martes, 19 de enero de 2021

VENEZUELA: UN TERRITORIO DOMINADO POR EL MIEDO, Fr. Ángel Villasmil OP, Venezuela

Nunca pensé que el telón de fondo de esta reflexión sería la muerte de nuestro hermano Edixandro Morán, fraile dominico que murió el pasado 22 de septiembre.  La experiencia de la muerte de este hermano, que tenía sólo 36 años, posiblemente haya avivado en todos nosotros el miedo no sólo a morir, sino a morir en la soledad y el aislamiento.  Pero estoy seguro de que la muerte de nuestro hermano dejó en nosotros un miedo adicional, un miedo que podríamos llamar institucional.  Sí, porque los frailes en Venezuela somos pocos en relación con el número de las obras de predicación en las que estamos.  Que muera uno de los hermanos más jóvenes y con un potencial tan grande en muchos aspectos, seguramente nos forzará a discernir y tomar decisiones que quizá hemos venido postergando.  Queda la pregunta si tendremos la audacia, valentía y confianza, en nosotros mismos y en el Señor, para tomar decisiones que posiblemente sean dolorosas, pero necesarias si queremos reinventar nuestra presencia en Venezuela.

Pero el miedo a la posibilidad de la muerte ante la realidad del Covid-19, lo vivimos como una experiencia adicional al miedo que produce la incertidumbre permanente en la que vivimos en Venezuela.  Desde hace más de veinte años los venezolanos nos encontramos sojuzgados por un régimen que da cada vez más muestras de ser totalitario.  El régimen chavista ha hundido al país en la más profunda miseria material, que a su vez dio origen a una crisis humanitaria de enormes proporciones.  La contradicción es escandalosa si tomamos en cuenta que Venezuela es uno de los países con más riquezas naturales. Pero los efectos devastadores del chavismo han sido tales, que uno de los territorios con mayores reservas de petróleo y de gas, en la actualidad carece totalmente de gasolina y de gas doméstico como consecuencia de la progresiva y sostenida destrucción de la empresa estatal petrolera.

La ruina material en la que se encuentra Venezuela hoy dio origen a una ruina espiritual que puede palparse en la desaparición de los valores más elementales.  Por mencionar un hecho reciente: en dos entidades del país (Carabobo y Trujillo) tuvo lugar el asesinato de dos niños de menos de tres años de nacidos.  Fueron asesinados por sus madres y sus padrastros. ¿La razón? Porque “lloraban” mucho y quisieron “calmar” el llanto a fuerza de golpes que terminaron por cegarles la vida.  El cadáver de uno de estos dos niños fue lanzado en una zona boscosa con la decidida intención de no dejar evidencia de lo que a todas luces fue un crimen atroz.

En un país postrado en la ruina material y en la ruina espiritual, ¿es posible la confianza?  Más que la confianza como actitud que nace del optimismo y la esperanza, en Venezuela lo que vivimos es una experiencia de miedo, resignación, rabia e impotencia, que en muchos se está convirtiendo en deseos de venganza contra aquellos a los que se identifica como causantes del presente estado de cosas. 

“¿Por qué los venezolanos no protestan?”  Es la pregunta que muchos se hacen desde fuera.  La respuesta es sencilla y a la vez compleja, pero que puede resumirse en dos razones: la primera, los efectos de más de veinte años sufriendo la más agresiva propaganda, trajo como consecuencia la resignación. Nos hemos acostumbrados al descaro y al cinismo con el que mienten los que ahora detentan el poder en el país.  La segunda, porque tenemos miedo de ser asesinados o de ser encarcelados en las mazmorras que el régimen chavista usa como escenario de torturas y de tratos crueles.  Esta realidad está completamente avalada por el informe que la ONU presentó sobre los Derechos Humanos en Venezuela y en los que se acusa la comisión de crímenes de lesa humanidad.

En Venezuela, pues, vivimos la experiencia del miedo.  Miedo al régimen chavista, miedo ante la ausencia de presente, miedo ante la imposibilidad de un futuro digno, miedo a no ver una salida satisfactoria a esta situación, miedo a que la justicia se convierta en venganza.  El miedo ha matado la confianza en la posibilidad del cambio.

Ante esta realidad, tengo el firme convencimiento de que la misión evangelizadora de la Iglesia está en sostener la esperanza del pueblo venezolano.  Quizá no podamos construir optimismos porque no hay evidencias que den lugar al optimismo.  Pero sí podemos avivar la esperanza, que es fruto de la promesa salvadora de Dios.  En una situación de destrucción como la que vive Venezuela, sí es posible avivar la esperanza que nace de la fe en un Dios capaz de crear de la nada y de vencer la muerte a través de la muerte y la resurrección de su Hijo.  La fe en Dios creador sostuvo la esperanza del pueblo de Israel en la experiencia devastadora del destierro. La fe en la resurrección de Jesucristo es la que ha impulsado a la Iglesia a esperar contra toda esperanza (Rom 4, 18).  Sólo la fe en la resurrección puede impulsar a la predicación de la esperanza en una situación en la que no existe posibilidad de optimismo.    

miércoles, 13 de enero de 2021

WE HAVE TO EAT “NEEM” LEAVES, WE HAVE TO EAT, Fr. Philip So OP, Birmania


Not long ago, Myanmar was set free from the fear of dictatorship which had politically and economically been ‘plaguing’ the country for decades. Under the rule of the juntas, the people of Myanmar were suffocated with starvation, war and cruel injustice which did not allow them to breathe. Recently, they were somehow politically and economically set free to breathe the air. With hope for bright future, the people have been joyfully marching toward a ‘better Myanmar’. Now, the joyful and hopeful march is halted. ‘The right to breathe the air’ is limited. Once again, the country is suffocated. This time, the victimizer is neither a military regime nor a monster. It is the invisible virus, CORONA.

