martes, 22 de febrero de 2022

LA COMUNIDAD PREDICADORA, Monjas Dominicas del Monasterio Nuestra Señora de la Piedad, Palencia, España

Comunidades predicadoras. Esto es lo que somos. Para esto hemos nacido. En este espacio privilegiado la Palabra es acogida, meditada, contemplada, vivida para ser luego proclamada con gracia y fuerza. Aquí se gesta la predicación. Lo que compartimos en los púlpitos y en otros espacios y modos, lleva el sello de nuestros hermanos porque sus palabras, su ejemplo y el compartir de nuestra vida ilumina y enriquece nuestra escucha de la Palabra.

El estudio en común abre nuestros horizontes. La experiencia de Dios que compartimos nos acerca más a Su verdad y a la realidad de los hombres. Por tanto, aunque cada hermano tenga ministerios o predicaciones aparentemente individuales, la verdad es que donde uno de nosotros predica está toda la comunidad presente, todos somos parte.

La oración de la comunidad, sus vigilias, la penitencia y la vida entregada de cada miembro sustenta y da fecundidad a toda Palabra anunciada. Además, la oración, tanto personal como comunitaria, es predicación en sí misma. En la liturgia nos unimos a Cristo glorioso, hacemos visible su plegaria y le dejamos que utilice nuestras voces para alabar y bendecir; suplicar y dar gracias. Esta oración, que es intercesión continua por toda la humanidad, es anuncio de la Buena Noticia. 

Esta vida de intimidad y alabanza lleva a los que la “ven desde afuera” a repetir aquella petición que los discípulos hicieron al Maestro: “Señor, enséñanos a orar”. Con el cuidado de la celebración litúrgica (ornamentación, iluminación, música…) manifestamos la belleza y el gozo de celebrar la salvación de Cristo y su indecible amor por nosotros. Desde aquí podemos entender el fervor y la devoción con que Nuestro Padre celebraba todo el oficio divino. 

Por otra parte, volviendo a los orígenes, como fue el deseo de Santo Domingo, los dominicos reproducimos la primera comunidad cristiana que es signo de la nueva humanidad regida por el amor. Viviendo en comunidad, y poniendo todo en común (lo que somos, lo que tenemos) predicamos al mundo que todos somos necesarios y a su vez, que todos nos necesitamos; y, sobre todo, predicamos el amor de Dios.

Amor que nos hace hermanos en Cristo; que convierte diferencias, egoísmos, enemistad, envidia, rencor y división en aceptación mutua, amistad y perdón. Así, poniendo cada día nuestro granito de arena con amor y fidelidad en la vivencia de la comunión, proclamamos que todos formamos parte de construcción y la realización del plan de Dios, su gran proyecto de Amor: que seamos uno con ÉL y en Él.

La comunidad predica también a través del trabajo. Éste promueve el bien común y la fraternidad; en él colaboramos con Dios en la obra de la creación, poniendo al servicio de los demás las capacidades que nos ha regalado. Con él nos unimos a todos los hombres, en especial a los pobres, con quienes compartimos buena parte de sus frutos.

Finalmente, la comunidad predica con su vida misma, desde su propio ser. Viviendo con gozo nuestra vocación, el Evangelio, damos testimonio del amor y la vida de Dios, de que es posible renunciar a las cosas del mundo y llevar una vida entregada con la mirada fija en el Reino que Cristo nos tiene preparado. De esta manera, dominicos y dominicas unidos en la misión, nos vamos santificando, encarnando la voluntad del Señor con tesón y alegría, día a día, apoyados unos en otros.

¡CÓMO QUISIERA CREER!, Fr. Felicísimo Martínez

 

Se celebraba un funeral en la Parroquia del Rosario de los Dominicos en Conde de Peñalver 40, Madrid. La asamblea estaba compuesta básicamente por los familiares del difunto y, en su mayoría, por el personal de la compañía aérea en la que trabajaba el joven fallecido. Entre los asistentes había ejecutivos de alto rango en la Compañía.

