lunes, 18 de julio de 2022

Milagro del río Han, Fr. Thomas Moore OP, Corea del Sur

La República de Corea paso por la era colonial japonesa y alcanzo su independencia en 1945. Pero en 1950, Corea fue destruida en la guerra que se conoce como "The Korean War".

Mucha gente alrededor del mundo enviaron mucha ayuda a nuestra patria. Por esta razón, algunas naciones lejanas recuerdan todavía a Corea como una nación subdesarrollada o medio desarrollada. De acuerdo con el Banco Mundial se considera que Corea ha llegado a niveles de países desarrollados desde la segunda mitad de 1990 y, actualmente, en 2022, Corea ha llegado a ser la undécima nación más desarrollada del mundo en la última centuria. Durante el último medio siglo, Corea ha conseguido un crecimiento económico que no ha tenido ningún otro país.

Todavía mucha gente habla del "Milagro del rio Han", hablando con orgullo del rápido crecimiento económico de Corea. Aun así, el crecimiento económico permanece todavía como el objetivo principal a conseguir. Sin embargo, detrás del espléndido crecimiento económico, hay varias cosas que nuestra sociedad debe resolver para llegar a ser una nación mejor para vivir, y son: el medio ambiente, es decir, la polución y la polarización social.

Los eventos culturales producidos últimamente en Corea atraen mucha atención en otros países, lo que aumenta su valor añadido. Una de las más importantes es la industria del cine. La película refleja la mayor preocupación de la gente de su tiempo. Nosotros podemos ver los problemas sociales, El resultado de los problemas y la actitud del público. Recientemente, la obra del director de cine Bong-Joon-ho "Parasito" recibió atención global ganando el premio Palm D'or en el Cannes Film Festival en Francia en el año 2019 y el Academy Awards de Best Picture, best screen play y best director en 2020. Esta película está basada en la reciente "Polarización de la riqueza en Corea (no incluyo el texto de la película para no alargarme).

La película "Parasito" es un film que critica la sociedad moderna coreana, donde la conciencia, el espíritu de justicia y donde la diferencia entre ricos y pobres es extrema y agravada por el hecho de que solo se busca el desarrollo económico. En los últimos 50 años, Corea ha pasado un periodo de rápido crecimiento que no tiene parangón en el mundo y ha sufrido de la excesiva polarización de la sociedad en general. Los pobres no respetan a los ricos, porque creen que han usado medios injustos. Por otra parte, los ricos ignoran a los pobres por ser incompetentes. Por eso, los vecinos que deberían aceptar sus diferencias, tener sentido comunitario y cooperar los unos con los otros están divididos de acuerdo a su nivel económico y se odian unos a otros. En la sociedad coreana de hoy, el valor económico tiene más influencia sobre la vida que la conciencia que es un valor superior.

Para mayor mal, hemos sufrido la pandemia Covid-19 desde hace 3 anos. Debido a esta irregular y larga situación, numerosos autónomos están sufriendo y forzados a cerrar las puertas debido a las deudas. El café que se encontraba a 200 metros de nuestra casa donde yo solía tomar café y hablar con mis amigos fue cerrado recientemente.

Debido a la naturaleza de los cafés privados, estos cafés no han sabido superar las dificultades y han decidido cerrar. Después de ya un largo periodo de problemas con la pandemia, estamos esperando ver el día en que nos podamos librarnos del covid-19 y volver a la situación antigua de libre tráfico, reuniones libres, etc., pero para cuando todos estos problemas hayan sido resueltos, la polarización debido al covid-19 habrá sido fatal. En el futuro, este será uno de los grandes dolores de cabeza para el gobierno de Corea.

El gobierno coreano debería trabajar intensamente en resolver el gran peligro de la extrema diferencia entre ricos y pobres. Este problema puede considerarse normal, pero un día u otro explotara, como ha sucedido siempre en otras sociedades. La diferencia social acaba siempre explotando y el gobierno debe estar atento. 

lunes, 11 de julio de 2022

España y sus riquezas, Fr. Abilio Vicente OP, Ávila

España, aunque no tiene los problema de la vivienda, de salud, de alimentación, de educación, de movilidad de los países del Tercer Mundo; y aunque ha aumentado mucho su riqueza, como ha sucedido en la mayoría de los países de la Unión Europea, de la cual forma parte, tiene que recorrer un largo camino para conseguir una más justa y equitativa distribución de la riqueza.