At the beginning this pandemic, an unknown Burmese voicemail went viral on Myanmar Facebook world. “We have to eat neem leaves… we have to eat neem leaves for prevention…”. Some days after this viral voicemail, all the neem trees in most parts of the country were shaved bald. Indeed, people have been panic, and they would do whatever they can to fight against this unseen virus. Seeing the catastrophic pandemic situation of Spain and Italy on TV and media, they sighed deeply with a whisper, “If such calamitous disease plagues our country, not many of us will survive.” Praise and thanksgiving had to be rendered to ‘the Noah-like government’ which was wise enough ‘to build the ark’ even before a single COVID-19 case was affirmed. The lockdown was prematurely forced in order to prevent ‘the flood of CORONA’.

Apparently, for the majority, lockdown means starving to death. Everybody agrees that prevention is better than cure. But this painful prevention is going to take away their earnings, their jobs and their families. The old fear of desperate poverty and starvation has come back too soon. For some people, it is impossible to comply fully with all the lockdown directives. A mother street marketer irresistibly turned the stay-at-home rules down by exclaiming, “My family has nothing to eat if I don’t sell in the streets; So let the mortician come and carry my dead body…”. We may say that there is no greater fear except the fear of death. But death of a whole family is undeniably more devastating than death of a single person.

The sting of Death seems to be roaming around everywhere in the forms of human touch. Abruptly, the signs of love, such as hugging, kissing, touching and shaking hands turned out to be as dangerous and poisonous as the biting of a cobra. The ‘WELCOME’ signboards at the thresholds of the houses and villages were replaced with the ‘PROHIBITED TO ENTER’ signboards. Home visiting is a valuable culture of the Burmese people. Now, one is not welcome in another house. Pagodas and churches used to be crowded with worshippers and churchgoers. Now they are barricaded with the sign, ‘IT IS CLOSED’. The Buddhist monks have to suddenly stop the usual practice of their morning begging for alms and food. What an ‘head over heels’ of life we are experiencing!

In this calamitous situation, people are tempted to ask, “Where is God? Or is He abandoning us? Or is it the ‘end time’? Or are we so wicked that God is punishing us?” Such ‘theological questions’ make a vibrating echo among the people shaking their faith and exposing them to greater fear. The tribal animistic minded Catholics are doubting whether it is easier to please and beseech God or to please and plead the spirits (Nats in Burmese). At last, most of them have decided to offer pleasing sacrifices both to God and Nats. They have good reasons in doing that doubling sacrifice. I was surprised to hear from a devout Catholic saying, “Well! It is easier to please and plead the Nats than to please and beseech God.”

At first sight, you may tend to condemn his wavering faith. But one must know that the people of Myanmar have so many things to fear; and it is this evil fear that has been traumatizing them for centuries. God, gods, Nats, military soldiers, police, foreigners, authorities etc. are the subjects to fear. It is this ‘culture of fear’ that forces them to hide their faces from the world. And, indeed, it is this very culture that hinders them to have strong faith and confidence in any human and spiritual entities.

Even months after the outbreak of pandemic, Myanmar has been fortunately preserved from severe plaguing. Some say thanks to God, others to the Nats. Going against the laws, a catechist from a Catholic village exclaimed, “I have never closed the village chapel. I have never ceased to urge my faithful to go to church every Sunday. The pandemic invites us to pray more.”  He may be wrong. But he has a point. A pilgrim place (Our Lady of Mount Soduyar) of the Dominican parish in Loikaw has been more frequented than ever, as it is not safe and allowed to pray together in the churches. Praying and begging are the two main jobs of the Buddhist monks. Now, the function of begging is taken away by COVID-19, which, instead, creates more time and space for praying.

Until the middle of August, Myanmar had been celebrating ‘the Passover’ with thanksgiving and praises. They had good reason to celebrate. The first wave of COVID-19 19 passed over the country’s doorpost which had long been smeared by the blood of bloody wars, the sweat of miserable poverty and the tears of cruel injustice.

The heavy rain suddenly fell on the country in late August bringing along with it the second merciless wave of the disease. With this wave, Myanmar is no more the predilected as the Israelites in Egypt. As the rain wets the soil, the monsoon mushrooms keep sprouting up here and there. And as the COVID-19 flood comes, it affects the people picking them up one after another. These months, the doctors have been exclaiming online begging, “Help! Help!”; the priests saying masses on livestreaming preaching, “Repent! Pray!”; the country leaders keep announcing on TV, “Stay at Home!”. They all give the same message, “We are in danger!”.

The threatening expression, “We are in danger”, does not really sound strange to the ears of Myanmar people. They have been putting up with it for decades. What danger can be more dangerous than the deadly starvation, the impoverished poverty and the lifelong civil war? The truth is that living in Myanmar means ‘to hope against hope’, and ‘to believe in the impossible’.


jueves, 7 de enero de 2021

REAPRENDIENDO A VIVIR, Fr. Javier González OP, Macao

Cuando uno se adentra en la edad dorada de los 70 años le asalta a veces la tentación de creer que a esa edad se tiene algo que enseñar y muy poco que aprender. Y tiene que venir alguien a decirte que se está equivocado: que, incluso a esa edad, uno tiene poco que enseñar y sí mucho que aprender. Y, además, aprender no cualquier cosa, sino una muy importante: a vivir. ¿Aprender a vivir a estas alturas de la vida? Mejor será decir en tal caso “reaprender” a vivir porque lo vivido, vivido está. No obstante, la advertencia me parece válida y deberá ayudarme a permanecer matriculado los restantes años de vida.

