viernes, 21 de mayo de 2021

Convertir el miedo en confianza, Hna. Andrea Ma. Iturbe OP, Dominica de la Anunciata, Madrid

Han pasado ya meses desde que el “virus”, aparecido en Wuhan-China, nos cambió la vida de la noche a la mañana. La realidad es que todos sin distinción de raza, credo, o clase social estamos enfrentando una pandemia mundial que, por el momento, solamente podemos mitigar hasta que se encuentre un medicamento para controlarla y una vacuna para prevenirla.

Sin darnos cuenta nuestros horarios, nuestras agendas, nuestro trabajo, nuestra manera de relacionarnos dio un giro y empezaron a surgir preguntas sin respuestas, y el MIEDO entro en nuestras comunidades y nuestra “parte humana” hizo que cayéramos en la tentación y como Pedro, en medio de las aguas perdiéramos la confianza (Mt 14, 22s)

Todos sufrimos dolor por nuestras pérdidas y nos hacemos preguntas sobre nuestra realidad y nuestra fe. El miedo y la confianza se transforman en sentimientos encontrados, donde la “lucha” entre lo que “pensamos” y lo que “sentimos”, nos lleva al desafío de convertir el MIEDO en CONFIANZA.

Pero ¿cómo hacerlo? La realidad de la pandemia se instaló en la sociedad, en el mundo; las noticias que escuchamos, los infectados que aparecen, el número de muertos, no deja de afectarnos, de hacer que nos sintamos impotentes; muchas veces caemos en la tentación de pensar que Dios está ausente, que no se interesa por nosotros y por nuestro sufrimiento.

La realidad del miedo aparece… ¡sí!:  en los ancianos, que están solos y no saben lo que les puede pasar; en quienes han perdido su trabajo y piensan cada día cómo alimentar a sus hijos, cómo llevar el pan a sus hogares; en el personal sanitario que sabe que estar al servicio de los otros implica un riesgo alto de contraer la enfermedad; en cada uno de nosotros, que al volvernos más frágiles hace que salgan a la luz los propios miedos, aquellos que estaban dormidos y que con las “defensas bajas” afloran…

Quizás la respuesta esté en tener la capacidad de renovar nuestra CONFIANZA en Dios, quien conoce nuestra historia y sabe lo que necesitamos. Él es nuestro refugio y en el confiamos, así lo expresa el salmista: “El Señor es mi roca, mi amparo, mi libertador; es mi Dios, el peñasco en que me refugio. Es mi escudo, el poder que me salva, ¡mi más alto escondite!” (Sl 18, 2).

Hacer de nuestras comunidades lugares de esperanza, de acogida, de sostén, para tantos que hoy ven sus vidas truncadas por el dolor. Apoyar y acompañar con nuestra oración, la entrega de médicos, enfermeros, camilleros, voluntarios, que día a día se entregan al cuidado de los infectados a través de una mirada cómplice, una palabra oportuna, un apretón de manos, un estar silenciosamente…

Cuidarnos para poder cuidar a otros…sintiéndonos responsables TODOS de TODOS. Convertir el MIEDO en CONFIANZA, es un reto, un desafío que cada uno debemos asumir, para convertirnos en CONSTRUCTORES de un mundo diferente, de una sociedad donde nadie quede fuera. Como dice el Papa Francisco: “Solo el amor custodia la vida que tenemos, porque abraza nuestras fragilidades y las transforma… Dios puede cambiar todo a bien. Con él podemos confiar en que todo irá bien…”

viernes, 7 de mayo de 2021

LA CONFIANZA NOS SUBLIMA, EL MIEDO DERROTA UN MONASTERIO, Monasterio Dominicano, Trujillo, Cáceres

Hay un principio filosófico que habla de la “unidad de los contrarios”. Este principio puede ser aplicable para el tema que nos ocupa al hablar del “miedo y confianza”.

Para llegar a la “unidad de los contrarios” se requiere encontrar el punto neurálgico como lo supo hallar la inteligencia de S. Agustín  uniendo así los contrarios del bien y el mal: “Siendo Dios el sumo bien, de ningún modo permitiría que existiese mal alguno en sus obras, si no fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal”. Willian P. Alsto señala: “no hay modo alguno  de excluir la posibilidad de que los males  tengan algún sentido en el plan de Dios”.  

