viernes, 25 de febrero de 2022

LOS POBRES, ¿DICHOSOS?, Fr. Luis A. Cuadrado OP

 

Tras leer el libro del padre Chus Villarroel sobre Santo Domingo de Guzmán eché en falta, y así se lo hice notar al autor, un capítulo dedicado a la relación de Santo Domingo con el diablo. En los primeros escritos sobre nuestro fundador se narra, por supuesto con el lenguaje y la visión del siglo XIII, algunos episodios curiosos de estos “encuentros”. Tal vez el más conocido sea la historia del gran pedrusco negro que está en la Basílica de Santa Sabina que el diablo lanzó a Santo Domingo para distraerlo de la oración.

En el mundo actual hablar del diablo se nos hace un poco exotérico. Casi todo el conocimiento que tenemos en este campo es a través de películas como el exorcista, en dónde es difícil conectar con nuestra vida del día a día.

Cuando yo llegué a Taiwán y poco a poco comencé a tener mis primeras actividades pastorales, me iba encontrando con personas que contaban experiencias para mi mentalidad occidental extrañas. Visiones de espíritus, sueños reiterados con difuntos, ruidos y voces inexplicables… que me hacían recomendar a las personas que me lo contaban una visita al psicólogo. Algo que muchos ya habían hecho con poco efecto.

Intentando evitar dejar a estas personas con una sensación de que visitar al cura era inútil, empecé a sugerirles que podíamos rezar juntos, pidiendo a Dios que mostrara su misericordia. En algunos casos la oración producía en estas personas reacciones que yo nunca me hubiera imaginado: frío, calor, tos y eructos compulsivos, dolores, vómitos, desmayos… El caso que más me sorprendió fue el de una niña de un año que yo había bautizado y cuya familia asistía a la misa dominical regularmente.

Su madre me comentó que en la última semana durante la noche estaba muy rara y parecía que tuviera pesadillas. Después de jugar con ella como muchos domingos y sentarla relajada sobre las piernas empezamos a rezar con la señal de la cruz. Al momento la niña empezó a llorar, aumentando el volumen y a la vez arqueándose sobre mis piernas. Nosotros, la madre y algún familiar que se unieron a la oración, seguimos rezando por unos minutos en los que poco a poco la niña fue relajándose y dejando de llorar. Acabamos con un Padrenuestro, Ave María y Gloria; y la niña volvió a estar tan tranquila y con ganas de reír y jugar. Al decir de su madre también recuperó la normalidad del sueño. ¿Quiero decir que estas personas están influenciadas por el diablo? No seré yo el que porfíe sobre la respuesta.

Lo que sí puedo decir es que estas personas necesitan un cuidado pastoral y que en la actualidad no es fácil encontrarlo. Algunos católicos con estos problemas se sienten avergonzados de acudir al sacerdote y prefieren ir a un templo, donde muchas veces no sólo no solucionan nada si no que empeoran su situación.

Involucrarse en este tipo de pastoral por otra parte requiere mucha paciencia y hacer frente a muchas incomprensiones y sensaciones de fracaso. Pero si "el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (I Pedro, 5) seguro que no mira con buenos ojos a los que aceptan este desafío.

PREDICAR CON UN CORAZÓN QUE AGRADA A DIOS, Fr. John Bosco OP

El VIII Centenario de la muerte de Nuestro Padre Santo Domingo marca también la exitosa y larga historia de predicación que sigue iluminando los corazones de cada generación.  Mientras exista la necesidad de enriquecer la fe y saciar el hambre espiritual de cada generación, la predicación seguirá siendo nuestro carisma principal.

Ahora, estamos llamados a predicar a la generación en la que, con la expansión de la ciencia, la tecnología e internet, la sociedad se encuentra cada vez menos religiosa y cada vez más secularizada. Aunque la mayoría continúa identificándose como cristianos, es obvio que la fe se ha convertido en una cuestión de mantener la tradición y la cultura, en lugar de ser una profesión libre y personal. Para muchos, la iglesia y la parroquia ya no son lugares para crecer y nutrir su fe, sino un lugar para ceremonias familiares y para cumplir con los requisitos sociales.