Ahora bien, una lección tan importante como ésta no puede venir de un cualquiera, ni tampoco así por casualidad. ¿A ver si ese alguien (por cierto, apodado ‘Covid19’ y traído de la mano por el año 2020), ha venido ya titulado, en calidad de ángel apocalíptico o por lo menos en plan de aviso serio, y dispuesto a hacerse respetar? Por de pronto ya ha logrado taparnos la boca a todos con unas mascarillas… “para protegernos del virus,” decimos; pero quién sabe si previstas por el virus mismo para protegernos no de él sino de nosotros mismos, impidiéndonos soltar algún desvarío procedente del miedo o del orgullo herido, sin antes pensar un poco...

Y es que, si las palabras dichas desde el miedo tienen poca consistencia, mucha menos la tienen aquellas provenientes de la soberbia existencial que parasita en nuestra naturaleza humana. ¡Qué duro debe ser aceptar que, en definitiva, no somos todopoderosos ni el epicentro del universo! Por absurdo que parezca, resulta más fácil enrocarnos en una postura negacionista de la realidad que dar paso a la humildad, y con ella a la verdad, impidiendo así que ambas nos hagan libres.

De todo hemos visto en los últimos meses y seguiremos viendo mientras continuemos en las garras del Covid-19. De esta epidemia saldremos todos graduados (todos, menos el millón largo de muertos que se ya se ha llevado por delante). Eso sí, unos, graduados en humanidad, habiendo aprendido alguna lección de vida; otros, inmunizados en su inhumanidad o, cuanto menos, en su ceguera de no querer ver más que el lado inmanente de la realidad. Así somos.

Asistí hace unas semanas aquí en Macao a la ceremonia de graduación de algunos de nuestros estudiantes. Un ambiente grandioso: ¡en la Torre de Macao! Pero sobre el escenario un cuadro inaudito, que si nuestro pintor Velázquez hubiera contemplado le habría dado materia para sus pinceles: allí estaban autoridades civiles, religiosas y académicas, enfundados en sus togas e insignias, todos con la cara cubierta con una mascarilla.

Era protocolo de rigor impuesto por el Covid; con el único margen de libertad de escoger el color de la mascarilla. Los graduandos, lo mismo; todos cubiertos al recibir el diploma y hacerse la foto obligada. ¿Qué pensará la próxima generación cuando vea esas fotos? De entrada, se reirá un poco, hasta que alguien les explique piadoso que en el año 2020 un diminuto virus invadió el mundo e inoculó una dosis de miedo en nuestros rostros y, peor aún, en nuestros corazones...

Noviembre ha llegado, tras largos meses de hibernación. Y con él la esperanza, que nunca durmió. Yo añadiría también la gratitud, aunque suene irónico. Gratitud no por el detestable virus que tanta desolación y sufrimiento sigue causando. Pero sí gratitud por las lecciones que, como bondad colateral, nos ha dejado a su paso: Una, de humildad, al mostrarnos lo equivocados que estamos cuando, ocultando nuestra vulnerabilidad, presumimos de tener el control de nuestro destino.

Otra, de solidaridad, al habernos revelado un vasto mar de bondad en tanto buen samaritano trabajando en hospitales, residencias de ancianos y familias de todo el mundo. Y una tercera, de aprecio por la vida y por todo lo bueno que de ella recibimos. “¡Qué felices éramos y no lo sabíamos!” se ha oído decir. Sí, la pandemia nos ha recordado el valor de las personas que nos rodean, la sacralidad de la vida, y la necesidad de brindar al prójimo el respeto, la compasión y el amor que le pertenecen. Por eso, a regañadientes, tendremos que admitir que estamos en deuda con el Covid-19 por habernos dado unas lecciones de vida que desde hoy se hacen asignatura pendiente en nuestro currículo existencial.

Ojo, que el curso no es opcional, y somos propensos al olvido. El virus lo sabe; por eso seguramente no quiere irse: se mutará, si necesario fuera. Esto hace presagiar que, si cada generación tiene la epidemia que se merece, la función no ha hecho más que empezar. ¡El Covid-19 es sólo su obertura!

Menos mal que ni el virus, ni el miedo ni la muerte prevalecerán; y que la fe mantendrá siempre vivos nuestros mejores sueños. Porque por mucho que el Covid se empeñe, nuestra vida no va a dejar de ser una hermosa aventura que los humanos hemos de construir juntos. Lo expresó bien el Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti: “¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos. Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos” (n.8).

martes, 5 de enero de 2021

RELATO VOCACIONAL: EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES, DIOS, UNA, por Fr. Jose Gabriel Shunsuke OP

Mi nombre es José Gabriel Shunsuke. Soy japonés, (Matsuyama 1979). Budista en mis orígenes, a mis 41 años me encuentro en Macao como estudiante de filosofía y teología para ser muy pronto, Dios mediante, sacerdote dominico, predicador. Miro atrás y mi vida es  un sueño misericordioso de Dios. 

 

¿Por qué me hice católico?

 

El motivo fue personal: simplemente quería cambiar de vida. Mi familia no se opuso. Es más, encontré tanto en mi hermano, casado, como en mi padre, policía, inspiración para dicho cambio. El buen trabajo que mi padre hacía de ayudar a la gente me influyó mucho cuando más tarde decidí abrazar la vida religiosa: también yo quería hacer mucho bien a la gente; trabajar por ella y ayudar a todos.

 

Recuerdo que de niño leía biografías y literatura, inspirado por mi abuela, una apasionada de la historia. Estudié en la universidad de Tokushima Bunri y me especialicé en historia japonesa. Leía mucha literatura budista, al tiempo que participaba en voluntariados y hacía colectas para las víctimas de desastres naturales. Después de graduarme, trabajé ocho años como cartero en la oficina central de correos de Matsuyama. No lo debí hacer mal porque me nombraron manager de la oficina de correos del distrito.

