Amanecer toma el tema de este número, como la
encíclica del Papa Francisco Laudato Si,
(LS) del cántico de las creaturas de S. Francisco. El Papa nos
recuerda que la tierra, nuestra casa común, es una hermana con la que
compartimos la existencia y una madre bella que nos acoge entre sus brazos.
Dios coloca al hombre de tierra en la tierra con un
intercambio significativo: el hombre trabaja,
la cultiva, se pone a su servicio y el jardín (la tierra) le devuelve los frutos
de sus árboles; el hombre la custodia y vigila, mientras que el jardín le
protege de la naturaleza inhóspita de su entorno. La alianza entre la
naturaleza y lo humano está equilibrada y para el bien de los dos.
En el centro del recorrido de la LS del Papa
Francisco encontramos: ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan,
a los niños que están creciendo? Pregunta que no afecta sólo al ambiente de
manera aislado, pues no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario,
sino que nos lleva a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y los
valores que fundamentan nuestra vida social. Por eso sigue: ¿Para qué pasamos
por este mundo? ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y luchamos?
¿Para qué nos necesita esta tierra? (n 160).
S. Juan Pablo II llamaba «conversión ecológica
global» (n 5) a lo que S. Francisco sentía por el cuidado de lo que es débil y
por una ecología integral (relación fundamental de la persona con Dios, con sí
mismo, con los hermanos y con la creación. Es la sabiduría de los relatos
bíblicos, n 73), vivida con alegría y autenticidad, advirtiendo que son
inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el
compromiso con la sociedad y la paz interior (n 10).
El primer relato de la creación (Gn 1, 1-2, 4)
nos habla de cómo el hombre hebreo se comprende a sí mismo (al hilo de
narraciones culturales de otros pueblos, no importa) con una fragilidad y
vulnerabilidad palpables. Cuando se van narrando los distintos elementos de la
creación, se repite que eran buenos, excepto el día segundo, hasta que se
separan las aguas en la tierra y el día sexto, cuando aparece el hombre. Solo
al final de la creación se dice que todo lo que había hecho era bueno en
general (1, 31) y que Dios se lo entrega al hombre, pero él en sí no lleva la
calificación de bueno, como los demás elementos de la creación particularizado.
No es que se califique al hombre como malo,
sino que el espacio de la vida humana es ambiguo, está abierto, por hacer. El
hombre creado por Dios a su imagen (1, 27) es colocado en un jardín bello y
bueno, pero tiene que ir haciéndose a semejanza de Dios (1, 26), también en el
dominio sobre los animales y la tierra (1, 28). Lo mismo que Dios siendo
poderoso es humilde, el hombre debe saber dominar su poder en los encargos que
Dios le ha hecho: poner nombre a los animales, humildemente, sin utilizar la
violencia, aunque comparta con ellos en principio, la hierba como alimento.
Tener la palabra mismamente, que es signo de poder y dominio, es también
instrumento para ejercitar la humildad.
Dios crea al hombre, pero le queda tarea por
hacer a este: tiene que saberse colocar ante Dios en el jardín sin apropiarse
de lo que no es suyo, ni tenerle miedo, sino dejándose amar; saber controlar
los falsos absolutos de su imaginación que tanto le atraen; saber situarse ante
sus semejantes en fraternidad, dominando su “animalidad interior” (no como Caín
a Abel); saber reubicarse en la nueva alianza que Dios hace con Noé después del
escarmiento del diluvio; saber descubrir en Babel lo que significan las lenguas, no como una confusión o un castigo,
sino como un don para comunicarse, entenderse y encontrase con los demás
hombres. Todo ello nos dice que los hombres necesitamos un amparo vertical, una
relación horizontal con los hermanos y referencias con las cosas.
Nunca olvida el relator de la creación que el
hombre comparte con animales y vegetales el mismo origen: la tierra, que debe
cuidar y así gozar de sus frutos vistosos y apetitosos de todos los árboles en
principio, pero sin exponerse a la muerte (1, 16-17). Es necesario comer, pero
respetando la palabra que le dice al hombre el modo justo de comer: no solo
comer para sí y lo que él desea, apropiándose de todo, sin pensar ni en la
misma naturaleza, rapiñándola, ni en los demás, pues entonces morirá. La
necesidad y el deseo son tarea y limitación, es respeto que le llevará al
hombre a realizar su propia vida.