Reinaba en el templo ese silencio solemne y denso que la muerte impone cuando pasa a nuestro lado. La muerte tiene, al menos, esa capacidad de devolvernos cierta lucidez para pensar la vida. Nos pone delante las preguntas más definitivas sobre la vida. Nos obliga a preguntarnos en qué consisten el éxito y el fracaso en la vida. Estas preguntas se hacen más dramáticas cuando se trata de una muerte prematura, pues las muertes prematuras siempre son consideradas como dramáticos fracasos. El joven ejecutivo apenas contaba 35 años.

El dominico que presidió la eucaristía preparó con especial esmero su homilía. Por experiencia sabía que, durante los funerales, por lo general, hay en la asamblea una actitud muy receptiva a cualquier palabra que pueda aliviar el dolor del luto o abrir alguna ventana de sentido al enorme misterio de la muerte… y de la vida. No se da la misma receptividad en otras celebraciones de carácter festivo. El predicador hizo una meditación muy sencilla, pero muy honda y muy sentida, sobre el verdadero sentido evangélico del éxito y del fracaso en la vida. El silencio y la atención de la asamblea dejaba claro el acierto de aquella meditación. Daba en el blanco de las grandes preguntas que suscitaba la ocasión.

Terminada la celebración, uno de los asistentes se acercó a la sacristía y se dirigió al dominico en estos términos:

- Padre, quiero agradecerle de corazón las palabras que pronunció en su sermón.

Y añadió de inmediato:

- ¡Cómo me gustaría a mi creer lo que usted ha dicho!

Como normalmente lo que nos llega en la mayoría de los discursos o sermones suele ser una sola frase o una sola idea, el dominico le preguntó:

- ¿Y qué es lo que yo he dicho y que usted tanto quisiera creer?

El ejecutivo se extendió en la respuesta: “Mire, Padre, yo soy agnóstico; no soy creyente ni practicante. Pero Ud. dijo en su sermón lo siguiente: “Para nosotros, los cristianos, la fe en la resurrección significa que Dios no puede permitir que la vida de un ser humano termine en fracaso”. Eso es lo que yo quisiera creer. He tenido toda clase de éxitos en la vida: a nivel profesional, a nivel económico, a nivel social, incluso a nivel familiar… Pero siento que mi vida está vacía de sentido en medio de todos esos éxitos”.

Esta reacción del ejecutivo confirma el diagnóstico de un artículo reciente sobre el aumento de los suicidios. El autor del artículo afirma: “hace medio siglo casi todos los suicidios tenían como causa última un fracaso concreto a nivel económico, a nivel empresarial, a nivel afectivo, a nivel familiar… Hoy, la mayor parte de los suicidios tienen lugar a causa de la falta de sentido. Es un vacío de sentido que no, incluso cuando tienen lugar numerosos éxitos parciales”

La conversación sobre el éxito y el fracaso en la vida se prolongó durante varios minutos entre el dominico y el ejecutivo. No sabemos cuál fue el discurso de ambos. Solo sabemos cuáles fueron las últimas palabras que el dominico dirigió al ejecutivo.

Sonaron así: “Siga usted leyendo libros de autoayuda. Pero no se olvide de leer de vez en cuando alguna página del Evangelio de Jesucristo. Es una abundante fuente de sentido”. Este consejo define bien el propósito de toda predicación, la razón de ser de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo.

 “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”.

viernes, 18 de febrero de 2022

PREDICAR EN UN MUNDO ANCHO Y AJENO, Mario Gómez

Sin duda siento que es un atrevimiento por mi parte hablar sobre predicación sin tener habilitación alguna para ello o encontrarme en posición de predicar hoy un mensaje cristiano, tal como se entendió antes la predicación. Por eso lo lógico es situarse en la posición de participación del mensaje proclamado en el Evangelio, procurando escuchar y comprender la verdad del otro que cuestiona la propia vida y el quehacer diario en el que con frecuencia nos situamos cómodamente. Y aunque no es el tiempo de los cátaros que le tocó vivir a Santo Domingo, sí es un mundo “ancho y ajeno” donde pervive la doble moral y el olvido de los sin voz.    