El miedo se define como una sensación de  angustia provocada por la presencia  de un peligro real o imaginario, mientras que la confianza nos pone en una situación esperanzadora que nos da la seguridad para emprender  cualquier acción por difícil que sea.

 La pandemia provocada por el Covid-19, ha hecho temblar  los cimientos de una humanidad que se creía en posesión de hacer frente ante cualquier dificultad desde los avances científicos. Nos ha pasado un poco como a los que construyeron el Titanic, que, examinando toda la técnica, no encontraban nada que le pudiera hacer hundirse; no se les pasó por la cabeza que un iceberg pudiera llevarle a su derrota total. Esa es la autosuficiencia del hombre, la arrogancia  humana, un pecado que para el hombre bíblico tiene graves consecuencias, hasta el punto de hacer exclamar al salmista: “preserva Señor a tu siervo de la arrogancia para que no me domine, así quedaré libre e inocente del gran pecado”.

En general, podemos pensar que el microorganismo “coronavirus” ha centrado a la humanidad en el miedo, un miedo que en muchas personas ha rozado el terror. La confianza ha quedado por así decir, para dos sectores: el optimista y el creyente; pero la visión creyente es la más certera, la que ha sabido y está sabiendo  dar el salto a la trascendencia, el salto al Dios de la vida, porque como decía Chesterton: “Quien no cree en Dios, creerá en cualquier cosa”.

El miedo en el monasterio es transformado en confianza con el poder de la oración, pues desde la contemplación del rostro de Dios, no cabe otra posibilidad que la confianza. La oración se hace intercesión y se sitúa en la realidad sufriente de los demás, acogiendo el dolor desconcertado de los otros, ensanchando la capacidad del espacio claustral, abierto a toda la humanidad.

Al analizar los acontecimientos sabiéndonos colocar  en la ribera de lo eterno, el miedo va cobrando menos importancia. Ciertamente, el Covid ha sido lo inesperado, algo que no pudo sospechar el hombre de hoy sorprendido precisamente por los hallazgos científicos.

 En el monasterio afrontamos el miedo natural que afecta a todo ser humano, cambiándolo por la confianza más plena en el Dios que mueve los hilos de la historia y que gobierna todo cuanto existe. Hemos vivido y seguimos viviendo cada día  desde la comunidad y desde el ámbito personal, dando ese salto para pasar del miedo a la confianza, para dar paso a lo trascendente  y hacer experimentable en nosotras, que el poder de Dios es más fuerte que todo lo que acontece.

 Pero  el miedo es muy astuto y sutil, tiene un objetivo: convivir con nosotros, con todo ser humano, y en el caso concreto de la pandemia, hacernos perder toda creatividad, como si el ser humano no tuviera ya sitio en la historia y en el planeta. La pandemia pasará y mientras tanto hay que orar esta frase de uno de nuestros himnos de Completas: “Ya cuando todo pase, será el octavo día”, el DIA DE LA RESURRECIÓN DE CRISTO Y DE TODA LA HUMANIDAD RESUCITADA, donde ya no habrá en nosotros zonas muertas, sino resucitadas, viviendo al calor de las brasas del Resucitado en la alborada  de los cielos nuevos y la tierra nueva.

Desde esta realidad, tratamos de impulsar a cuantos contactan con nosotras la mejor y más tranquilizadora manera de vivir este tiempo de prueba dura que afecta a toda la humanidad que, por otro lado, está sabiendo descubrir valores que tenía enterrados, como pueden ser entre otros, el valor de la familia, del hogar para la construcción de un ser humano más fuerte desde la experiencia del encuentro, el amor, el diálogo y la fe.

La confianza en Dios nos sublima, nos eleva; el miedo por el contrario nos derrota. Es cierto que vivimos tiempos difíciles. El planeta está amenazado, las advertencias científicas van por ahí: los glaciares se están derritiendo, el nivel del mar subiendo, las consecuencias del cambio climático lo estamos viendo, y una humanidad aterrorizada por el Covid es otra realidad que todos vemos ante la expansión de los contagios.