 

Pero algo faltaba en mi vida. Como cartero ganaba mis dineros. Me compré coche, moto, etc. Todo era poco. Cada día quería comprar más y más cosas nuevas. Mis deseos mundanos llegaron a darme algo de miedo. Mi abuela murió; rompí con mi novia y me concentré en mi trabajo. No sabía lo que eran vacaciones. Toda mi energía estaba empleada allí.

 

¿Cómo me encontré con los dominicos?

 

Conocí su iglesia Matsuyama a través de mi trabajo. Era cartero y llevaba frecuentemente cartas a su dirección. Era una parroquia católica. Un día, no sé por qué, me decidí a subir la pequeña escalera de acceso a la iglesia y entré. Me gustó. Desde entonces, como si alguien me invitara a ello, comencé a participar con cierta frecuencia en sus celebraciones. Allí empecé a relacionarme con algunos cristianos, en particular con los de un grupo de teatro de marionetas, y con ellos entablé amistad y pude compartir su experiencia cristiana. Empecé a estudiar el catecismo con mucha alegría.

 

Los fines de semana hacíamos teatro de marionetas, visitando hospitales y casas de ancianos para entretenerlos. Era algo que me encantaba. La gente apreciaba mi carácter positivo y bondadoso. Yo sentía que los cristianos confiaban en mí y que apreciaban mi dedicación a la Iglesia. Y es que en mi tiempo libre ayudaba también como miembro del voluntariado de la diócesis a reconstruir los pueblos destruidos por los terremotos.

 

Durante la Misa de Pascua (2011), el P. Luis Gutiérrez, dominico me bautizó y confirmó en mi ciudad natal. Tenía yo entonces 32 años. Soy el único cristiano de mi familia. A partir de mi bautismo, asistía a misa todos los domingos, y cuando apenas llevaba un año de bautizado, los parroquianos me eligieron presidente de la comunidad, un servicio que desarrollé durante cuatro años. Después me hicieron miembro también de la Comisión de Ecumenismo de la diócesis e incluso me nombraron vicepresidente de los cristianos de toda la Provincia de Ehime.

 

¿Por qué dominico?

 

Aquel día (octubre de 2010) que entré en la iglesia del Sagrado Corazón repartiendo la correspondencia, recuerdo que, en un primer momento, algunas ideas de tinte monástico pasaron por mi cabeza; también, una reunión que tuve con estudiantes salesianos donde me hablaron de la misericordia de Dios, me impresionaron, pero no fui capaz de entenderlo. Eso sí, sembraron en mi ganas de saber más sobre Dios, sobre la verdad y la justicia. Y me enteré de que uno de los objetivos de la Orden de Predicadores era precisamente la búsqueda de la verdad a través del estudio. ¡Esto era exactamente lo que yo quería: conocer bien a Dios!

 

Así que opté por la Orden de Predicadores. Ahora entiendo quién me impulsó a subir las escaleras y entrar por primera vez en la iglesia dominicana de Matsuyama. Allí Dios me llamó y me asignó trabajo: el de visitar residencias de ancianos y entretenerlos con marionetas; recaudar fondos para aliviar el sufrimiento de las víctimas de terremotos… Me di cuenta de que estaba trabajando por la gente. Me sentí feliz. Y cuando hablaba de Dios con otros cristianos se me ensanchaba el corazón. Mi decisión de unirme a los dominicos se fue consolidando.

 

Un cristiano me regaló dos libros que dieron nuevo rumbo a mi vida: “La oración y la misión de Santo Domingo” y “La Espiritualidad de Santo Domingo”. Ellos me ayudaron a consolidar la idea que desde que recibí el bautismo acariciaba en mi interior: la de ser un día sacerdote para imitar la vida de Jesús, al estilo de Santo Domingo de Guzmán.

 

Así se lo dije al P. Luis Gutiérrez, OP, quien más tarde escribió a sus superiores para que pudiera entrar en la Orden dominicana. Me animaron también algunos católicos de la parroquia que enviaron encarecidas cartas de recomendación a los dominicos, alabando profusamente mis buenas cualidades.

 

Un día presenté mi solicitud al Vicario dominico de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario, residente en Matsuyama. Aprobado por el comité de admisión, a través de un examen previo, fui aceptado como aspirante. En octubre de 2016, fui enviado a Manila para perfeccionar mi inglés y a Hong Kong, el 15 de agosto de 2017, para comenzar mi noviciado. Terminado éste, en 2018, fui al estudiantado de Macao comenzando mis estudios de filosofía y teología. Y aquí me encuentro, a gusto en esta comunidad internacional, quemándome las cejas con metafísicas, latines y griegos.  Mi lógica nativa no es la greco-romana del currículo de la Universidad donde estudio, pero intuyo que esa es la lógica de Dios que me ha traído aquí. Y es la que de momento estoy aprendiendo. He comenzado ya la teología.

 

Dicen que el cartero siempre llama dos veces. Yo, en el desempeño de mi oficio, llamé muchas más a la iglesia-parroquia de los dominicos. Hasta que un día entré y ya nada fue igual. Esta vez fui yo el llamado. Dios en su misericordia lo hizo y me asignó muchas tareas, todas relacionadas con el amor.

 

Y ahora mi objetivo es cumplir Su mandato.