Hay unas diferencias abismales, insultantes, inaceptables para la mayoría de la población, entre los ingresos millonarios o multimillonarios que perciben personas relacionadas con el dinero del espectáculo, la política, los medios de comunicación social, o formando parte de las administraciones, organizaciones paraestatales y los ingresos que reciben la mayoría de los ciudadanos, con los cuales muchos de ellos apenas pueden llegar a fin de mes, haciendo, muchas veces, grandes sacrificios

Y todos los políticos, de todas las tendencias sin excepción y la gran mayoría de los ciudadanos, estamos como anestesiados frente a estas realidades tan inhumanas: para no verlas, o viéndolas, para reaccionar en masa adecuadamente. Se llega hasta decir que estas son cosas legales, “aunque quizás con poca ética”

Abunda también entre nosotros, la lacra de la corrupción. Allí donde hay dinero, sobre todo público, siempre hay personas inescrupulosas, sin la menor ética, que se apresuran a meter sus manos para robar lo que es de todos, a ensuciarse moralmente, a obtener así dineros mal habidos.                                                                          

La corrupción, ¿a quién perjudica principalmente? El Papa decía: a los más pobres, porque ese dinero sustraído a la Hacienda Pública, es el dinero que se debía emplear, muchas veces, en la mejora de la sanidad pública, y, también, a la ayuda a los más necesitados.

A través de las estafas, de las comisiones, de las adjudicaciones, de los contratos amañados, de las evasiones fiscales, de trasferencias de dinero   al extranjero, o de trasferencias de capitales a paraísos fiscales se alimentan las diferencias económicas entre los ciudadanos: mientras unos aumentan sus riquezas, otros experimentan una disminución de su capacidad adquisitiva.

Hay un Informe del relator de la ONU en España, sobre la pobreza, que dice lo siguiente: a) en la última década ha habido políticas que han llevado a dejar a la gente pobre en situación de pobreza, y a la adinerada aún más rica; b) hay algunos lugares peores que un campo de refugiados; c) la gente pobre se siente abandonada del gobierno, de las autoridades locales; d) hay personas que dicen: o pagamos las facturas o comemos o tenemos calefacción o comemos (cfr. EL PAIS, 7 de febrero de 2020).

Uno de los elementos que podría ayudar a ir rompiendo progresivamente las distancias que se dan entre los distintos estratos sociales sobre los que está asentada la sociedad española, y así favorecer a la larga una mayor igualdad en la distribución de la riqueza del país, es que todos los ciudadanos, sean nacionales o inmigrantes, gocen realmente de una verdadera IGUALDAD de OPORTUNIDADES. Pero en este aspecto es aún muy largo y difícil el camino que hay que recorrer.

No disfrutan de la misma igualdad de oportunidades, por ejemplo, para acceder a la universidad, los jóvenes del mundo rural que los jóvenes de la ciudad; o para hacer una especialidad en el extranjero, los jóvenes o profesionales de estratos humildes que los pertenecientes a sectores más beneficiados económicamente. La educación es el camino seguro para salir de la pobreza, y para ascender social y económicamente en la sociedad.

Y lo mismo podemos decir de la Igualdad de oportunidades en otros muchos aspectos de la vida: en alimentación, vivienda cualificada, atención sanitaria, cultura del ocio, disfrute vacacional en el país o en el extranjero, usos de medios de movilidad, oficios, trabajos, ejercicio de profesiones… La igualdad de oportunidades, en la realidad, es muy débil entre nosotros.

Las OPORTUNIDADES para las personas dependen mucho de si vives en zonas rurales o en zonas urbanas; si vives en determinadas ciudades o determinadas regiones de España; si tu origen social o estatus económico es bajo, medio o alto; si eres hombre o mujer; si eres nacional o inmigrante; si vives en el centro de la ciudad o en algún barrio marginal; si eres de raza blanca o perteneces  a otra etnia, presente secularmente en el país; si estás próximo al gobierno nacional, regional o local, o en la oposición a esos gobiernos.

Vivimos en una sociedad muy estratificada, poco democrática en lo social y en lo económico y, por consiguiente, con una distribución de la riqueza muy desigual.

 Frente al análisis que hemos hecho es imprescindible decir varias cosas:

  • Que, en España, hay muchas personas, muchas familias que tienen más de lo que necesitan y que hay también muchas más personas y muchas más familias que tienen menos de lo que necesitan. Que se realizan tantos gastos económicos, no para satisfacer verdaderas necesidades, sino arrastrados por la moda, por caprichos, por la opinión pública, o por las modas;
 
  • Que el problema de la pobreza, de la mala distribución de las riquezas es, fundamentalmente, un problema ético. Decía Benedicto XVI, hablando a un grupo de jóvenes en Roma, que esto se da porque hay personas que tienen un corazón de piedra, endurecido, insensible a los sufrimientos de los necesitados. A esas personas –decía- hay que hacerles un trasplante espiritual: arrancarles esos corazones de piedra y ponerles un corazón de carne, con las características del corazón de Jesús, para que se conmuevan ante las miserias y sufrimientos de los demás. Es decir, hay que hacer una revolución de las mentes y de los corazones de tantas personas;
 

· El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2405 dice lo siguiente: “los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza, reservando la mejor parte para los vulnerables”.