Todo ello son indicadores de la queja del planeta que necesita ser tratado con cuidado y esmero, de ahí ese gemido y clamor al que debemos prestar atención extendiéndolo a toda creación, porque en la  creación se nos manifiesta la misma Belleza del Creador quien con su Palabra “dijo y existió, lo mandó y  surgió”. (Sl 33.9)

Que llegue al mundo dolorido desde nuestro corazón orante, el latido de nuestra plegaria.

jueves, 15 de abril de 2021

EN "MEMEZUELA": HUMOR, MIEDO, CONFIANZA Y CORONAVIRUS, Fray Reynaldo Chang, OP, Macao

 

Comenzaré parafraseando las palabras del salmista: Al frente de la playa de Cheoc Van (un lugar de Macao), allí me senté y lloré, acordándome de Venezuela. Quería cantar el “Gloria al Bravo Pueblo”, y mis pensamientos me pedían los cantares del llano. ¿Cómo cantar en momentos de angustia? Si me olvidare de ti, oh, Venezuela, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar si de ti no me acordare; si no te enalteciere, como preferente asunto de mi alegría.

En nuestros tiempos, Facebook es un medio de comunicación con el mundo entero. En ese universo digital encontramos los memes, los cuales se han hecho tendencia por su capacidad de alcance. El humor venezolano es particular, es una expresión de confianza ante la adversidad aun cuando el miedo se apodera de la situación.

La cultura de los memes crece; en sus variados temas se puede observar la genialidad de algunos de sus creadores. A la vez se siente la decadencia y la falta de respeto al sufrimiento humano; sobre todo en Venezuela, un pueblo azotado por la situación político-económica, que está perdiendo la empatía en su desesperación por mejorar sus condiciones de vida.

Obviamente, el Coronavirus no escaparía: bromas sobre las calamidades de la cuarentena, el desabastecimiento, el uso de mascarillas, el encierro con la familia: la confianza comienza a desvanecerse, el miedo se disfraza de chiste, el comienzo del fin.

Una tarde, discutía con uno de mis hermanos porque me parecía inadecuada la cantidad de chistes sobre temas que deberían estar solo en las agendas para resolver. Mi hermano me dice: “el venezolano tiene que reír y hacer chiste pues tenemos el gen de la felicidad en nuestro ADN”. Fin de la discusión.

En internet conseguí que dicho gen existe y que ha sido identificado. “¡Oh mi sabio connovicio!”, exclamé. La información es controversial, pero ¿podemos culpar al material genético por un humor pasado de tono? ¿es un gen la causa de hacer chistes sobre las calamidades que se viven en el mundo?

Escribir sobre mi experiencia de miedo y de confianza con el Coronavirus para la revista Amanecer es interesante: Vivo en Macao – China ¿Qué más puedo decir? Mi experiencia aquí ha sido de temor, pánico al principio si escuchaba a alguien estornudar. Mi actitud, la estricta observancia a las regulaciones gubernamentales; pensar que si yo llegara a infectarme podría poner en riesgo la vida de mi comunidad. Confianza, pues si todos cumplimos las normas el riesgo se minimiza. Estudiar vía internet, ver las calles vacías, usar mascarillas, oír cómo el virus se propagó hasta alcanzar magnitud mundial, ver las cifras de infectados y muertos in crescendo, recibir mensajes diciendo que algún ser querido había muerto. La experiencia de tener más tiempo para pasar en oración, pidiendo la misericordia de Dios, de depositar esa confianza, que alguna vez estuvo en el humor, en la oración. Mi conclusión es que el Covid-19 ha brindado al mundo entero una oportunidad para la metanoia, para la conversión.

“Oh hipócrita”, podrían decirme “¿Qué hacéis hablando de Venezuela en suelo extranjero?” Sencillo, porque soy venezolano. “¿Qué experiencia tienes de vivir en carne propia la situación venezolana?” El tener familia y amigos allá: lo llamamos empatía.

El comienzo del fin se dio cuando confundimos qué es “reírse con alguien” y qué es “reírse de alguien”. Cuando pasamos de disfrutar un chiste a hacer de las personas y de las situaciones serias el objeto de chistes. Hay una línea delgadísima dividiendo estos dos extremos, es sencillo traspasar esa línea, es complicado aceptar que la hemos pasado. Es válido, por ejemplo, reír porque un pollito levantó una patita; considero inválido dibujar una persona en un ataúd y escribir “lo coronó el Coronavirus”. Es absurdo hacer del hambre, la educación, la salud y la moral un meme. Hay humor inteligente, hay chistes que no ofenden.

El comienzo del fin se dio cuando el venezolano se aprovechó y se burló de otro venezolano, pensando que no habría consecuencias. Cuando nos fuimos del país publicamos en redes sociales nuestra ropa de marca nueva y exuberantes paisajes extranjeros. ¿Sigo? (Pido perdón por hablar en plural y meter a todos los venezolanos en el mismo saco). El coronavirus puede ser ahora la causa de muchos males a nivel mundial, pero el mal llegó a Venezuela mucho antes que la pandemia.    

