento apercibe del multiuniverso juvenil que tenemos delante. No podemos individuar todas las causas de diferenciación, pero sí podemos apuntar algunas: áreas culturas y religiosas distintas; una historia, que hace diferentes a los países y continentes según su tradición religiosa. Tercero, y cada día más evidente, la diferencia de género, con sus distinciones de sensibilidad. Otro elemento que no debemos menospreciar son los procesos de transformación de las sociedades, que han dado origen a un contexto de fluidez e incertidumbre, nunca antes experimentado con tanta intensidad.  
 
Ese carácter de continua transformación incide en las condiciones de vulnerabilidad e inseguridad, ante las que los jóvenes están menos inmunes. Finalmente, han nacido y viven en un mundo globalizado, con conductos inmensos de información, pero sin tiempo para una digestión madura. Todo ello revierte, de inmediato, en la desorientación y en la tentación del relativismo, si bien también puede aportar unas posibilidades extraordinarias.  
 
Confieso que no poseo la receta con las soluciones. Así, pues, permítanme aventurarme y errar. 
 
Existe un problema largamente arrastrado, y que necesita solución urgente: la “responsabilidad de todos los miembros en la edificación de la Iglesia”. Las catequesis han sido ricas en orientaciones para “responder” a la vida de fe, pero en esta respuesta no quedaba espacio para esa dimensión de la “responsabilidad” que conlleva la vida de la fe al interior de una comunidad. Pero, esa responsabilidad comporta, de inmediato, un espacio para poder desarrollarla desde la propia identidad, sin que ello suponga un atentado a los espacios y responsabilidades de las otras edades. 
 
La pregunta que debiéramos hacernos –jóvenes y no tan jóvenes- es: ¿en nuestra Iglesia nos conocemos, nos queremos o nos tememos? Es absolutamente necesario que respondamos con sinceridad a esta pregunta, porque de ella dependerá un camino de acompañamiento o de extrañamiento y desconfianza.  
 
El Sínodo apunta el camino del acompañamiento, pero esta acción comporta, como primera virtud, querer como hermano a ese joven, olvidándonos de actitudes paternalistas. Hoy, la sensibilidad juvenil no acepta “paternidades”, sino “modelos” con una intensa vida interior, constancia y misericordia. 
 
Y, aquí puede entrar la invitación del Maestro General. A nosotros, como dominicos, la memoria de la “compasión dominicana” nos debería empujar a abandonar posturas paternales, y abrazar la “fraternidad” como don para caminar juntos, enriqueciéndonos mutuamente en la experiencia de la salvación. 
 
A este respecto, creo que, ante este universo, los dominicos debiéramos revisar el significado actual de la “itinerancia” y de la otra gran columna: el estudio-contemplación. Si el Pontífice en su carta lanza una provocación a salir, como Abraham, y encaminarse hacia una tierra nueva, también puede significar para nosotros una invitación a salir de nuestros esquemas, ya “institucionalizados”, y asumir la espiritualidad de Domingo que iba “a buscar” a los hijos de Dios.  
 
Desde esta actitud, podremos adentrarnos en ese universo, en el que será necesario afrontar un cambio de modelos y enfoques. Tras 800 años, debiéramos ser predicadores experimentados, capaces de afrontar nuevos desafíos. Hoy, la itinerancia nos empuja a “afrontar lo nuevo”, desde la humildad de “aprender a aprender”, de “juntar perspectivas”, de asumir que nuestra vocación apostólica nos llevará hacia espacios nuevos, sorpresivos y exigentes. 
 
Honorio III nos definió como “púgiles fidei et vera mundi lumina, pero no puede esconderse la luz tras viejas glorias, esquemas pasados, ni batallas ya olvidadas. Debemos ser luz para esta humanidad joven, que brota y vive conectada al universo digital; pero que sigue siendo humana y necesitada de quien le ayude a encontrar la salvación que ansía. 

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