 

·    Dice Santo Tomás de Aquino, recogiendo el sentir de tantos Santos Padres de la Iglesia, el gran teólogo y filósofo, y maestro de formación de tantas generaciones de sacerdotes, obispos y Papas, durante los últimos siglos que aquello que nos sobra, viviendo dignamente, pertenece a los pobres. Lo cual ha planteado tantos problemas de conciencia, sobre todo, a aquellos católicos, que viven en sociedades convulsas por situaciones de injusticia y con movimientos revolucionarios que luchan, a veces violentamente, por una mejor distribución de las riquezas y unas sociedades más justas.

Frente a estas situaciones se necesita, cuanto antes, que elijamos legisladores y gobernantes, que en el desarrollo de sus funciones hagan realidad los sueños de los más vulnerables y satisfagan sus necesidades. Necesitamos que aquellas personas que ejercen la función de legislar y de gobernar sean siempre personas de las bienaventuranzas. Esto que decimos, quizás, a muchos, les perezca una quimera irrealizable, pero hay que soñarla.         

 

 

Contextos de miseria y pobreza extrema en China Fr. Jose Ángel L. Legido, Macao

En febrero del año 2022, y con motivo de las celebraciones por el centenario del Partido Comunista de China, el presidente Xi Jinping anunció el fin oficial de la pobreza extrema en China, el país más poblado del mundo. El presidente afirmó que, en los últimos 8 años, casi 100 millones de personas habían dejado atrás la pobreza extrema y más de 800 millones de personas lo habían hecho en los últimos 40 años, desde la reforma económica de Deng Xiaoping.

Lo afirmado por el presidente Xi Jinping es cierto y cualquier persona que visite China es testigo del crecimiento exponencial de su economía y de la modernización del país. Ciertamente, China presenta problemas singulares, especialmente motivados por la dimensión del país y por el número de habitantes. En un país tan grande y poblado como China, es casi imposible que el desarrollo económico se produzca de una forma homogénea e igualitaria en todo el país. Por lo tanto, es comprensible un cierto grado de desigualdad económica y social, tanto en China como en otros países similares.

Pero el hablar de cifras siempre es engañoso, porque, al final, los números siempre dicen lo que queramos que digan. Mi opinión es que, aunque ya no se pueda hablar de pobreza extrema en China, hay muchos otros contextos en los que la pobreza y la miseria están todavía muy presentes, como ocurre en todos los países del mundo. Hay que dejar ya de hablar de pobreza en términos matemáticos y estadísticos para pasar a hablar más de pobreza en términos sociales y éticos.

¿Qué es considerado pobreza hoy día? La definición de pobreza como la capacidad de satisfacer las necesidades básicas vitales de una persona es ambigua porque habría que definir cuáles son las necesidades vitales. Hoy día, hay que exponer la pobreza, en otros términos: capacidad adquisitiva real, desigualdad social por motivos geográficos o étnicos, en manos de quién y de cuántos está la riqueza de la que se presume. Por eso, hoy día se habla más de pobreza como falta de desarrollo humano, entendido como la capacidad ampliar y mejorar las capacidades humanas y las libertades de las personas.

China pasó de contribuir con algo más de 1% a la economía mundial a más del 15%. En manos de cuántos está ese 15% de la economía mundial? La desigualdad en la distribución de la riqueza en un país es una muestra de pobreza.

China ha basado gran parte del desarrollo económico y de la desaparición de la pobreza extrema a un movimiento masivo de la población rural a las ciudades de la costa que están mucho más desarrolladas. Esto presenta dos problemas que son bien visibles en China: por una parte, la desigualdad económica entre la población urbana y la población rural está aumentando con el peligro de convertirse en sistémica. Por otra parte, la emigración masiva de la población a las ciudades ha creado grandes áreas de miseria, indigencia y pobreza entre la población emigrante.