Al final Cristo vence. Pero Cristo no venció sin antes sufrir. El mundo sufre profundamente. Si no vamos a la reflexión, tomamos conciencia de nuestros actos y asumimos las consecuencias, tanto sufrir habrá sido en vano. Un momento histórico no solo ante el Covid-19; también ante otras calamidades: ¿dónde dejar las guerras, el terrorismo, la intolerancia religiosa, el narcotráfico, el maltrato infantil, etc.?

El final de las historias es feliz porque sus personajes han aprendido las lecciones. El coronavirus nos brinda la posibilidad de mejorar, de ver las consecuencias de nuestros actos y enmendar nuestros errores. El encierro en casa nunca será pérdida de tiempo o causal de separación: en el encierro debemos llegar a conocernos y a los que viven bajo el mismo techo. La mascarilla no es excusa para no sonreír: lo podemos hacer con los ojos. La muerte de familiares y amigos nos debe llevar a valorar la vida, desde la concepción hasta las edades más avanzadas. La oración es necesaria: no solo el recitar Ave Marías y Padres Nuestros o enviar “cadenas” por las redes; oración es ir al encuentro con Dios, en la Eucaristía y en el prójimo: Me viste hambriento y me diste de comer. Tal vez no tenemos cómo darle de comer, pero un gesto de empatía y no empeorar su situación será suficiente.

En fin, si un organismo microscópico es capaz de poner al mundo en caos, imaginen cuánto podremos lograr siendo buenos y con la ayuda del Todopoderoso.  

viernes, 9 de abril de 2021

VIVIR EN MODO COVID, Sor Dolores Requejo OP, Misionera de Santo Domingo, Madrid

Vivimos tiempos difíciles, tenemos miedo, la enfermedad nos persigue…El paso de esta partícula microscópica por nuestro mundo, nuestras calles, nuestras comunidades, ha cambiado nuestro día a día, ha transformado nuestra vida.  Y con el paso de este virus diminuto, está pasando  Dios por nuestra vida. 

Las vivencias y consecuencias  han sido diferentes. Pienso que a nivel general cundió, cunde, el pánico. El miedo al contagio atenazaba… Con cada prórroga del estado de alarma aumentaba la tensión, el estrés, el deseo de liberación de las cuatro paredes…  

Y… ¡varios meses llevamos viviendo “en modo COVID!”: mantener distancias, mucha  higiene personal, lavado frecuente de manos, elaborar protocolos y medidas de seguridad. La idea de volver a la vida que llevábamos “antes de la pandemia” se torna hasta peligrosa…Evitar encuentros sociales es vital para impedir contagios.  

En este tiempo de “gran tribulación” en cada una de nosotras surgen pensamientos, reflexiones y consideraciones en el torbellino de alternancias de estados de ánimo, que se manifiestan de modos extremos: hermanas muy conscientes de lo que está sucediendo  y otras que no le dan  la importancia que realmente tiene. El miedo y la confianza conviven, tratando de equilibrarse… 

La proliferación de  noticias, bulos, opiniones… aumentan el miedo al contagio, a morir en soledad, a perder un ser querido, a las secuelas, a la incertidumbre sobre el desarrollo del curso académico que afecta a colegios, residencias. Inquietud por tanto paro como se está generando, familias sin recursos. 

Pero siempre con una ventana abierta a la esperanza. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos muchas veces la expresión ¡No temas!: No temas, porque yo estoy contigo (Is 41,10); Sabed cuál ha sido la esperanza a la que habéis sido llamados (Ef 1, 18); No tengáis miedo y Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, nos dice Jesús. 

Este coronavirus que  nos ha “encerrado” en nuestras casas, al mismo tiempo ha abierto nuestras ventanas, nuestros balcones cada tarde, para compartir con nuestros vecinos y ser agradecidas con los  que ofrecen sus vidas para que otros vivan. Nos llevó a la  confección de mascarillas que escaseaban en los primeros  tiempos.   