El otro día leí que el evangelio es un zumo de
vida, un concentrado teológico que se nos sirve en la copa de un texto. Jesús
nos propone una espiritualidad creativa, ecológica, que nos ayuda a descubrir
la vida que encierra la misma vida, nos hace vivir el día sexto de la
recreación del hombre constantemente y nos pone ante las situaciones cada vez
más dramáticas a las que nos enfrentamos los humanos de nuestros días. Cada día
vemos lo difícil que es ser habitantes del Edén: la muerte de nuestros
hermanos, causada por la desnutrición y el hambre producido por no repartir
bien los recursos de la tierra; aquellas otras causadas por las guerras y todo
tipo de violencia, claman lo mismo que la sangre de Abel a nuestro Dios.
La técnica utilizada irresponsablemente como
depredadora, destruye la armonía y la paz justa proyectada por el Creador. La
explotación de bosques, acuíferos, los vertidos indiscriminados en los campos,
los insecticidas, abonos y sulfatos agrícolas, las basuras, el cambio
climático, la falta de biodiversidad van minando la vida de animales y personas
y empobreciendo el proyecto de Dios y la misma naturaleza se vuelve contra el
hombre. El Papa Francisco invita: “a buscar otros modos de entender la economía
y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la
ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad
de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de
un nuevo estilo de vida» (LS 16).Jesús ve (contempla, discierne, observa
detenidamente) la naturaleza como un regalo del Creador. En un país agrícola,
como caminante no deja de admirar desde los pájaros y todo tipo de cultivo,
hasta el sol, la lluvia y el firmamento; observa la vida palpitante en los
cambios de las estaciones, sus flores y sus frutos; comprueba cómo las semillas
se trasforman en cosechas abundante y hace la comparación con el reino: sembrar
semillas de justicia, paz, fraternidad hará germinar la vida. Y así entiende
que Dios es para todos: hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia
sobre justos e injustos (Lc 6, 35). El mundo inmenso y maravilloso es de todos,
nadie puede apropiarse de él. Su dueño, Dios, lo ofrece como un regalo,
rompiendo la tendencia religiosa y moralista que discrimina a los indignos,
leprosos y pecadores. Dios no es propiedad de los buenos y piadosos.
Jesús miraba contemplativamente, no de manera
depredadora y, no solo a la naturaleza sino también a las personas, a los
colectivos sencillos y pobres, pero eso no era suficiente. No es suficiente ver
los problemas, examinarlos y ni siquiera solucionarlos técnica o políticamente.
No es suficiente ver la globalidad de la indiferencia a nuestro alrededor. Se
necesita una nueva cultura de solidaridad, tomando conciencia de las
necesidades de todos e invocando el reino de justicia, paz, perdón, compasión
en todos los rincones de la tierra. La fraternidad, el ser hermanos es la mejor
forma de afrontar nuestras fragilidades, porque somos tan débiles que no
podemos vivir solos, necesitamos vivir con otros y además Jesús alarga esta
necesidad hasta que vivamos queriendo la fraternidad y no la separación. La
conflictualidad sanguínea de Esaú y Jacob, de Raquel y Lía son caminos que nos
hablan de los proyectos y caminos del Señor, que cumple las promesas por sus
atajos.
En el fondo, los que no interesan a nadie le
interesan a él; los que no caben en las sociedades de los fuertes tienen un
lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen una religión que los
defienda, le tienen como Padre. Las víctimas de la injusticia mundial son hijos
e hijas predilectos de Dios y su vida es sagrada. No habrá vida tal como la
quiere Dios si no es liberando a los hambrientos de su miseria y humillación y devolviendo la
dignidad a los últimos.
¿Para qué sirve acumular, construir graneros,
ganar dinero, si se pierde la vida? repetirá Jesús. Bienestar, ¿para qué? Nos
creemos sociedades inteligentes, democráticas y progresistas y sólo somos unos
insensatos crueles y ciegos, que mandamos a la miseria a millones de hermanos,
pues somos responsables por nuestra injusticia e insolidaridad de su dolor por
sus carencias. Urge despertar la conciencia indignada que grite: ¡no más
crueldad y ceguera! ¡A Jesús no le gusta cómo les van las cosas a los
indefensos del mundo!