Esto es reconocido por el propio gobierno de China, donde su primer ministro ha afirmado que casi la mitad de la población (600 millones de personas) tienen unos ingresos mensuales de unos 130 euros, con lo que no pueden alquilar una habitación en una ciudad mediana de la costa. Si el acceso a vivienda, educación, sanidad, electricidad y alimentación son las necesidades básicas de cualquier persona, el desempleo, la falta de ingresos, la exclusión social, marginación, son causas de pobreza, porque impiden satisfacer las necesidades básicas de esa persona.

Esta situación está agravada por el sistema de registro civil (“hukou”) existente todavía en China, por el que los derechos civiles de una persona están vinculados al lugar donde está registrado civilmente. Hay aproximadamente 850 millones de personas con “hukou” urbano, pero hay unos 250 millones de inmigrantes en las ciudades con “hukou” rural. En muchos casos, esta población emigrante se ha convertido en un mercado de trabajadores baratos y en ciudadanos de segunda clase.

Como conclusión, aparte de reconocer lo conseguido por China en estos 40 años de desarrollo económico, también tenemos que reconocer que todavía quedan muchos objetivos que conseguir, como en cualquier otro país. Yo creo que esto pasa por dos premisas: cambiar el modelo desarrollista, tan dado a cifras interpretadas políticamente, por un modelo más social e integral y abolir el sistema de “hukou” que, en mi opinión, se puede convertir en un auténtico lastre para China y en una fuente de discriminación y de pobreza sistémica.

¿Es que siempre va a haber pobres? Fr. Javier González OP, Macao

“A los pobres siempre los tendréis con vosotros” fue una frase que Jesús dejó caer en defensa de una mujer criticada por haber tenido con él el bonito gesto de ungirle los pies con un perfume valioso. Un testigo de la escena criticó: “Su importe bien podría haber sido dado a los pobres en lugar de ser despilfarrado de esa manera”. Y Jesús le reprochó con esa frase. Pero más allá de la anécdota ¿es que siempre tiene que haber pobres con nosotros?

Sin ánimo de hacer exégesis, me pregunto: ¿qué quiso decir Jesús (o quien puso esas palabras en su boca) con esa frase de que a los pobres siempre los tendremos con nosotros? ¿Se limitaba a constatar un hecho real y previsible? ¿Canonizaba la pobreza como un estado natural? ¿Implicaban sus palabras una denuncia política? ¿Señalaba un siempre-inacabado reto al amor y a la solidaridad? No lo sé; pienso que algo de verdad hay en todas estas preguntas, y sobre todo en la última, a juzgar por la frase que Marcos añade: “y les podréis hacer bien” (14:7).

Mucho bien sin duda se puede hacer por los pobres; y mucho en realidad es lo que se ha hecho y está haciendo por ellos. Pero ¿cómo? Aquí es donde veo yo la clave para afrontar el reto perenne que con esta frase Jesús nos ha dejado a todos. Y de nuevo me asalta esa pregunta más profunda: ¿Es que tiene que haber siempre pobres? ¿Es tal la voluntad de Dios? Y si no lo es ¿dónde buscamos una solución?

Hace unos años, leyendo un libro titulado “¿Cómo hacer Teología?” me encontré en una de sus páginas con una viñeta, supuestamente humorística, en la que se veía a dos ricachones sumidos en un placentero diálogo. Y uno de ellos soltó esta ocurrente frase: “¡Si Dios quisiera que no hubiera pobres, nos habría hecho a los ricos más generosos!” A buen seguro que los dos brindarían la ocurrencia, o al menos la reirían, como muchos lectores del libro, me imagino. También a mí me hizo gracia (y por eso la recuerdo) de puro jocosa y mordaz que me pareció.

Pero lo irónico de esa frase del rico es que revela una gran verdad de dimensiones globales. No la contenida en sus dos premisas, que encuentro a todas luces falsas e irreverentes (¿cómo va a querer Dios que exista la pobreza?), sino la que está latente en un hecho que la frase implica, a saber, que la riqueza existe a expensas de la pobreza. O, dicho de otra forma, que la causa estructural de la pobreza reside en la (injusta) generación de la riqueza.

Parece abstracta la afirmación, pero se me antoja ver en ella un acertado diagnóstico, en espera aún de ser bien enfocado. Repito que mucho se ha hecho y se está haciendo para ayudar a los pobres o aliviar la pobreza en el mundo.  Admiro a Caritas, por citar un ejemplo, a Manos Unidas y a los cientos de instituciones caritativas, altruistas o de promoción humana, bastantes de ellas nacidas en el seno de la Iglesia católica, que llevan haciendo una labor encomiable de asistencia social, de solidaridad y de promoción humanas, aliviando dolor, portando esperanza… Y de paso también, tranquilizando conciencias, al brindar a la gente de buena voluntad una oportunidad de hacer el bien, de cooperar, de compartir su bienestar con los menos afortunados. Una espléndida y meritoria labor a la que yo me uno.