Nos ha confinado  y nos ha aconsejado en todo momento “quédate en casa”, y al mismo tiempo ha abierto nuestras pantallas, nuestros ordenadores, nuestros corazones, a un mundo sin fronteras, nos ha permitido salir de nosotras, de nuestros egoísmos, individualismos, y estar pendientes del dolor y el sufrimiento de nuestra sociedad. El proceso  entre nosotras va desde “todo va bien” hasta miembros infectados, una difunta… Se da aquí un nivel más profundo, que tiene que ver con la presencia de Dios en medio de las pruebas.  En el dolor de la pérdida y en las dificultades que derivan de esta situación, sentimos la paz y el consuelo que nos sostienen.  

La gran fragilidad que estamos experimentando nos hace más cercanas entre nosotras y con los que, cada día, están más aislados y son más vulnerables. Tal vez nunca como ahora nos hemos sentido parte de una realidad más amplia que nosotras mismas y nuestras propias comunidades. 

El impacto de la pandemia sobre nuestra vida personal, social y económica es evidente. Y nos sentimos empujadas a cambiar el estilo de vida. Hemos  hecho reajustes en el plan contable, más austeridad en la vida personal y comunitaria…, creación de un fondo solidario para ayudas pos Covid 

Es importante mantener esperanza  en cada persona y en cada comunidad para vivir este tiempo de reorganización, pues cómo vivamos ahora nos va a cambiar la forma de mirar, de sentir y de actuar. La situación debe ayudarnos a centrarnos  en lo principal y no vivir en lo accesorio.  

En el ritmo de nuestro día a día es normal que cada una de nosotras siga escrupulosamente con delicadeza y disciplina las normas sanitarias para evitar la difusión del contagio y acoja con generosidad los pequeños sacrificios exigidos.  Es igualmente normal que nos volvamos a Dios orando por los enfermos, por quienes les asisten, por los muchos difuntos, por los investigadores ocupados en la búsqueda de una vacuna, por cuantos se hallan en situación de indigencia a causa de la crisis económica. 

En esto estamos. Confiadas en su ayuda… Me parecen inspiradoras, para finalizar, unas reflexiones del Papa comentando el episodio de los discípulos de Emaús. Viene a decir que iniciaron el viaje de ida con miedo y desconfianza. el Señor camina a su lado, pero ellos no lo reconocen. En el camino de vuelta reina la alegría y la urgencia para llevar a los demás la buena noticia de encuentro con el Resucitado. Este cambio de ritmo les sucedió encontrando a Jesús: los dos de Emaús, primero le abren su corazón; luego le escuchan y después le invitan a casa. 

Tres pasos que nosotros también podemos realizar: abrir nuestros corazones a Jesús, confiándole las cargas, las dificultades, las decepciones de la vida; escuchar a Jesús; y rezar a Jesús, con las mismas palabras que aquellos discípulos: Señor, quédate con nosotros. Nos sentimos en camino, como los discípulos, abiertas  a lo que el Señor quiera mostrarnos. Él, como a ellos, escucha pacientemente nuestros interrogantes sobre el sentido de lo que sucede. ¡Y estará con nosotras hasta el final de la historia!

martes, 6 de abril de 2021

ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA, CONFIANZA, Fr. Antonio de la Huerta Burgos, OP

Cuando entablaba conversación con algún sanitario, la impresión que sacaba era de que estaban cansados, asustados, agobiados, abatidos, atemorizados, desorientados porque no sabían cómo actuar contra el virus, y que sobre todo se sentían enviados a la guerra sin conocer al enemigo, sin armas y sin el equipo necesario. Era frecuente ver a los sanitarios por los pasillos con bolsas de basura protegiéndose los pies y la cabeza; y mucha imaginación, fabricaban batas protectoras, las mascarillas eran un lujo.  

Eran imágenes surrealistas, tercermundistas pero reales, auténticas, verdaderas. Mediado el mes de abril comenzó a llegar el tan necesario material sanitario: guantes, mascarillas, batas, hidrogeles, “EPIS” … y, en mayo y junio casi casi llegó la normalidad. Pero en septiembre y en octubre ha salido el “bicho” a pasear, y a día de hoy, 31 de octubre, el virus anda desbocado y haciendo estragos por todo el territorio nacional y europeo. 

Raro es el día que, al cruzarme por la calle con vecinos, conocidos del barrio, feligreses de la parroquia no me pregunten, «¡Hola Padre Antonio!, ¿cómo está?, ¿cómo le va por el hospital?, pues bien, para no ofender a Dios. ¿Cómo se está portando el “bicho” en el hospital?, pues haciendo de las suyas a veces. Tenga cuidado, cuídese, muchas gracias ¿No tiene miedo al virus estando todo el día en el hospital?» A esta pregunta contesto seguidamente. 

