viernes, 18 de marzo de 2022

CENTROS EDUCATIVOS, ¿CANALES DE PREDICACIÓN? Hna. Esperanza Sánchez Cortez, Dominicas de la Anunciata, Guatemala

Las Hermanas Dominicas de la Anunciata, hoy, compartimos un mensaje a partir de la educación, inspiradas en nuestro fundador San Francisco Coll, hombre pacífico, generoso, predicador, líder, emprendedor, estudioso, amante de la verdad, fiel seguidor de Jesús y de Santo Domingo. La invitación a predicar sigue presente en la misión, donde una dominica de la Anunciata está hoy. 

San Francisco Coll, inicia su predicación desde la pedagogía de la encarnación, donde la vida surge y se encarna. Él conoce su contexto político, social y religioso, por ello no se queda al margen de la situación de los otros, sino que se involucra con ellos, da respuestas desde la educación, especialmente a los más excluidos.

El deseo ardiente de predicar hoy a través de la educación es fruto de una sólida formación, oración y contemplación, aportando luz y verdad a las situaciones de confusión, división y miedo que se vive en nuestros contextos. Sí educar hoy ha implicado tener la audacia, coraje y creatividad de hermanas y docentes para llegar al corazón y a la mente de la niñez y juventud, creando comunión con las familias generando esperanza.

El reto ha sido asumido por toda la comunidad educativa, en esta nueva modalidad a causa de la pandemia del Covid 19. La constante comunicación con los padres de familia ha sido fundamental, ellos han sido el canal de apoyo para sus hijas e hijos quienes se han sentido tristes y frustrados al no compartir con sus compañeros de clase de forma presencial, en los juegos, alegrías y sus aprendizajes cotidianos.

Este tiempo ha facilitado los espacios de oración profunda en familia, fortaleciendo la comunión con Dios y el compromiso de solidaridad con los que nos rodean. Ha resonado en nosotras "Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28 19-20). Sentir ese envió ha desafiado nuestra predicación, hemos aprovechado los medios y la creatividad para llegar a todos con la confianza puesta en Dios siendo luz.

El predicar hoy nos invita a realizar dos cuidados fundamentales: ser predicadoras y pastoras, cuidar y curar a las ovejas que se nos han confiado. Jesús les recuerda a sus discípulos que tienen que cumplir con la doble misión de predicar y pastorear: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también”. (Jn. 20, 21) Este envío es actual y hace que nuestra predicación tenga eco en las aulas, pasillos, puertas, oficinas, comunidades y vecindades, ya que todos predicamos con nuestra vida, donde quiera que estemos. 

 

LA EDUCACIÓN EN LOS COLES ¿PLATAFORMA DE EVANGELIZACIÓN?, Sor Aurora Llamazares, Misionera de Santo Domingo, Ávila

Sin duda nos preguntamos tantas veces si nuestra misión “predicadora” es real en cualquiera de nuestros centros educativos. Es que nuestros jóvenes y niños ¿están para sermones?

Ciertamente, no podemos renunciar a una misión que es parte integrante de nuestra razón de ser: llevar el mensaje liberador de Jesús a todos los confines de la tierra y eso lo vamos a ir haciendo a través de los granos que cada uno de nosotros podemos aportar cada día.

Nuestros centros educativos son lugares de encuentro.

En la convivencia con los demás vamos creciendo como personas y como grupo, entendiendo que aportamos y recibimos y juntos vamos construyendo una sociedad con valores como es la comprensión, el diálogo, la responsabilidad, el compartir, la empatía y juntos también experimentamos que somos importantes para los demás. Es decir, creamos comunidad.

Somos, además, un grupo de buscadores de la verdad. A través de los distintos aprendizajes, intentamos adentrarnos en el mundo de la cultura y la ciencia. Una cultura dispersa, que abarca al mundo entero con grandes diferencias en los planteamientos, pero iguales en la búsqueda de felicidad, donde cada ser humano busca un espacio en el que necesita ser amado y reconocido, en su deseo de plenitud.