En otras palabras, desde el inicio de la digitalización hasta la expansión masiva de internet, la sociedad ha cambiado mucho. Cuando hablamos de nuestro carisma de predicar, tenemos que reconocer que se ha vuelto cada vez más difícil y aún más importante predicar la Palabra de Dios en nuestra sociedad de lo que ha sido en los siglos, particularmente en la sociedad occidental. Es decir, predicar eficazmente a nuestra generación, especialmente a aquellos (millennials y post-millennials) que se han distanciado de las prácticas cristianas y las celebraciones litúrgicas, es más desafiante. 

Sin embargo, como dominicos que somos, creemos firmemente que nuestro Padre Santo Domingo nos inspira siempre a predicar con gran éxito a cada generación tal como inspiró por primera vez a sus contemporáneos hace 800 años. Él quería que sus hermanos predicaran el Evangelio “con la palabra y el ejemplo” y fueran instrumentos de la Gracia en todos los ámbitos de la vida y grado de inteligencia. Fue un gran predicador, no por su habilidad en el arte de la elocuencia, sino por ser “Predicador de la Gracia”, por ser un predicador que supo llevar los frutos del Evangelio a su generación. Siempre consideraba su propia vida como el terreno en donde la predicación poderosa crecía. Domingo respondió a la necesidad urgente de su generación, no solo a través de su predicación de la palabra de Dios, sino también a través de su testimonio de vivir la pobreza, la sencillez y el amor fraterno, como vivían los primeros cristianos. 

Esta es la calidad de la predicación que exige nuestra generación, una predicación desde el púlpito de la vida, una predicación desde la experiencia personal, que realmente conmueve el corazón y despierte la fe, la esperanza y el amor que se han infundido en el bautismo. Porque, estamos predicando a la generación que ha sido profundamente influenciada por la ciencia y la tecnología, y, por lo tanto, es la generación que se convence y conmueve más fácilmente por el testimonio de vida que por las exhortaciones o las doctrinas.

Por eso, para nosotros los dominicos, ser un buen predicador de hoy, es primero ser contemplativos, y ser contemplativos es dejar que la Palabra de Dios y la oración arraiguen profundamente en la buena tierra de nuestra vida para que se convierta en un árbol grande de la predicación, para que los pájaros de nuestra generación disfruten de sus frutos y de su sombra. ¿Quién no se conmovería por la predicación que proviene de un corazón que agrada a Dios?

martes, 22 de febrero de 2022

PREDICAR CON LA PRESENCIA, Fr. Javier González OP

Tenía razón el nuevo Maestro de la Orden de Predicadores, Fr Gerard Timoner, cuando en su primera alocución a los frailes dominicos después de su elección en agosto de 2019 decía: “Nosotros, los dominicos, predicamos incluso cuando no estamos predicando”.  No era un juego de palabras. Quienes allí estábamos lo entendimos perfectamente. Pero alguna cara de pasmo debió notar en la audiencia, porque tras una breve pausa elaboró un poco sus palabras: “Para nosotros, miembros de la Orden de Predicadores, predicar no es una función; es nuestra identidad. Predicación no es primariamente lo que hacemos o decimos, sino lo que somos: Predicadores. Por eso predicamos en todo momento, con nuestro propio ser.”

Predicar… con el ser. Simplemente siendo o, en línea con nuestra condición de criaturas, existiendo. Y uno es o existe 24 horas. Entonces el dominico, al margen de dónde esté y de lo que haga, ES predicador y, por tanto, predica ininterrumpidamente. ¿Incluso mientras duerme? Incluso, porque el sueño no suprime el ser. ¿También cuando está presente en lugares donde por razones de lengua o de cultura no entiende nada ni puede mediar palabra? También. Esto lo sabemos bien por experiencia quienes nos movemos en países exóticos. Y fue precisamente esa experiencia la que me hizo entender con claridad aquellas palabras del Maestro de la Orden.