En los años de trabajo por esos “humedales del mundo” donde anduve, se termina por comprender que el acercamiento entre los humanos se da en primer lugar a través de la escucha, y especialmente de aquellos que llevan la señal del sufrimiento bien marcada en el cuerpo y en la mente. Y se entiende pronto que esos seres de desgracia transmiten algo más que lo que aparentan o lo que dicen los expedientes y atribuciones que están dominadas hoy por los triunfalismos sociales.

Y ciertamente que son con frecuencia “gentem non sancta” pero, aun así, con esa marginación a la que socialmente son sometidos, nos obligan a pensar o revisar la vida con nuevos criterios de interpretación, que no son otros que aquellos ya proclamados en el Evangelio. Personas a las que escuchando nos transmiten un deseo claro de conversión o de búsqueda de la verdad, aunque a veces con muchas vendas puestas en los ojos.

Pero en el mundo que nos toca vivir, el centro de la vida no se sitúa en la familia, la comunidad, el clan o el grupo o la Iglesia, sino que es el yo quien se corona en pauta y norma de conducta. La centralidad que en tiempos fue exclusiva de Dios se ha sustituido por el yo. Y esto tiene sus consecuencias morales, sociales y hasta políticas. Y ¿cómo no ha de tenerlas también religiosas? Y cuesta entender que es el otro quien te nombra y te permite ser alguien.

No podemos pretender que las palabras que nacen de la verdad cristiana halaguen los oídos de nadie, sino más bien que cuestionen radicalmente nuestro modo de vida. Al cabo es ir contracorriente de aquello establecido como correcto en estos tiempos. Pero toda verdad es así, que no sólo ilumina el camino de la vida, sino que también duele o hace tambalear los adentros, pero libera.

Es difícil saber si los actuales medios de comunicación tan veloces ayudan a la comunicación de la palabra humana, a la Palabra de Jesús, o más bien quedan banalizadas o reducidas a la propaganda dominante. Ya que es que la toda reflexión y conversión exige su tiempo de escucha y sosiego, además de buen ánimo. Y ello es lo que permite el captar y conocer el mensaje recibido. Por tanto, la Palabra no parece ajena al amor. 

En suma, creo que hoy como ayer, la predicación es una comunicación de esa verdad del Evangelio que supone un amor al otro, y una comunión con todos los que no tienen voz o se la negaron siempre. ¿No es acaso Palabra de Salvación?

SENTIMIENTOS Y NECESIDADES, Nely García

¿Qué puede decir una humilde parroquiana, sobre la predicación? Pues en estos momentos soy portavoz de sentimientos y necesidades, que como madre y abuela siento y escucho a menudo. No me voy a detener en las formas que, por supuesto, las predicaciones largas y demasiado teológicas no me llegan, ni me llenan, sino en los contenidos. Y no es por lo largas, sino porque son repetitivas y parece que no se sabe dónde quiere llegar el predicador.

Creo que necesitamos que nos mastiquen el evangelio, que nos hablen, como se dice en mi pueblo: alto y claro. Ya presuponemos que se parte de una preparación muy buena, pero nosotros queremos entender mejor la Palabra de Dios. Yo, y muchos como yo, necesitamos que nos repitan que Dios nos quiere; que Jesús tiene mucha misericordia y paciencia con nosotros; que nos regala el perdón, sin hacer mucho caso de nuestras debilidades y pecados. Esto es lo que nos cala a las personas sencillas. Lo que nos viene bien es que nos apliquen los evangelios a nuestra vida, que nos ayuden a ponernos en situación y cómo Jesús se porta con nosotros.

Además, hay temas que inquietan a las personas de mi nivel, mis vecinas, que unas van a misa y otras no, pero muchas veces hablamos de ello: cómo Jesús tiene en sus manos nuestras vidas y tenemos que darle gracias y alabarle por ello, pero también hacerlo, cuando las cosas no nos van bien, pues no es porque él las cause o provoque, sino que está también ahí sufriéndolas con nosotros y e invitándonos a confiar en él. Cuando hay crisis, problemas, no es la solución enjuiciar y criticar, renegar o pedir cuentas a los demás o a Dios, sino proponer y tener esperanza. Ante las dificultades no hay que huir, porque si viene Jesús a encontrarnos no vamos a estar ahí.