Somos a la vez buscadores de Dios. Jesús nos muestra a ese Dios que no se desentiende de nuestra historia y en el encuentro con él en la oración, descubre su presencia personal en cada una de las vidas, en cada historia. La maduración en la fe es parte integrante de nuestro día a día y se va haciendo visible en el encuentro con los demás, en la ayuda mutua, en la solidaridad.

Y de la satisfacción interior brota la necesidad de compartir fe y vida. Nuestra misión como cristianos y dominicos es ser testigos de aquello que vivimos en nuestros colegios en la oración de cada día, en las celebraciones litúrgicas, en la preparación de la Navidad o la Pascua. Porque como discípulos de Jesús y seguidores de Santo Domingo no podemos callar lo que hemos visto y oído.

Como educadores, en algunos momentos, podemos sentir el desánimo de un trabajo infructuoso, en el que desearíamos ver resultados inmediatos. Por eso no podemos olvidar la palabra de Jesús que nos dice que “el reino de Dios es comparable a la semilla diminuta que con el tiempo se transforma en un arbusto frondoso”

Los gestos y la constancia van llenando la vida de las personas de vivencias que, a veces quedan adormecidas. Como con el tiempo se han ido asumiendo y alimentando los sustratos profundos de las personas. Por eso poco a poco se va “sacando del baúl” lo viejo y lo nuevo para ir dando vida a las vivencias posteriores.

Esperamos que cada uno de nosotros sepamos ofrecer a nuestros niños, adolescentes y jóvenes las mejores vivencias positivas que den consistencia a sus vidas.


Cuando digan “qué recuerdos tan bonitos conservo de mi colegio” alegrémonos, aunque sean otros los que las escuchen. O nosotros de otras personas. Es que el Señor Jesús ha guiado nuestros pasos ofreciendo lo mejor de nosotros mismos.

 

 

CONTINUADORES DE LAS ENSEÑANZAS DE DOMINGO, Aída García Revuelta, Colegio Nuestra Señora del Rosario, Arcas Reales, Valladolid

Aunque el paso de la vida sea inevitable, hay enseñanzas como las de nuestro fundador, Santo Domingo de Guzmán, que se encuentran muy presentes en el tiempo: estudio, oración, unión, amor, empatía, fe, comunicación…      

En el año en el que celebramos el VIII centenario de su muerte, no nos resulta contradictorio celebrar una muerte, puesto que, en nuestro contexto cristiano, este oxímoron cobra sentido al tener la certeza de una vida eterna. Así, celebramos que nuestro Padre fundador se reencontrara con Dios, quien ya se había acercado al Santo en vida; y con María, inspiración inagotable de la Orden de Predicadores. 

A lo largo de estos ocho siglos, sus enseñanzas han calado a todos aquellos que percibían un trabajo y una devoción que contagiaban a su paso, al principio, por quienes le conocieron y más tarde por los predicadores que han mantenido esa llama siempre viva. Sin embargo, en el siglo XXI, la tarea se vuelve más ardua. Así como el mundo ha avanzado en muchos aspectos, en otros tan vitales como los principios que determinan el crecimiento moral se han desatendido.

Nos movemos en el mundo del materialismo, de la exigencia continua con nosotros mismos, de la falta de tiempo, de las continuas prisas y del interés personal. Todo esto hace que nos olvidemos del otro, que confundamos libertad con libertinaje, que no nos escuchemos y que apenas valoremos la compañía del otro, del que nos acordamos cuando ya no está.

Por eso, necesitamos tener presente hoy más que nunca las enseñanzas de nuestro santo dominico: la oración como un momento de meditación para con nosotros mismos, el amor por encima de un reproche o un juguete, la fe como antídoto frente a la duda, el estudio como un reto de mejora personal o la comunicación, frente al silencio.

Cuando, como fieles, hayamos interiorizado estas enseñanzas, seremos capaces de entender nuestra labor dominicana: Contemplata aliis tradere-Comunicar a los demás lo que se ha contemplado, es decir, predicar con los valores de nuestro Santo. No es casualidad que el Papa haya elegido un lema tan similar al legado de Santo Domingo en el año de su centenario para la campaña del Domund 2021: “Cuenta lo que has visto y oído”.