El tema de la vacuna contra el Covid es
recurrente desde hace tiempo. ¿No habrá otra vacuna contra el egoísmo, la
crueldad, la violencia? La cultura de la solidaridad, pasa por la renuncia a
acumular, porque estropea la paternidad y gratuidad de Dios. La obsesión por
tener llega a apropiarse de lo que a uno no le pertenece por principio, porque
todo es de Dios, aunque también tiene su cara de benevolencia con la renuncia y
devolviendo lo que hemos acumulado sin ser nuestro como forma de hacer llegar
la vida a la casa común (así lo explica el relato del joven rico). Esta actitud
de renuncia, debe ir acompañada también
con la de ser pobre en espíritu, superando la materialidad e identificándonos
con ellos y queriéndolos. Así ponemos la justicia por delante de nuestra
riqueza.
Son las propuestas del Papa Francisco desde la
fe ya que los deberes hacia la creación forman parte de la fe cristiana. “A
cada persona de este mundo le pido que no olvide esa dignidad suya que nadie
tiene derecho a quitarle» (LS 205).
Cambiar de estilo de vida y opciones de
consumo puede ejercer «presión sobre quien detenta el poder político, económico
y social» (LS 206). «Cuando somos capaces de superar el individualismo,
realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve
posible un cambio importante en la sociedad» (n 208).
En fin, la espiritualidad profética de Jesús
nos lleva a la alternativa de colocarnos en la cruz, con las víctimas para
descubrir cuanta insensatez anida en nuestro planeta maltratando a los
inocentes y negando la vida hasta a los no nacidos. Allí en su cruz nos damos
cuenta que el Padre no nos abandona, como no dejó clavado en la cruz al Hijo y
sí las injusticias y errores de los poderes que se creen totalitarios y dueños
del mundo. Ese perdón, asumiendo Jesús en la cruz tanta indiferencia y
prepotencia del hombre abre a la vida nueva a un mundo con futuro y esperanza,
ya que el Creador no se pliega a las exigencias, ni a los caminos por los que los
poderosos quieren llevar al mundo. Es la manifestación de la paciencia de Dios,
que abre nuestra esperanza y nuestra reconciliación, ante todo lo que nosotros
maltratamos. Tantas veces la esperanza se colma con un poco de amabilidad, una
palabra de aliento, un consuelo, un simple momento de acompañamiento en el
camino.
Comiendo Jesús con pecadores, prostitutas e
indeseables toca sus realidades y anticipa ya el banquete del reino en torno al
Padre. La última palabra sobre la historia humana la tiene Dios; sus curaciones
y opciones por la vida, las liberaciones de los espíritus inmundos (formas de
vivir y pensar que no dejan ser libres para amar); su resucitar muertos,
devolviéndoles la vida, va más allá de la propia muerte. Jesús ama sin guantes
ni mascarilla: toca para levantar a quien está caído y solo contamina ternura y
compasión.
Jesús es la realidad del pacto que Dios hace
con Noé después del diluvio. El Deutero-Isaías lo relee en el exilio y anima
nuestra esperanza. Él ensancha los espacios de la tienda y despliega los toldos
de la casa de Dios, afianzándola con cuerdas y estacas (Is 54, 3). Él restituye
la vida y la fuerza a nuestra existencia. La tan cacareada nueva cultura del
encuentro ya la tenemos expresada en el Jesús Pascual, que comparte los signos
de la humanidad débil, limitada y sus
oscuridades con sus fantasmas y amenazas de la soledad y miedos, con el
acompañamiento y el amparo. El Crucificado es el Resucitado y, por tanto, hay
futuro, salida y plenitud de vida para nuestra humanidad, pues Jesús no se
desentiende del camino humano. Lo humano es un valor.
Un valor que
acarrea tomar decisiones personales y comunitarias, sabiendo que las urgencias
apremian porque la “casa común” de la que habla Francisco en LS tiene un reloj
de dimensiones gigantescas donde se van marcando, inexorablemente, las horas
transcurridas de la historia de la humanidad y de cada uno de nosotros. Sólo
nosotros podemos darle cuerda o pararlo en seco. Antes de que sea demasiado
tarde.