 

Tengo grandes deseos de aprender, de enseñar y de predicar. Y un sueño: el de promover vocaciones dominicanas en Japón.

viernes, 18 de diciembre de 2020

REALIDAD ONDULANTE Y MURO DE ALFOMBRA, Fr. Pedro Juan Alonso OP

Estamos viviendo una realidad ondulante con esta pandemia que se va y vuelve y AMANECER  no quiere estar ajena a ella, pues nos ha colocado delante del miedo y la esperanza. AMANECER se ha visto amenazada también y el número correspondiente “su tiempo fuerte” no ha podido ser publicado. El Covid 19 nos ha expuesto más visiblemente ante la realidad de la muerte, avivando el miedo y la confianza; nos ha recordado que somos miedosos, marcados y definidos por el miedo y, también que sigue habiendo una forma de vivir ese miedo con confianza. Las imágenes del miedo como muro que no nos deja ver el futuro, ni entrever cómo será el mañana es la contrapuesta a la de la confianza como alfombra que nos abre camino, a pesar de las dificultades. Si el miedo es algo propio de nuestro ser, la esperanza también está enraizada en nosotros y nos abre a ideales que hacen nuestra vida más bella y digna (FT 55)

El miedo es una defensa con la que convivimos y seguimos adelante. No puede inhibirnos ni paralizarnos, produciendo regresiones o repliegues que obstaculicen nuestra creatividad y nuestro crecimiento tanto a nivel individual como colectivo. Se instala en nuestra sociedad a través de guerras, conflictos nucleares, desastres naturales, ocultismos y magias; situaciones económicas graves; cuando viene un extranjero y se coloca como vecino; cuando tenemos delante a otro diverso en religión, por su piel, su rostro, su cultura, su lengua.

A nivel particular, el miedo a la muerte, las enfermedades, las relaciones íntimas con el otro (sexualidad), el cáncer, el sida; miedos que provienen de las malas lecturas en ambientes eclesiales respecto al Dios que castiga y  se venga; miedo a la falta de trabajo, la pobreza, la vejez, la soledad, el sufrimiento, el fracaso, el desamor… ahora se nos añade este miedo colectivo y particular imprevisible del Covid 19. Ha venido para quedarse como algo nuevo que no sabemos qué es, pero que vemos como un gran riesgo. Aunque tenemos esperanza, está minada porque no ha tenido tiempo de consolidarse y colmar realmente nuestra espera. Ya no tenemos miedo a los fantasmas y demonios, la religión ya no es el coco, nos angustian las realidades, las carencias, los límites humanos y si tenemos que afrontarlos solos, más. Nuestras vidas están invadidas de un gran miedo a la soledad, aunque somos seres relacionales y las comunicaciones han avanzado desmesuradamente.

El verdadero miedo de la Iglesia y de la vida consagrada debiera de ser por las tensiones y conflictos que implica ser fieles al evangelio. Pero no, tenemos  miedo a lo nuevo, a renovar, al diálogo porque lo vemos como una amenaza y no como un don; a las catástrofes que anuncian los profetas agoreros y al pesimismo que destilan algunos de sus miembros; a usar la parresía evangélica y diferir, sin quedar descartados y reducidos; a la creatividad teológica, las reformas litúrgicas, los lenguajes atrasados que no comunican ni ayudan a celebrar nada; a las comunicaciones entre los miembros y los responsables pastorales, las comunicaciones tendenciosas sacadas de contexto, las comunicaciones al servicio de la autoridad usadas para apoyar a un grupo o espiritualidad; a defender los derechos humanos, que en el fondo es miedo a hacer lo que hacía Jesús: acoger a los pecadores con  misericordia y compasión, reconciliar y no juzgar ni condenar, miedo que a los discípulos les tira por tierra, hasta que el contacto con Jesús les levanta e incorpora a la vida. Pero no se es más fiel al evangelio ni se le garantiza mejor conservando el pasado sin más, sin plantearnos nada y siguiendo en la comodidad y la rutina. El miedo nos lleva a armonizaciones y vidas cómodas e insensibles.

¿Se puede superar el miedo? Un par de apuntes del A y NT. Ex 14 es un paradigma de superación del miedo. Israel perseguido por el ejército del faraón nada más salir liberado, se encuentra atrapado entre el mar y el enemigo. Sólo le queda la muerte o la vuelta a la esclavitud, siente su debilidad total porque a su lado todos son enemigos: el desierto, los egipcios, el mar, .... En esas circunstancias, preso del miedo y el pánico murmura contra Moisés y Yahvé, hasta que éste interviene, destruyendo el ejército enemigo y salvándole nuevamente en el mar, llevándole a una relación de fe y temor en él.

Israel que tiene total confianza en la victoria no ha aprendido a fiarse de Dios, pues el miedo le pone en crisis y le lleva a la vieja mentalidad de esclavo, necesitando la ulterior liberación de Yahvé. Israel tiene que hacer la experiencia de saber quién es realmente el que vence.

El miedo no le sirve al pueblo para su supervivencia, sino que le provoca la manifestación exagerada de lo irracional, cuando Yahvé le acababa de sacar de Egipto, de la esclavitud. Para sobrevivir, Israel necesita superar el miedo, que es expresión de que quiere vivir, pero su fragilidad es grande. Siente su vida amenazada por la muerte constante. Para superarlo debe abrirse a la vida, que es más fuerte que la muerte y Yahvé se la ofrece si se fía de él. Fiándose de él, el miedo no le disgregará, ni será para él un destructor, sino que Dios interviene y  le hace capaz de reconocerle y alabarle.

Con miedo no dice más que insensateces: que Yahvé es malo, que les ha hecho salir para esto. Israel pierde la conciencia de sí mismo y de su relación con Dios. Sus palabras negativas son la pérdida del contacto con Dios y con la realidad verdadera y es curioso, pero sólo siente el contacto del enemigo, de Egipto, que le ha tenido esclavo, teniendo nostalgia de él de manera obsesiva, repite que prefiere la esclavitud a entrar en la novedad que Yahvé le ofrece, quiere volver a servir al faraón. Es el efecto típico del miedo, que hace centrarse a quien lo tiene o padece en el objeto que lo produce, absolutizándole. Dios ahora, inmerso en el miedo es algo negativo, sin fuerza, sin potencia, injusto. La culpa la tiene también su enviado, Moisés, al que le pone de vuelta y media. Es el segundo efecto del miedo: acusar al otro, y no asumir responsabilidades.