Ahora bien, nos aviene una pregunta como continuadores de su labor: ¿Cómo comunicarle al prójimo lo que he oído de Santo Domingo? La respuesta, de nuevo, está en sus enseñanzas: la empatía, ésa con la que miramos con los ojos del otro, escuchamos con los oídos del otro y sentimos con el corazón del otro.

Este rasgo humano que ha ido difuminándose con el tiempo es el instrumento clave para la educación de nuestros hijos, la paciencia en nuestras relaciones familiares, las reconciliaciones con viejas amistades o un buen trato con nuestros compañeros. En definitiva, ponerse en el lugar del otro es la pieza imprescindible para una reactivación de la humanidad que deje atrás la ambición, el poder, el materialismo o el egoísmo que rigen la moral actual y en el que nos hemos ido dejando llevar por el “progreso” de la sociedad.

viernes, 25 de febrero de 2022

PREDICAR LA VERDAD QUE NOS EXPLICA LA VERDAD Y QUE NOS REALIZA, Fr. César Valero

Determinados sectores del pensamiento actual han renunciado abiertamente a confrontarse con las grandes cuestiones que habitan al ser humano en sus fibras constitutivas. Arguyen que “no tiene sentido preguntarnos por el sentido”.

He de indicar que me siento desasosegado con esta apreciación. Pienso y siento que lo propio del ser humano, aun sin encontrar respuestas, es preguntarse. Renunciar a las preguntas, particularmente a las preguntas últimas, exploradoras del por qué y el para qué de nuestra existencia, puede conducirnos, retrotrayéndonos, a etapas primitivas, donde la consciencia de ser humano adolecía aún de consolidación.

Estimo importante hacer de nuestra predicación una oferta de sentido y de esperanza para la gran familia humana en este momento presente de la historia. Y esto solo será posible cuando la predicación se centre en el Señor Jesucristo, haga de Él su contenido, su origen y su fin.

En Él hemos encontrado la Verdad que nos explica y la Verdad que nos realiza.

En el Señor Jesucristo, en su Palabra y en su Misión, descubrimos la Verdad que nos explica. De Él nos viene la certeza de poder anunciar con alegría que no estamos solos, perdidos en la inmensidad de los espacios siderales, fruto ciego de un inconsistente y caprichoso azar. Él afianza en nosotros la convicción de que nuestro origen y nuestra meta es el Amor del Padre Dios, que en su Misterio Insondable se ha hecho el encontradizo con la humanidad en esta larga, paciente y entrañable historia de salvación en la que Él, el Crucificado y Resucitado, es centro y garantía de Verdad. También de esperanza. Son los acontecimientos de su Pascua los que nos permiten proclamar que, pese al poder destructor del mal, éste nunca tendrá la última palabra.

Caminando con el Señor Jesucristo por las páginas de su Evangelio vamos descubriendo en su actuar la Verdad que nos realiza. Su amor sin fronteras, su paso por el mundo haciendo el bien, su cálida y efectiva compasión, su capacidad de perdón, su acogida cordial a los más vulnerables y despreciados... hacen que alcance las más plenas cuotas de realización humana. No en vano, el pasado siglo, un buen conocedor del Señor apuntaba de Él: “Alguien tan profundamente humano como Él sólo Dios podía serlo”. Transitando por estas mismas sendas también nosotros alcanzaremos esos niveles de humanización que ponen autenticidad al hecho de ser humanos.

Pienso que esta es la razón fundamental por la que nuestra predicación deberá ser siempre, en cualquier época y lugar, cristocéntrica. Y en esta cristocentralidad encontrará el coraje y la inspiración para seguir siendo una predicación profética, expresándose en cada circunstancia, y sin temor alguno, por encima y más allá de lo políticamente correcto para hacer prevalecer sin vacilar la causa de Dios y su proyecto sobre la familia humana, que indiscutiblemente buscará sin desfallecer el respeto al don sagrado de la vida, en sus múltiples e iniciales manifestaciones; y la dignidad, comunión y paz para toda la familia humana.