Recuerdo las numerosas ocasiones en que por razón de oficio me ha tocado estar en países como Japón, Corea, Taiwán, Myanmar… o simplemente residir en Hong Kong y Macao. Muchas veces tuve que asistir a funciones programadas enteramente en lengua nativa, donde mis limitaciones no me permitieron entender ni decir absolutamente nada. A veces, todo el día; otras, unas horas. Pero la experiencia es la misma.

Es la vivencia de una impotencia humanamente frustrante, casi surrealista, como cuando alguien sentado a tu lado tiene que tocarte con el codo y decirte: “Levántate, que están hablando de ti” o “sube al escenario que te están llamando.” Y uno, sin esperar a pensarlo, se levanta y va, impulsado por el resorte de la fe, apoyado a su vez en la confianza en los propios hermanos que han sido la razón por la que uno está allí. Entonces uno piensa: No entiendo nada, pero tengo que estar aquí. Y después en casa ratificar el eco: “No entendí nada, pero tenía que estar allí.” Son instancias de predicación con el ser; concretamente, con la mera presencia física.

Algunos frutos de esa predicación están a la vista: En los últimos 15 años se han incorporado a la Provincia de Nuestra Señora del Rosario unos 140 jóvenes; recontados hoy, son 120. Son asiáticos en su mayoría, de nuestras misiones de China, Japón, Corea, Myanmar y Timor. Culturas tan misteriosas como pletóricas de vida y de gracia. Muchas son las personas detrás de esos frutos. A mí, por casual providencia, me tocó representar a la Provincia durante ocho años. Y de ellos conservo esa experiencia imborrable de haber estado en lugares y eventos donde, sin entender nada, simplemente tenía que estar.

Para mí, una prueba de que el Espíritu habla también a través de nuestros silencios. Y en ocasiones, por condescendencia amorosa, requiere nuestra presencia, dándonos así de paso la oportunidad o gracia de predicar con nuestro ser, con nuestra mera presencia física.

SENDA DE LOS FRAILES, Fr. Antonio de la Huerta B. OP

Va, y me pregunta el editor de la revista: “Amigo, para ti ¿qué es predicar?” Mi primera reacción no es la puedo poner por escrito. Tras unos minutos de silencio y reflexión le contesté: “Predicar es ir cumpliendo mi compromiso bautismal con una misión concreta, ser testigo de la muerte y resurrección de Cristo Jesús.” Y esto no con la verborrea de los sermones u homilías, sino siendo “Evangelio”, “Testimonio”, con mi coherencia de vida.

Porque, mi querido Pedrito, cuando predicamos, ¿qué mensaje transmitimos, qué experiencia comunicamos? ¿Hablamos de experiencia o simplemente transmitimos ideas, teorías, teologías de moda? ¿Estamos al servicio de la Palabra, o nos servimos de la Palabra de Dios, para impactar y recibir parabienes y aplausos que alimenten nuestro ego?

No olvides Pedrito que, a veces nos encontramos con miembros de la feligresía que con su vida y presencia nos predican a los pastores. Muestra de esto es lo que te cuento seguidamente.

Sucedió en Venezuela, en una población de campesinos llamada Camirí, distante 45 kilómetros de la ciudad de Barinas donde estaba la sede parroquial. Antes de la misa escuchaba confesiones. Un domingo se acercó a confesar un señor mayor que comenzó presentándose: “Soy fulano de tal, estoy casado, tengo esposa y cuatro hijos, vivo con mi mujer en una parcela de seis hectáreas, tengo tres vacas, unos gorrinos, gallinas y un pequeño huerto. Como no tenemos recursos propios, yo trabajo para otros vecinos, limpiando prados, arreglando cercas etc.