Israel no se da cuenta de que a quien se quiere acercar, a Egipto, es quien les está provocando el miedo. Ha perdido el contacto con la realidad y por miedo a morir se echa en los brazos de la muerte, quiere hacer alianza con la muerte: ¿no te decíamos que nos dejaras tranquilos, sirviendo a los egipcios?, - dice.

Cuando se abre el mar y traga al faraón y su ejército, Israel tiene una nueva conciencia de Dios y una nueva actitud de fe. Israel ha pasado del miedo al temor porque ha reconocido a Dios como el Señor que da la vida y vence definitivamente la muerte. Israel recobra el habla, pero para alabar a Dios. Superando el miedo Dios nos restituye nuestra dimensión de creyentes, de hijos de Dios.

Si miramos al evangelio, entendemos que Jesús ha venido a quitarnos el miedo a la muerte y a todo tipo de esclavitudes que nos tienen presa la vida (Hb 2, 14). Él ya ha roto las cadenas de nuestras culpabilidades y sufrimientos, probándolas en su vida, identificándose con nosotros  para que no nos maten ni nos dejen sin libertad ni creatividad.

La pandemia nos pide como tarea, luchar contra el miedo y la angustia, abriendo a la esperanza a quienes viven en ellas; abrir horizontes a las vidas  que están sumidas en un cielo oscuro y cerrado; dar futuro a quien siente opresión por el pasado. Estas tareas no son ajenas a nadie, pues compartimos angustias y fatigas y, por supuesto, nunca debemos caer en la tentación de sacar partido del miedo para imponer ideas, usándolo como medio de obligar a los demás a convivir con él, malformando su conciencia.

El miedo tiene que ayudarnos a madurar la fe, como sucede en el relato de la tempestad calmada (Mt 14, 22s). Aprender a caminar sobre las aguas es la actitud del creyente hoy, a pesar de la falta de credibilidad de la iglesia. La sensación de parecer que estamos perdiendo la fe es señal de que se está purificando, que nos estamos acercando más a Jesús, como Pedro, que caminando hacia Jesús por las aguas está expresando su confianza en él y no en sus razones, dogmas, argumentos y definiciones.

Cuando Jesús le dice a Pedro como a nosotros ¿por qué has dudado?, no sabemos qué responder: si las hondas convicciones se han desvanecido y comienzan a tambalearse; si la superficialidad de la vida y el culto secreto a los ídolos nos ha despistado y metido en la crisis de la indiferencia; si es duro abandonarse al misterio y abandonar la razón poderosa que se quiere adueñar de nosotros; si compatibilizamos la novedad de Jesús con los antiguos ritos. Como le demuestra Jesús a Pedro en el relato de la pesca milagrosa (Lc 5) quitándole el miedo a ser discípulo pecador, le importa sobre todo que nos reconozcamos pecadores y formemos parte de su proyecto, de ser pescadores de hombres.

AMANECER quiere homenajear a todos los que ha superado el miedo a la muerte en todo el mundo y de una manera muy especial a nuestros hermanos de la provincia que pasean por la alfombra del cielo: Frays Eusebio Martínez, Antonio Gutiérrez, Ticiano Vara, José Montero, Roberto García y Edixandro Morán.

En este número de AMANECER, recorreremos cómo estamos viviendo la pandemia en los lugares donde está nuestra provincia dominicana del Rosario y, además del proyecto social con el que vamos a colaborar dedicado a un proyecto educativo de la misión de Timor, incorporamos como novedad un relato de vocación de un hermano de la Provincia: fr. José Gabriel Shunsuke, estudiante japonés de teología, en Macao.

viernes, 12 de julio de 2019


La Provincia de Nuestra Señora del Rosario es una familia internacional, con una diversidad multicultural grande y, por tanto, con unos desafíos enormes. Extendida desde Japón a Venezuela, cuenta con presencias en 13 países y sus actividades, ministerios, edades y responsabilidades se multiplican y diversifican, dentro de la mejor posible unidad.



La familia es la célula de la sociedad, básicamente fundamentada en una alianza de dos personas que buscando la comunión y con firme y profunda determinación deciden vivir el uno para el otro, removiendo todo sentimiento egocentrista, adoptando una postura de pertenencia, comunión, servicio, generosidad y dando preferencia al bien del otro como fuente de satisfacción, fruto del amor de benevolencia. Los esposos se embarcan en una aventura de respeto, donde la diversidad y la pluralidad no ha de ser elemento de desunión sino vínculo de unidad y deseo constante para descubrir más y más quien es el otro, su psicología, historia, cualidades, defectos y, sobre todo, su pertenencia e identificación con el bien común del hogar que han formado y quieren construir juntos para que los hijos crezcan en ese ambiente de calor humano.



La comunidad Provincial es también así. Misteriosa y providencialmente hemos sido llamados a formar parte de esta gran familia divina y dominicana cuyo carisma fundamental es la predicación, la misión hacia los que aún no han oído el mensaje del evangelio o que, por múltiples causas y razones se ven inmersos en la sociedad contemporánea sorda.



El progresivo discernimiento durante los años de formación va desvelando poco a poco los grandes desafíos de la internacionalidad y pluralidad de culturas de los que eventualmente quieren y piden la profesión, pasando a formar parte de la familia de Sto. Domingo en la Provincia del Rosario. Ni edad, ni cultura, ni nacionalidad, ni condiciones sociales o familiares han de ser ni pueden ser un obstáculo para el compromiso con la unidad y la pertenencia que todos queremos y deseamos conseguir.



