viernes, 22 de diciembre de 2017

ENTREVISTA: EL FUTURO DE UNA ORDEN QUE VIENE DESDE MUY LEJOS, con Manuel Reyes Mate


Manuel Reyes Mate manifiesta que ha tenido sus dudas sobre si debía responder a la entrevista que le proponía AMANECER, “porque me preguntaba si tenía derecho a decir a otros lo que deberían hacer”. Finalmente se ha decidido a hacerlo porque se siente en deuda con la Orden de Predicadores, una de las circunstancias vitales que más han incidido en su vida personal y profesional. “Me siento también personalmente concernido pues nada de lo que se me pregunta me es ajeno”, afirma, no sin antes disculparse por lo que sus respuestas tengan de intromisión a la vez que son “expresión de un gran cariño y reconocimiento”

Una pregunta, quizá demasiado generalista, pero que surge una y otra vez en el seno de nuestras comunidades ¿Tiene futuro la vida religiosa? Más específicamente la vida religiosa entendida desde el testimonio de un grupo de hombres o mujeres viviéndola en comunidad

El futuro depende en buena medida  del presente y eso nos lleva a hablar de la actualidad de la vida religiosa. Yo creo que ese modo de vida tiene una relación intempestiva con el presente, es decir, la vida religiosa está de alguna manera fuera del tiempo y contra el tiempo. Esto se puede entender de dos maneras muy distintas: una, positiva; otra, negativa.

Va con la esencia de la vida religiosa trascender su tiempo: la entrega a los demás, la solidaridad con los pobres y el valor fundante del otro -actitudes que traducirían al lenguaje de hoy sus grandes compromisos- trascienden  los valores cotidianos y en ese sentido son invitaciones a relativizar y transcender los principios morales y políticos que estructuran la vida de cada día. La vida religiosa se convierte así en referente  de dimensiones de la existencia que no son las habituales, pero que son dimensiones posibles del ser humano que, si se impusieran más, humanizarían la convivencia colectiva y el sentido individual. Ese sería el sentido bueno: un sentido crítico respecto a los valores en curso.

Pero también hay otro sentido del “estar fuera del mundo” que sería mucho más discutible. Consistiría en no decir nada. Cuando la vida religiosa reproduce los esquemas y valores de la calle, enmudece. Cuando el aggiornamento es mimetismo de los valores circulantes, la vida religiosa se hace irrelevante y prescindible (una tentación, ésta, en la que caen a menudo los cristianos “progresistas”).

El sentido de la vida religiosa depende de que su forma real de vida exprese y traduzca esa dimensión que transciende lo que se lleva. Sólo es creíble el mensaje de una fraternidad universal si hay comunidades visibles que viven como hermanos. Esto es vital. La dimensión propia que la vida religiosa quiere transmitir está muy condicionada por el testimonio real. Lo oculto depende de lo plástico.

A la pregunta inicial diría pues que el futuro está en sus manos pues depende del presente, de si logra o no dar credibilidad a su mensaje a través de un testimonio vital.

Estudiantes e S. Pedro Mártir, Alcobendas a finales de los años 50
Dices que el futuro depende del presente, pero ¿cómo encajar el futuro de los dominicos con una historia tan longeva donde, posible e inevitablemente, ha habido sus luces y sus sombras?

Al ser una institución con 800 años de historia, el problema de su actualidad es particularmente agudo pues nadie puede ignorar ni las circunstancias de su creación ni su historia. Es una institución acontemporánea. Y, sin embargo, hay un tipo de acontemporaneidad que es profundamente actual. Para ver lo que tenemos delante, hay que dar un paso atrás. La historia no se construye progresivamente en el sentido de que lo nuevo hace viejo u obsoleto lo pasado. En la historia hay hitos que son imperecederos. Sería un error imperdonable afirmar, por ejemplo, que el arte de las catedrales góticas ha sido “superado” por la arquitectura futurista de un gran banco o pensar que la ciudad es el futuro de los pueblos, como si los sueños que yacen en los viejos pueblos se realizaran sin más al trasladarse sus habitantes a una ciudad. La historia no funciona así. Una Orden como la de Predicadores representa un tiempo que sigue siendo muy actual y necesario. Para aclarar lo que quiero decir sería conveniente comparar nuestro tiempo con el del siglo XIII. El tempo de nuestro tiempo es el de internet que circula a la velocidad de la luz. Nuestro ideal es acabar con el tiempo. Nos gustaría, cuando emprendemos un viaje, llegar al instante de partir. El tiempo invertido es tiempo perdido. Ahora bien, ese tempo, esa aceleración constante, esa obsesión con acabar con la duración, es suicida porque el hombre necesita tiempo y espacio. La prisa mata y no me refiero sólo a que las víctimas de la velocidad superan ya a las de las guerras, sino al hecho cultural de que la prisa mata la posibilidad de la experiencia. Ahora hay vivencias pero no experiencias. Las vivencias son choques emocionales que se agotan tan pronto como se manifiestan; la experiencia consiste en metabolizar lo vivido, en integrar los acontecimientos en la personalidad de cada uno, pero para eso hace falta otro tempo.