En esta situación económica y sabiendo que no podía mantener mucha descendencia, evitaba todo contacto marital con mi mujer, pero a pesar de eso, tres de los cuatro hijos no son míos; sin embargo, los he aceptado y educado como hijos. Es más, un día regresé a casa porque se me había olvidado una herramienta y sorprendí a mi mujer con un hombre en mi propia cama. Llevaba el machete en la mano, pude haberlos matado, esa fue mi primera reacción. Padre, no lo hice porque quiero ser cristiano. A pesar de todo esto nunca he maltratado a mi esposa, la he perdonado.” ¡Qué bien me predicó este campesino! Eso es ser cristiano y lo demás es cuento. Transcurridos 31 años todavía sigo impactado por este testimonio.

El segundo testimonio sucedió el día 9 de octubre pasado. Todo surgió durante el montaje y desmontaje de la exposición “En la mesa con Santo Domingo”. Hablábamos de Noblejas, de Ocaña, de un paraje llamado “Torrique” que es una finca de labranza a orillas del río Tajo, dentro del municipio de Noblejas, y que en la década de 1830 al 1840 pertenecía a los dominicos de Ocaña.

Que hay un camino conocido por ocañenses y noblejanos con el nombre de “Senda de los Frailes…” Así las cosas, decidimos programar la primera “Predicaminata con santo Domingo a Torrique”. ¿Qué pretendíamos con esto? Pues convocar a ocañenses y noblejanos el día 9 de octubre en la entrada del convento, recorrer la senda de los frailes, llegar a Torrique, celebrar una eucaristía en acción de gracias y pasar el resto del día compartiendo viandas y mantel en total hermanamiento en la mesa de Santo Domingo. A juzgar por las fotografías y por los comentarios de los participantes, misión cumplida y con nota alta.

Así pues, ¡oh, Pedrito! otra manera de predicar es posible.

 

LA COMUNIDAD PREDICADORA, Monjas Dominicas del Monasterio Nuestra Señora de la Piedad, Palencia, España

Comunidades predicadoras. Esto es lo que somos. Para esto hemos nacido. En este espacio privilegiado la Palabra es acogida, meditada, contemplada, vivida para ser luego proclamada con gracia y fuerza. Aquí se gesta la predicación. Lo que compartimos en los púlpitos y en otros espacios y modos, lleva el sello de nuestros hermanos porque sus palabras, su ejemplo y el compartir de nuestra vida ilumina y enriquece nuestra escucha de la Palabra.

El estudio en común abre nuestros horizontes. La experiencia de Dios que compartimos nos acerca más a Su verdad y a la realidad de los hombres. Por tanto, aunque cada hermano tenga ministerios o predicaciones aparentemente individuales, la verdad es que donde uno de nosotros predica está toda la comunidad presente, todos somos parte.

La oración de la comunidad, sus vigilias, la penitencia y la vida entregada de cada miembro sustenta y da fecundidad a toda Palabra anunciada. Además, la oración, tanto personal como comunitaria, es predicación en sí misma. En la liturgia nos unimos a Cristo glorioso, hacemos visible su plegaria y le dejamos que utilice nuestras voces para alabar y bendecir; suplicar y dar gracias. Esta oración, que es intercesión continua por toda la humanidad, es anuncio de la Buena Noticia. 

Esta vida de intimidad y alabanza lleva a los que la “ven desde afuera” a repetir aquella petición que los discípulos hicieron al Maestro: “Señor, enséñanos a orar”. Con el cuidado de la celebración litúrgica (ornamentación, iluminación, música…) manifestamos la belleza y el gozo de celebrar la salvación de Cristo y su indecible amor por nosotros. Desde aquí podemos entender el fervor y la devoción con que Nuestro Padre celebraba todo el oficio divino. 

Por otra parte, volviendo a los orígenes, como fue el deseo de Santo Domingo, los dominicos reproducimos la primera comunidad cristiana que es signo de la nueva humanidad regida por el amor. Viviendo en comunidad, y poniendo todo en común (lo que somos, lo que tenemos) predicamos al mundo que todos somos necesarios y a su vez, que todos nos necesitamos; y, sobre todo, predicamos el amor de Dios.