De ahí la importancia de la disposición radical y fundamental de todos y cada uno de los que llaman a nuestra puerta de aceptar y entender básica y fundamentalmente el carácter de lo que implica tener un mismo corazón, unos mismos ideales siendo conscientes de la diversidad y pluralidad de culturas, lenguas, formación y lazos familiares. Queremos seguir siendo lo que somos, pero con una nueva dimensión fundamental: juntos optamos por vivir como hermanos con un mismo corazón, unos mismos ideales y un ministerio idéntico abrazando y planificando actividades comunes con generosidad y amplitud de espíritu.



No se trata de suprimir sino de integrar, no queremos descalificar sino aunar esfuerzos y enriquecernos con todo lo bueno que hay y descubrimos en la diversidad de culturas, lenguas y psicologías. Redescubrir el carácter internacional y misionero de los frailes de la Provincia continúa siendo un desafío histórico. No podemos definirnos simplemente por nuestra condición, historia, temperamento, talentos, desarrollos y convicciones.



Hemos de comprender que el ¨yo¨ es inseparable del ¨tú¨ aunque yo no sea como tú, compartimos un mismo carisma, aceptamos la tarea de construir comunidad más allá de las fronteras de nuestra comunidad, para hacer de todos los hermanos la gran familia de comunión y fraternidad: la Orden, la Provincia. Esto no es posible sin ti, aún cuando como dice el adagio ¨ojos que no ven corazón que no siente¨. No podemos decir que no somos familia, dominicos y miembros de la Provincia del Rosario porque yo no veo a quienes sufren y trabajan en Venezuela donde todo falta en este momento, no podemos permanecer indiferente antes las necesidades de las nuevas presencias que estamos estableciendo en Myanmar, China, Corea, Timor del Este porque no he estado allí o porque los hermanos vivimos a 20.000 km. de distancia.



El sentido de pertenencia, comunión e integración va más allá de los límites geográficos y radica en la unidad de la familia a la que pertenecemos, hoy tan diversa de la realidad histórica que yo conocí cuando ingresé en la Provincia sin saberlo. Ha sido necesario que en el transcurso de la vida y el devenir de la historia fuera enamorándome progresivamente de lo que significa ser discípulo de Jesús y parte de una gran familia como la nuestra. Pero eso no me exime de la obligación de seguir reflexionando y discerniendo hacia dónde caminamos y cómo hemos de proceder para que todos seamos felices y disfrutemos del gran don de la unidad en el vínculo de la caridad.



Para construir vínculos de fraternidad y unidad todos los que hemos profesado hemos de esforzarnos por mantener respecto, comunión, pluralidad y evitar todo sentimiento de ingratitud que crea heridas y distancia; desechar todo sentimiento de culpabilidad o de resentimiento ya que en el proceso formación y de vivir juntos no han faltado ni faltarán situaciones difíciles y hasta incomprensiones que no han sido causadas a propósito pero que se han dado; insistir constantemente en lo positivo más que lo negativo sobre todo cuando la irritabilidad se apoya en temperamentos, heridas históricas y diversidad de convicciones que afloran en tantos sentimientos con tendencia a separarse de los demás; estamos comprometidos a un diálogo constructivo, fraterno y decisivo que no está en oposición con la virtud de la obediencia, centro de nuestra fraternidad y de disponibilidad para ser enviados donde seamos necesarios y mientras podamos ayudar; aceptar la realidad de nuestras frustraciones y desilusiones, de nuestras sospechas y miedos a optar por un futuro sin fronteras donde lo desconocido puede frenar acciones que el Espíritu pone en nuestro camino por medio del profetismo comunitario.



Nunca podremos olvidar que nuestra comunión es inseparable del misterio de Cristo. Él es nuestro centro y no nos abandona y sabemos que está con nosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 20), pero esto no quiere decir que no tengamos un trabajo que hacer para sentirnos en casa, respectados, aceptados, reconocidos no como amigos, sino como hermanos. De ahí la necesidad de una gratitud infinita hacia el don de la vocación que da la gracia de la perseverancia y la generosidad que necesitamos para vivir profundamente convencidos el carisma recibido. 



Éste ha de germinar, desarrollarse y dar fruto junto con los hermanos en la comunidad, con el ejemplo de nuestra calidad de vida y la palabra que se nutre del calor de la gracia y del vínculo de la caridad porque hemos llegado por diferentes caminos para abrazarnos con generosidad con aquellos que también escucharon la voz de la llamada a tener y vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu, sabiendo perdonar y disculpar los defectos de los demás como un gran heroísmo y generosa abnegación.



En los últimos años la internacionalidad de la provincia y de las comunidades se ha intensificado y un tercio de la provincia ya no somos españoles, algo que habíamos olvidado desde los principios de los años 70 cuando las nuevas entidades de Filipinas, Vietnam y Taiwán fueron creadas. Esta realidad ha sorprendido, pero está dinamizando la vida de la Provincia y poco a poco vamos ganando en experiencia e integrándonos más. Esto no quiere decir que hayamos concluido la tarea, no, ésta ha de ser una constante durante los años en que esta realidad se mantenga.



Tenemos una gran confianza en lo que se ha iniciado y esperamos que la integración iniciada se robustezca e incremente los lazos de la fraternidad y de la unidad aun cuando haya y sabemos que continuará habiendo sus dificultades humanas, históricas y culturales, pero abrigamos la convicción de que todo es posible cuando hay una generosidad profunda y radical en los hermanos  y una voluntad firme con el ideal que hemos profesado de ser y vivir en comunidad, respeto y diversidad en una unidad pluralista y diversa capaz de responder más eficazmente a las exigencias de la misión común. 