Entre el MIEDO… ¿Qué es el miedo? Es la alteración del ánimo que produce angustia ante un peligro o un eventual perjuicio, ya sea producto de la imaginación o propio de la realidad. Partiendo de esta definición de miedo, digo que, en lo personal, cuando me llamaban solicitando los servicios religiosos para un COVID me corría un escalofrío por todo el cuerpo, los pelos se me erizaban y surgían en mí infinidad de preguntas, que lejos de tranquilizarme me llenaban de ansiedad. Tengo que decir, alto y claro, que como no podía ser de otra manera, siempre han puesto a mi servicio el material suficiente y necesario para protegerme del “bicho”. Desde aquí envío mis gracias a la Dirección y a los servicios sanitarios que me ayudan en cada momento. 

Tuve miedo y sigo teniéndolo a la inacción, negligencia, incompetencia, ineptitud y a veces ignorancia de nuestros políticos y gobernantes. Recuerden que desde el 14 de marzo y hasta el final del confinamiento todos los días y a la misma hora, desde los balcones y terrazas nos aplaudían como a héroes. Que sepa esta gente que nos aplaudían y nuestros políticos, que fuimos héroes a la fuerza, y que más que héroes hemos sido víctimas, y que no queremos ser héroes sino servidores de los enfermos. 

Tuve miedo y sigo teniéndolo, a esas personas, sean jóvenes o adultas, que irresponsablemente se saltan, a la torera, los protocolos que dicta Sanidad convirtiéndose en multiplicadores del virus. En la actualidad tengo más miedo al virus estando por la calle que estando en el hospital. En la calle solo tengo la mascarilla, en el hospital tengo el material necesario para mi protección. 

… Y la ESPERANZA… La esperanza es el estado de ánimo en el cual se cree que aquello que uno desea o pretende es posible obtenerlo. Me refiero a la esperanza como acto humano, no a la virtud teologal. Desde este punto de vista espero, quiero, deseo, exhorto…  

A los sanitarios, que sigan siendo ejemplo para la sociedad de profesionalidad, entrega, dedicación; a la población en general que sea responsable, que comprenda que no estamos jugando al escondite con el virus; a los políticos y gobernantes regionales y nacionales, que trabajen por construir puentes que faciliten el encuentro, el entendimiento y la colaboración de todos y en favor de todos, porque lo que está en juego no es la vida o muerte de  unos partidos políticos, sino la vida y la muerte de cientos de miles de personas. 

…LA CONFIANZA. Y la confianza es seguridad o esperanza firme que alguien tiene de otro individuo o de algo. Pero para eso se necesita fe. Fe en ese “otro individuo”, que en nuestro caso es Dios.  

Leyendo las páginas de la Biblia nos encontramos con un grupo social conocido con el nombre de “Anawín”. Estos eran los marginados, olvidados por la Ley y la autoridad religiosa, solo tenían como patrimonio la Fe, la Esperanza y la Confianza en Dios-Yahvé, que promete y cumple.  

Querido lector, durante estos ocho meses de pandemia ¡cuántos infectados Covid!; ¡Cuántos aislados-hospitalizados sin el consuelo de una caricia familiar y sin asistencia espiritual!; ¡Cuántos familiares no han podido despedirse de sus deudos!; ¡Cuántos sanitarios están sufriendo las consecuencias psicológicas de asistir a pacientes que no encontraban al día siguiente! Se cuentan por miles y miles. Y a los que han vencido al virus, ¿quién les asegura que no sufrirán efectos secundarios? Estos son los “Anawín” de nuestro tiempo reciente. Algunos de ellos o muchos, eran hombres y mujeres de mucha Fe, y Confianza en Dios nuestro Señor. Otros quizás con poca o ninguna fe en Dios, pero no dudo de que eran o son buen@s hij@s, buen@s espos@s, buen@s padres - madres. 

Como sacerdote, y desde la pastoral de la salud en este hospital, imploro del amor, de la misericordia y de la compasión de Dios, el consuelo, la fortaleza, la salud… para los que han superado el coronavirus; y para los que han partido al encuentro del Padre-Dios, que los reciba, los acoja y les dé   el descanso eterno cabe Él, “porque estar contigo es con mucho lo mejor”. (Filipenses 1,23)