Amor que nos hace hermanos en Cristo; que convierte diferencias, egoísmos, enemistad, envidia, rencor y división en aceptación mutua, amistad y perdón. Así, poniendo cada día nuestro granito de arena con amor y fidelidad en la vivencia de la comunión, proclamamos que todos formamos parte de construcción y la realización del plan de Dios, su gran proyecto de Amor: que seamos uno con ÉL y en Él.

La comunidad predica también a través del trabajo. Éste promueve el bien común y la fraternidad; en él colaboramos con Dios en la obra de la creación, poniendo al servicio de los demás las capacidades que nos ha regalado. Con él nos unimos a todos los hombres, en especial a los pobres, con quienes compartimos buena parte de sus frutos.

Finalmente, la comunidad predica con su vida misma, desde su propio ser. Viviendo con gozo nuestra vocación, el Evangelio, damos testimonio del amor y la vida de Dios, de que es posible renunciar a las cosas del mundo y llevar una vida entregada con la mirada fija en el Reino que Cristo nos tiene preparado. De esta manera, dominicos y dominicas unidos en la misión, nos vamos santificando, encarnando la voluntad del Señor con tesón y alegría, día a día, apoyados unos en otros.

¡CÓMO QUISIERA CREER!, Fr. Felicísimo Martínez

 

Se celebraba un funeral en la Parroquia del Rosario de los Dominicos en Conde de Peñalver 40, Madrid. La asamblea estaba compuesta básicamente por los familiares del difunto y, en su mayoría, por el personal de la compañía aérea en la que trabajaba el joven fallecido. Entre los asistentes había ejecutivos de alto rango en la Compañía.

Reinaba en el templo ese silencio solemne y denso que la muerte impone cuando pasa a nuestro lado. La muerte tiene, al menos, esa capacidad de devolvernos cierta lucidez para pensar la vida. Nos pone delante las preguntas más definitivas sobre la vida. Nos obliga a preguntarnos en qué consisten el éxito y el fracaso en la vida. Estas preguntas se hacen más dramáticas cuando se trata de una muerte prematura, pues las muertes prematuras siempre son consideradas como dramáticos fracasos. El joven ejecutivo apenas contaba 35 años.

El dominico que presidió la eucaristía preparó con especial esmero su homilía. Por experiencia sabía que, durante los funerales, por lo general, hay en la asamblea una actitud muy receptiva a cualquier palabra que pueda aliviar el dolor del luto o abrir alguna ventana de sentido al enorme misterio de la muerte… y de la vida. No se da la misma receptividad en otras celebraciones de carácter festivo. El predicador hizo una meditación muy sencilla, pero muy honda y muy sentida, sobre el verdadero sentido evangélico del éxito y del fracaso en la vida. El silencio y la atención de la asamblea dejaba claro el acierto de aquella meditación. Daba en el blanco de las grandes preguntas que suscitaba la ocasión.

Terminada la celebración, uno de los asistentes se acercó a la sacristía y se dirigió al dominico en estos términos:

- Padre, quiero agradecerle de corazón las palabras que pronunció en su sermón.

Y añadió de inmediato:

- ¡Cómo me gustaría a mi creer lo que usted ha dicho!

Como normalmente lo que nos llega en la mayoría de los discursos o sermones suele ser una sola frase o una sola idea, el dominico le preguntó:

- ¿Y qué es lo que yo he dicho y que usted tanto quisiera creer?

El ejecutivo se extendió en la respuesta: “Mire, Padre, yo soy agnóstico; no soy creyente ni practicante. Pero Ud. dijo en su sermón lo siguiente: “Para nosotros, los cristianos, la fe en la resurrección significa que Dios no puede permitir que la vida de un ser humano termine en fracaso”. Eso es lo que yo quisiera creer. He tenido toda clase de éxitos en la vida: a nivel profesional, a nivel económico, a nivel social, incluso a nivel familiar… Pero siento que mi vida está vacía de sentido en medio de todos esos éxitos”.

