DOMINICOS PREDICADORES EN LA TIERRA DORADA DE LOS MENDICANTES (BIRMANIA), Phillip Soreh OP



“Sus monjes se pasan el día trabajando; por eso son ricos. Los nuestros, en cambio, se pasan el día pidiendo; por eso son pobres”. Así me comentó una sencilla mujer budista que a menudo pasa por delante de nuestra casa para ir a su arrozal. Aunque no me parece una buena comparación la suya, sin embargo, no le falta algo de razón.


Nuestra casa dominicana en Loikaw, Myanmar, se yergue en una zona rural sin ningún otro edificio más alto a su alrededor. Es como un castillo en el desierto. Cerca de la casa hay un cementerio, y en ese cementerio hay un pequeño monasterio en ruinas en el que vive un monje budista. Cada día, a las seis en punto de la mañana, a la misma hora en que nuestros hermanos preparan el pan y el vino para la celebración de la Misa, el monje sale de su austera tienda, descalzo, con un recipiente en sus manos para mendigar su comida diaria. Siempre me recuerda nuestro origen 'mendicante'. Y a menudo me pregunto si yo tendría algo que comer si me dedicara a pedir como él.


Aunque seamos ‘Mendicantes’ eso no quiere decir que tengamos que contentarnos con depender exclusivamente de las limosnas dadas para nuestro sustento. Mendigar es común en Birmania, y la mayoría de las ciudades están plagadas de mendigos de toda clase. No obstante, creo que es preferible ganarnos el nombre de “monjes trabajadores” en lugar de “monjes mendicantes”.


Desde el comienzo de nuestra presencia dominicana en Birmania, hace unos pocos años, los hermanos de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario nos preguntamos: “¿Qué vamos a hacer en Myanmar?” La pregunta es simple, pero nadie hasta ahora ha encontrado una respuesta. La respuesta más fácil de dar, y también la más sencilla de cumplir, habría sido: “Pedir”. Pero gracias a Dios, a nadie se le ha ocurrido hasta ahora responder así. Creo que el hecho de no haber encontrado aún una respuesta a esa enigmática pregunta es un buen signo para la misión.


Desde que nuestra provincia dominicana estableció su presencia en esta Tierra Dorada (eso significa Birmania o su forma literaria: “Myanmar”), otra pregunta que aflora en los labios de muchos de sus miembros es: “¿Qué están haciendo nuestros hermanos en Myanmar?” A esta pregunta, yo respondería como Jesús: “Venid y veréis”. Pero antes de invitaros a venir y ver, quiero dar unas pinceladas sobre la misión.


Los hermanos dominicos que han pisado este país de misión han experimentado emociones muy variadas: Algunos se han sentido como “Alicia en el país de las Maravillas”; otros, como “Robin Hood en el país de las Aventuras”; e incluso otros se han identificado con “San Pablo en un país pagano”. Debo decir que todos tienen razón. De hecho, esta tierra de misión es realmente maravillosa, aunque uno a veces necesita el espíritu aventurero de Robin Hood y la voluntad de arriesgar la vida como San Pablo en su afán misionero.


Sus gentes son amables, pero sus culturas son con frecuencia hostiles a la predicación del Evangelio. La religión es un tema casi tabú para la gente. Puedes disfrutar de su amistad con tal de que no menciones el tema de la religión.


Nuestra casa dominicana en Loikaw está rodeada de varios poblados católicos, budistas y animistas, moradores en su mayoría pobres y sencillos. (La gente normalmente está unida por prácticas religiosas). A juzgar por las costumbres, los católicos a menudo se vanaglorian de que sus monjes no piden sino que rezan por la gente. Los budistas, algo resentidos, responden que ellos tienen monjes que mendigan y rezan por la gente. El chamán animista es siempre un sabio que se coloca en el medio para juzgar quién de los dos tiene razón. Emitido un juicio, la mayoría de los animistas se inclinan por el budismo, y sólo un puñado de ellos se convertiría al catolicismo. A menudo me pregunto si a los ojos de la gente hay algo que no es correcto o que no es del agrado de los espíritus de esta tierra. ¿Qué puede ser?


Tenemos una casa en Zaw Gyi, Mandalay, en el centro de Birmania, donde hemos abierto un centro social que ofrece escolaridad gratuita a niños pobres de los pueblos de alrededor. La mayoría de los estudiantes son budistas que quieren y respetan a nuestros hermanos dominicos a quienes consideran “poco menos que dioses”. No exagero si digo que a veces vienen y se arrodillan ante un hermano para adorarlo. ¡Qué bonita experiencia la de ser un pequeño dios en este País de las Maravillas! Sin embargo, dios no es lo que un hermano debe ser; sí, en cambio, emisarios de Dios. Si podemos lograr ser “un dios”, probablemente no es tan difícil ser un “profeta de Dios” para ellos.


Jóvenes de la parroquia
Rangún, la antigua capital de Birmania, es un lugar más abierto al mundo, pero a menudo está cerrado a las religiones. Los dominicos, en una parroquia muy pobre llamada Shwe Pyi Thar, que nos ha sido confiada, hemos construido una iglesia que por desgracia tuvo que ser edificada con la apariencia externa de almacén. Los domingos, la mayoría de los feligreses tienen que viajar una o dos horas en autobuses abarrotados para llegar a misa a esta iglesia-almacén. En la época de lluvias, la zona se inunda. Como las aguas cubren el camino de acceso, la gente tiene que cruzar un pequeño “mar rojo” de lodo y suciedad para llegar a la iglesia, que aprecian como si fuera “la tierra prometida donde mana leche y miel”. Me admira su fe, mucho mayor que un grano de mostaza. ¡Que fe tan maravillosa!


“¿Qué están haciendo los hermanos dominicos en Myanmar?” Esta pregunta incómoda me persigue. Y preferiría no tener que responderla. Contar nuestras experiencias cotidianas en esta tierra de misión es lo que puedo hacer para satisfacer la curiosidad de quienes nos preguntan. Yo mismo no soy mejor que 'el monje mendicante' de Loikaw. Es más, a veces prefiero ser “un dios” en Mandalay que ser “un profeta de Dios” en esta tierra. Y es que mi fe personal, comparada con la de los feligreses en Yangon, está todavía muy lejos alcanzar el tamaño del grano de mostaza.


El actual Maestro de la Orden llegó a Myanmar hace unos meses para hacernos su segunda visita canónica. Un hermano le puso al corriente de las dificultades y sombras de la misión. Después de escucharle atentamente, el Maestro le reconfortó con estas palabras: “No te preocupes demasiado, hermano, sobre qué hacer y cómo hacerlo. ¡Sé un dominico!” ¡Qué afirmación más fuerte! Hemos estado tan preocupados por el “qué hacer” que nos hemos olvidado completamente del “qué ser”.

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