Con el concepto de tempo, ¿te refieres a una vuelta a los tiempos pausados cuando la existencia humana no discurría con tanto frenesí?

El tempo o ritmo vital de las órdenes mendicantes es el del paso humano. Los mendicantes eran ambulantes. Su tempo permitía hacer experiencia y por eso dio a luz el canto gregoriano y las catedrales románicas que son momentos en los que un sujeto puede enfrentarse a lo que le sucede y a lo que sucede. El hombre actual necesita otro tempo distinto del que padece si no quiere suicidarse. La vida religiosa de estas órdenes son quizá las últimas reservas de ese otro tempo que hoy sólo existe, para la mayoría, en la historia, como algo histórico y perdido.

Eso plantea un problema a estas órdenes religiosas y es el de cómo transmitir ese testimonio. Se sabe que los primeros dominicos buscaban las ciudades porque querían estar presentes en esos lugares donde se estaba definiendo la nueva etapa de la historia europea. Me permito preguntar, un poco provocadoramente, si no ha llegado el momento de volver al campo. Quiero decir que es difícil ya, en el anonimato de las grandes ciudades, hacer visibles estas dimensiones tan extrañas a nuestro tiempo. Para hacerlas visibles hace falta espacio, transformar los conventos en lugares de acogida y silencio donde se viva a otro ritmo. Parte de esa nueva conformación debería ser el rescate de los elementos plásticos que visualizan la dimensión espiritual que se quiere transmitir. Me refiero al arte y al culto, es decir, habría que dar mucha importancia a la conformación del espacio en el que se desenvuelve esa experiencia y a su manifestación cultual. Debería mimarse el canto gregoriano, la apertura (gratuita) de lugares  que son expresión de ese tiempo pasado (los conventos de Santo Tomás o San Esteban etc) y pensar, en vez de un recorrido turístico, en un viaje espiritual por ese tiempo del que dan testimonio las piedras que se visitan.

Como sabes, la Provincia del Rosario, desde sus inicios, ha estado enfocada exclusivamente a las misiones y de manera muy concreta a las de Extremo Oriente, ¿cómo encarar nuestro futuro en una región del mundo tan pujante, pero con tantas desigualdades y tan compleja como es Asia?

Como parte de una Orden casi milenaria, debería tener en cuenta que dispone de un patrimonio espectacular que debe hacer valer en servicio de la humanidad. Ese patrimonio consta, en primer lugar, de grandes saberes. Figuras como Santo Tomás o la Escuela de Salamanca son claves en la historia civilizatoria, pero ¿cómo hacerlas valer? Habría que abandonar la idea un tanto ingenua de “tener la verdad”; todo forma parte, más bien, de una “búsqueda de la verdad”. Pero en la medida en que los dominicos cultivan y conocen ese patrimonio deberían buscar la forma de ofrecerle a la sociedad.

No hay que negar, por otro lado, que la historia de esta orden religiosa es muy compleja. Junto a Santo Tomás o Las Casas está su decidida defensa de la Inquisición. Sólo tendría credibilidad una defensa de Las Casas si hay autocrítica respecto a la Inquisición, por ejemplo. Recuerdo a mi buen amigo Alfonso Carlos Comín cuando decía “pertenezco a una Iglesia que ha quemado a santos y a un Partido (el Partido Comunista) que ha fusilado a héroes”. Esa noble actitud es la propia de quien pertenece a tradiciones tan ricas y longevas como ésta.

Pero es verdad que la Provincia del Rosario tiene una especificidad llamativa. Habrá pocas instituciones occidentales tan conocedoras de la cultura oriental. Debería ser puente entre Oriente y Occidente. Con un añadido: las misiones. El misionero es una figura de la máxima actualidad. Hoy estamos asistiendo a la crisis de las identidades cerradas. El mundo es cada vez más plural y mestizo o pluricultural. Con razón se habla en teoría política del migrante o del exiliado como embriones de una nueva forma de ciudadanía no basada ya en la tierra y en la sangre sino en la pluralidad de culturas. Pues bien, el misionero forma parte de esas figuras que anuncian el futuro. Pocos como él tienen la experiencia de lo rico y difícil que es vivir a la vez en varios mundos.