Esta reacción del ejecutivo confirma el diagnóstico de un artículo reciente sobre el aumento de los suicidios. El autor del artículo afirma: “hace medio siglo casi todos los suicidios tenían como causa última un fracaso concreto a nivel económico, a nivel empresarial, a nivel afectivo, a nivel familiar… Hoy, la mayor parte de los suicidios tienen lugar a causa de la falta de sentido. Es un vacío de sentido que no, incluso cuando tienen lugar numerosos éxitos parciales”

La conversación sobre el éxito y el fracaso en la vida se prolongó durante varios minutos entre el dominico y el ejecutivo. No sabemos cuál fue el discurso de ambos. Solo sabemos cuáles fueron las últimas palabras que el dominico dirigió al ejecutivo.

Sonaron así: “Siga usted leyendo libros de autoayuda. Pero no se olvide de leer de vez en cuando alguna página del Evangelio de Jesucristo. Es una abundante fuente de sentido”. Este consejo define bien el propósito de toda predicación, la razón de ser de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo.

 “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”.

viernes, 18 de febrero de 2022

PREDICAR EN UN MUNDO ANCHO Y AJENO, Mario Gómez

Sin duda siento que es un atrevimiento por mi parte hablar sobre predicación sin tener habilitación alguna para ello o encontrarme en posición de predicar hoy un mensaje cristiano, tal como se entendió antes la predicación. Por eso lo lógico es situarse en la posición de participación del mensaje proclamado en el Evangelio, procurando escuchar y comprender la verdad del otro que cuestiona la propia vida y el quehacer diario en el que con frecuencia nos situamos cómodamente. Y aunque no es el tiempo de los cátaros que le tocó vivir a Santo Domingo, sí es un mundo “ancho y ajeno” donde pervive la doble moral y el olvido de los sin voz.    

En los años de trabajo por esos “humedales del mundo” donde anduve, se termina por comprender que el acercamiento entre los humanos se da en primer lugar a través de la escucha, y especialmente de aquellos que llevan la señal del sufrimiento bien marcada en el cuerpo y en la mente. Y se entiende pronto que esos seres de desgracia transmiten algo más que lo que aparentan o lo que dicen los expedientes y atribuciones que están dominadas hoy por los triunfalismos sociales.

Y ciertamente que son con frecuencia “gentem non sancta” pero, aun así, con esa marginación a la que socialmente son sometidos, nos obligan a pensar o revisar la vida con nuevos criterios de interpretación, que no son otros que aquellos ya proclamados en el Evangelio. Personas a las que escuchando nos transmiten un deseo claro de conversión o de búsqueda de la verdad, aunque a veces con muchas vendas puestas en los ojos.

Pero en el mundo que nos toca vivir, el centro de la vida no se sitúa en la familia, la comunidad, el clan o el grupo o la Iglesia, sino que es el yo quien se corona en pauta y norma de conducta. La centralidad que en tiempos fue exclusiva de Dios se ha sustituido por el yo. Y esto tiene sus consecuencias morales, sociales y hasta políticas. Y ¿cómo no ha de tenerlas también religiosas? Y cuesta entender que es el otro quien te nombra y te permite ser alguien.

No podemos pretender que las palabras que nacen de la verdad cristiana halaguen los oídos de nadie, sino más bien que cuestionen radicalmente nuestro modo de vida. Al cabo es ir contracorriente de aquello establecido como correcto en estos tiempos. Pero toda verdad es así, que no sólo ilumina el camino de la vida, sino que también duele o hace tambalear los adentros, pero libera.

Es difícil saber si los actuales medios de comunicación tan veloces ayudan a la comunicación de la palabra humana, a la Palabra de Jesús, o más bien quedan banalizadas o reducidas a la propaganda dominante. Ya que es que la toda reflexión y conversión exige su tiempo de escucha y sosiego, además de buen ánimo. Y ello es lo que permite el captar y conocer el mensaje recibido. Por tanto, la Palabra no parece ajena al amor. 

En suma, creo que hoy como ayer, la predicación es una comunicación de esa verdad del Evangelio que supone un amor al otro, y una comunión con todos los que no tienen voz o se la negaron siempre. ¿No es acaso Palabra de Salvación?