¿Familia humana?, por Fr. Felicísimo Martínez Díez OP


La palabra “familia” debería ser palabra sagrada. La expresión “familia humana” también debería ser sagrada. Pertenecer a la familia humana debería ser garantía de seguridad. Decir familia quiere decir solidaridad, cuidado mutuo, convivencia fraterna y sororal, ambiente acogedor, hogar… ¿Es esto lo que experimentamos en nuestro mundo? ¿Podemos llamar familia a los millones de personas que habitamos este planeta? ¿En qué mundo vivimos?

Hablamos de familia humana, porque todos, hombres y mujeres de distintas razas y culturas, compartimos la misma condición humana. En terminología bíblica todos somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios, todos constituimos la gran familia humana. Pero nuestra condición humana está muy condicionada cultural, política, económica, religiosamente… Y condicionada está también la convivencia, que debe ser el ideal supremo de cualquier familia.  Pensando en una convivencia verdaderamente familiar, hemos de preguntarnos: ¿en qué mundo vivimos?

Vivimos en un mundo de paradojas y contrastes. Es un mundo que se balancea a toda velocidad entre dos extremos. Por una parte, el discurso sobre la igualdad de derechos de todos los seres humanos; por otra parte, unas desigualdades vergonzantes entre los pueblos y los grupos sociales. Por una parte, unas sociedades del bienestar y por otra unas sociedades del malestar. Por una parte, unas sociedades derrochando riquezas y por otra unas sociedades padeciendo todas las desgracias que lleva consigo la pobreza. Por una parte, un desarrollo acelerado de la ciencia y la técnica, por otra un debilitamiento progresivo de la ética.

Entre la paradoja y el contraste está el misterio de la familia humana. ¿En qué mundo vivimos? ¿Hasta qué punto podemos hablar de una verdadera familia humana? El balanceo entre los extremos, entre “por una parte” y “por otra parte”, está sometido a dos rasgos preocupantes del mundo actual: el desequilibrio y la aceleración. El desequilibrio en el balanceo no nos permite hacer pie, encontrar tierra firme para la vivencia y la convivencia. La aceleración no da tiempo para digerir psicológicamente tantas paradojas y contrastes. En la aceleración es casi imposible la vivencia y la convivencia.

Queremos seguir pensando el conjunto de la humanidad como única familia humana. Pero en nuestro mundo destacan más la fragmentación y la confrontación que la unidad y el encuentro. No hay una sola familia humana. Hay muchas familias, por llamarlas de alguna forma. Hay bloques políticos y económicos enfrentados. Hay grupos étnicos en permanente conflicto. Hay nacionalismos agresivamente cerrados sobre sí mismos. Hay mucha fragmentación y muy profunda para hablar alegremente de la familia humana. O, por lo menos, se trata de una familia muy fragmentada, lo cual dice poco a favor de la armonía familiar.

Es cierto que frente a la fragmentación crece cada día más la globalización. Si esta se encaminara en una dirección correcta, podría convertir la fragmentación en una familia múltiple, en la que la diversidad sería enriquecedora y provechosa para todos. Cuanta más variedad hay en una familia, tanto mejor. Cuanta más variedad étnica, cultural, religiosa en la familia humana, tanto mejor. Pero la globalización no parece caminar en esa dirección. Se ha impuesto la globalización económica y comercial sobre todas las demás globalizaciones. En vez de dar lugar a una mayor comunión entre los miembros de la familia humana, está contribuyendo a agrandar las desigualdades y los conflictos. Sigue el discurso retórico sobre la igualdad de oportunidades.

Pero la realidad es otra: cada vez se hace más escandalosa la desigualdad de oportunidades; cada vez es mayor la brecha entre las sociedades del bienestar y las sociedades del malestar. El drama de la emigración es el reflejo perfecto del fracaso de la globalización económica. Por una parte, ha seducido a las masas pobres con el sueño del paraíso que ofrecen las sociedades del bienestar. Por otra parte, a base de explotación de sus recursos, han sumido en la pobreza y en dramáticas condiciones de vida a los pueblos más empobrecidos. La globalización no ha conseguido anudar los lazos familiares de la humanidad. Ni se ha propuesto fomentar la igualdad de oportunidades. Hoy el poder está donde están el conocimiento, la ciencia, las nuevas tecnologías.

¿Qué ha sucedido para que un mundo con tantas oportunidades esté perdiendo el norte de esta manera? Probablemente la clave hay que buscarla en el divorcio entre la ética y la política, entre la ética y la economía, entre la ética y la técnica. En nombre de la ética los autores clásicos denunciaban la usura. En nombre de la ética hoy se llega, en el mejor de los casos, a perseguir la corrupción, que es una usura ya consumada. Probablemente el gran problema de la familia humana hoy es que no tenemos mística para tanta política, no tenemos justicia para tanta economía, no tenemos ética para tanta técnica y tanto progreso científico. El gran desafío para reconstruir el tejido familiar de la familia humana es la recuperación de la ética.

¿Desde qué observatorio hemos de contemplar la familia humana? Los profetas de Israel estaban completamente acertados cuando hicieron de los pobres el gran observatorio de la salud familiar del pueblo de Israel. Lo tenían muy claro: la mera existencia de los pobres era señal clara de que el pueblo de la alianza había fracasado. La lección sigue siendo actual: mientras existan pobres en esta tierra, la familia humana debe considerarse fracasada, al menos en parte. No podremos hablar de la familia humana sin sonrojo hasta que todos los seres humanos estén sentados a la mesa, compartiendo los bienes de la tierra en solidaridad, en armonía e igualdad.