Jardín Japonés, Colegio Aiko, Matsuyama, Japón
En cuanto a la temática de este número de AMANECER, sobre la misión compartida ¿Qué caminos podemos transitar juntos frailes y laicos?

Respuesta: unos y otros se necesitan. Hay un pensador judío, Franz Rosenzweig, que plantea la complementariedad entre la revelación judía y la cristiana. Si esta consiste en “hacer camino” (y llevar la historia humana hasta su salvación), aquélla, como pueblo elegido, “en haber llegado”, esto es, en dar testimonio de que el punto de llegada existe. Algo así. Si los frailes apuestan por llevar una vida que anticipa el final reconciliado, los laicos deberían esforzarse por construir un mundo fraterno. Hace años visité en Utrecht una casa de dominicos en la que cohabitaban distintas modalidades de vida religiosa. Los compromisos era diferentes pero todos compartían unas reglas de juego que les enriquecían mutuamente. Vamos hacia una sociedad del ocio, del tiempo libre, es decir, de mucho tiempo disponible. La “industria cultural” se lo ha apropiado ofreciendo turismo. Habría que pensar en ofertas de otro tipo que incluyan no el conocimiento de lugares mágicos sino de experiencias fundamentales.

Hemos empezado con una pregunta muy general y terminamos con otra parecida, con la dificultad que entraña responder a cuestiones demasiado generales de manera precisa ¿Por dónde debería caminar la Iglesia?

Creo que la figura del Papa Francisco tiene una significación epocal pues alcanza a la Iglesia y al mundo. Este Papa ha desacralizado a la Iglesia. Durante demasiado tiempo se ha confundido la autoridad del creyente o religioso con la posesión de poderes casi mágicos. Remitir la autoridad de un sacerdote, obispo o religioso a lo que haga y diga y no sólo a lo que representa, me parece un cambio espectacular.

Veo además que pone el acento en valores que son claves para la humanización de la convivencia y que hasta ahora han podido pasar desapercibidos. Pienso, por ejemplo, en su insistencia en el perdón. La existencia humana sin perdón sería un infierno y vamos camino de él porque camuflamos los errores, blanqueamos las responsabilidades con exculpaciones o dibujamos un mundo feliz al precio de negar la libertad. Hay una extraña complicidad entre libertad y culpa como si la humanización del hombre fuera un proceso de superación de sus propios errores, traiciones (“pecados”). Pues bien, la superación del pasado sólo es posible si el perdón ocupa un espacio público que no tiene. El cristianismo tiene mucho que decir a este respecto (más que el judaísmo o el Islam) y este Papa ha asumido la responsabilidad de defenderlo públicamente.

Pienso también que los cristianos españoles deberían entender que la Iglesia es una minoría. La Iglesia no tiene la función de dictar al Estado cómo comportarse. Eso ya pasó. El cristianismo también en España va de hecho a contracorriente. Los creyentes son una minoría y eso obliga, si quiere influir en la sociedad como un fermento, a mucha convicción y calidad en las propuestas que haga.  Sin miedo pero con modestia. La presencia pública de los cristianos debería ser muy diferente de la que  ahora es. Una anécdota: hace unos años estuve en la comisión que, de acuerdo con la Ley de la Memoria Histórica, debía hacer una propuesta al Parlamento sobre el Valle de los Caídos. En la comisión debería figurar un representante de la Conferencia Episcopal que había designado al obispo Fernando Sebastián. El entonces Presidente, Monseñor Rouco Varela, le descolgó en el último momento aduciendo que “si no estaba el PP, tampoco la Iglesia”. Se hizo un documento muy valiente animado por el espíritu de reconciliación…sin la Iglesia. Es un ejemplo de lo que no debería ser.


Manuel Reyes Mate (Pedrajas de San Esteban, Valladolid, 1942). Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y por la Wilhelms-Universität de Münster (Renania del Norte-Westfalia). Es profesor de Investigación del Centro Superior de Investigaciones Científicas en el Instituto de Filosofía, del que fue miembro fundador. Una de sus líneas de investigación es el estudio de la relación entre política y fe con obras como El ateísmo, ¿un problema político? (1973), o Mística y política (1990). En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de ensayo por su obra La herencia del olvido (2008) que analiza el lugar que ocupa la memoria en la sociedad actual. 

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