Sin embargo, veo con preocupación que toda esta magnanimidad no soluciona el problema real de la pobreza ni conduce al ideal deseado de que un día no tengamos pobres entre nosotros. Por el contrario, las simples estadísticas nos dicen que cada día hay más pobres en el mundo; que cada día el abismo diferencial entre ricos y pobres es más abismal…  ¿No habrá un punto de retorno? ¿O algún otro enfoque que pudiera ofrecer un principio de solución al problema?

Personalmente, no se me ocurre. Sin embargo, sí me ha parecido ver un principio de solución en unos párrafos de Fratelli tutti (3 octubre 2020) del Papa Francisco que parecen intuir el problema y ofrecer una clave para afrontarlo. Se trata de una manera distinta de entender la solidaridad humana que, aunque no muy original, sin embargo, sí es algo novedosa por estar directamente conectada no con el alivio inmediato de la pobreza (que es como la solidaridad es normalmente entendida), sino más bien con la raíz de la misma, es decir, con la causa estructural de la pobreza. ¿Y cuál es esa causa estructural? No otra que la negación sistemática de algunos derechos humanos fundamentales a un gran sector de la sociedad. Es ésta una injusticia que crea a su vez marginación, desigualdad y más injusticia. Por tanto, en buena lógica, cualquier intento de solución a la pobreza en el mundo sólo podrá venir con el reconocimiento de tales derechos fundamentales a ese sector marginado, que traería consigo su verdadera integración en la sociedad.

¿Cuál sería entonces la clave de una solución? La encontramos en ese mismo texto bajo el subtítulo poético Los desvelos del amor. Es la siguiente: “Una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad”. Y el autor lo explica así: “Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad. Esta mirada es el núcleo del verdadero espíritu de la política. Desde allí los caminos que se abren son diferentes a los de un pragmatismo sin alma” (n. 187).

“Pragmatismo sin alma”, concluye el Papa, “es abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilizan y convierten a los pobres en seres domesticados e inofensivos.”

Estas palabras me dejan pensativo. ‘Pragmatismo sin alma’… o sea, estrategias altruistas, formas de “hacer el bien”, obras de misericordia movidas por buenas intenciones, etc., pero con un defecto grave en la base: la ausencia de un justo planteamiento estructural de la pobreza. ¿No será por eso que el efecto de esas buenas obras es a menudo “pan para hoy, hambre para mañana”? Me temo que sí. Y es que la caridad sólo es plenamente tal si está cimentada sobre la justicia. En nuestro caso, cuando esa beneficencia altruista no tape o justifique una generación injusta de la riqueza. Sólo entonces los caminos abiertos por esa mirada caritativa serían los de un pragmatismo con alma.

Oí hace años que hay países en el mundo donde no hay pobres, donde se ha erradicado la pobreza. Yo aún no he visto ninguno, a pesar de haber tenido la suerte de viajar bastante. He visto, eso sí, muy diferentes niveles de bienestar y de distribución de la riqueza; algunos, por cierto, aceptables, que me han convencido de que un acercamiento a esa meta es posible y, desde luego, de que la pobreza no es ni tiene por qué ser un estado natural. No sé si no estaré afirmando una utopía, pues ya sabemos que la perfección no pertenece a este mundo. Por eso a renglón seguido digo también que me duele ver lo lejos que aún estamos de un reconocimiento universal de los derechos humanos más básicos. ¡Y sin horizonte a la vista!

Concluyo señalando la doble vertiente que yo veo en el problema real de la pobreza en el mundo: una vertiente política, que demanda soluciones globales basadas en principios equitativos, no en intereses egoístas; y otra, personal, que es el reto individual del amor que nos compele a realizar la misericordia [“obras son amores”] en favor de los más necesitados. Las dos vertientes son necesarias y mutuamente complementarias.

A la luz del panorama mundial actual y de nuestra condición humana, verdad es que no hay muchas razones para el optimismo; pero sí las hay para la esperanza, a la que no se le puede poner bozal. Por eso siempre queda el recurso de pedir al Padre común que, desde nuestra pequeñez, nos azuce en el empeño de seguir construyendo una sociedad mejor, sin tanta injusticia ni consiguiente pobreza.

Por soñar que no quede. Y más si se trata, como en este caso, del sueño bienaventurado de los pobres que esperan cada día el milagro de los desvelos del amor. Para tales desvelos, nada hay imposible. Y sin ellos, desde luego, a los pobres los tendremos siempre con nosotros.