Otro tema, el miedo a la muerte. Se predica poco de este tema y es muy necesario, pues cuando no tenemos confianza en Dios es muy fuerte el miedo que nos invade, si Dios no tiene nada qué ver con nosotros. Por eso es tan importante creer, pero es más todavía creer en un Dios bueno, acogedor, que nos comprende y no atemorizarnos con el Dios que castiga, que vigila y no nos deja pasar ni una.

Como experiencia personal he puesto la biblia en mi casa en un lugar privilegiado y me he animado a leerla, aunque a veces no la entienda, pero ahí está siempre abierta, retándome a escucharla. Así me voy familiarizando con ella y le doy vueltas para ver qué me quiere decir. Este gesto quiere ser predicación e invitación para otros.

Y también creo que rezar el rosario es una manera de meditar en Jesús y de predicar. La reciente peregrinación a Medjugorge me ha hecho mucho bien, el rosario evangeliza, porque la Madre nos lleva al Hijo y nos pide que oremos, que no dejemos de meditar en los misterios del rosario, que es lo mismo que meditar en Jesús y en su vida.

 

sábado, 5 de febrero de 2022

EL PELIGRO DE CAER EN LA GRACIA BARATA, Ángel Medina

 

Voy a intentar contar de una manera escueta y yendo a lo fundamental lo que ha supuesto para mí la predicación. Lo primero es dejar claro que aquí me refiero a predicar, no a otro tipo de charlas o formaciones, las cuales requieren de unos métodos y preparación diferentes. Para comenzar diré que al principio yo estaba alejado de la Iglesia, no por nada en especial, sino porque a mí alrededor no se prodigaba esto mucho.

Tuve una gran conversión por el año 2000, leyendo la biblia, concretamente estas palabras: Evangelio de San Juan 14, 6. Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al padre sino por mí. Estas palabras resonaron dentro de mí con tal fuerza que no lo puedo describir, solo sé que de repente necesitaba profundizar más en las cosas de Dios, a volver a misa, necesitar la eucaristía, los sacramentos, y escuchar la Palabra con nuevos oídos.

Y en esos momentos de cambio interior tan profundos, la predicación iba a jugar un papel fundamental, ya que esta fue poniendo palabras a lo que yo estaba viviendo. En esa búsqueda tuve la suerte de entrar en un grupo de la renovación carismática donde un padre dominico centraba su predicación en la humanidad de Jesucristo y la gratuidad de la salvación.  Esa predicación de Jesucristo hombre, cercano, cariñoso y sufriente que había muerto por mí, vibraba en la misma onda de lo que había experimentado “Jesús, camino, verdad y vida”.

Esta predicación se hacía en mí viva y eficaz, reafirmaba y confirmaba lo que estaba sintiendo, me hacía feliz, tenía sensación de plenitud, de haber encontrado el sentido a la vida, Jesucristo. Decía el obispo Balduino de Canterbury, refiriéndose a Cristo, como palabra, fuerza y sabiduría de Dios: “Esta palabra existe, por tanto, en el seno del Padre, en la predicación de quienes la proclaman y en el corazón de quienes la aceptan. Cuando esta palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de flechas de arquero afiladas”.

Sin embargo, y por hacer un poco de contraste, también, recuerdo durante estos años haber escuchado alguna misa de la que salía verdaderamente mal, veía al cura como al jefe de zona, pegando la bronca a los empleados, siempre insatisfecho. Yo pensaba, pero con lo complicada que es ya de por si la vida con tantos agobios, como puede ser que vayas a misa a refrescarte del mundo y salgas igual o peor. Me daban ganas de no volver (pero resalto que esto fue algo anecdótico y aislado). Con esto no estoy diciendo que no haya que exhortar, amonestar ni guiar, ya que siempre está el peligro de caer en la gracia barata del todo vale. Pero es que una predicación donde Jesucristo no sea el centro se queda fofa, no dice nada, cansa. Al menos para mí. 

En el 800 aniversario de Santo Domingo, “predicador de la gracia”, pienso que la Iglesia debería volver a lo esencial, a esa predicación inspirada por el Espíritu Santo que siempre nos llevará a Jesucristo, camino, verdad y vida.