sábado, 2 de julio de 2022

PRESENTACIÓN: La lógica de Jesús, Fr. Pedro Juan Alonso OP

Amanecer 24 se está fraguando en plena agresión a Ucrania. Esta situación, esta perturbación de la paz a nivel mundial no es ajena al tema del número: los bienes de este mundo y su distribución. En el fondo cuando uno se pregunta por esta invasión, no encuentra más que intereses económicos, mercadeo, lucha diplomática insuficiente. La política, “el cuidado de la ciudad” no tiene en cuenta a los ciudadanos, ni defiende los derechos de los que más sufren la guerra, la población normal inocente.

La disponibilidad de los bienes, riquezas del tipo que sean, están en la base condicionando y erosionando derechos imprescindibles para la dignidad de todo ser humano como la vivienda, la sanidad, la cultura, …, así como otros todavía más básicos como el agua, la alimentación, el trabajo. Y no solo eso, relacionado con la distribución de las riquezas y los talentos marca de modo determinante el desarrollo de la vida personal y social de los hombres: sus libertades y bienestar.

El “mercado” forma parte de la vida, regulando relaciones y haciéndose imprescindible y, a la vez, siendo incomprensible para la mayoría que no dispone de riquezas y para otros, que disponiendo de ellas no lo entienden, escapándose incluso al razonamiento de analistas y entendidos. De cualquier manera, los desniveles tan pronunciados que existen en nuestro planeta, por otro lado, llamado “mundo global”, “casa común” es palpable. Las cifras alarmantes y diferenciadas entre hombres y mujeres, familias de países desarrollados, ahí están, ¡cuánto más si hacemos la comparación con otros países no tan desarrollados! ¿Qué podemos hacer cuando vemos tablas de hermanos que viven con un euro al día, que no tienen acceso al agua, la luz, la escuela? Que un niño muere en el mundo cada pocos segundos, no es una simple cifra, ni un cálculo simple que cae sobre nosotros desconocedores o analfabetos emotivos.

Hay quien dice que hay una inercia en la sociedad que va tomando cuerpo, si no le ha tomado ya, deslizándose hacia los bancos, los centros comerciales, como sustitutos de los templos religiosos. Dicho en otras expresiones: que el capitalismo en la medida que da respuesta a preocupaciones e inquietudes que eran propias en otras épocas de las religiones, se han convertido en una nueva religión. No cabe duda de que dan seguridad, que hacen mirar al futuro con ciertas garantías y proyectar.

Pero esta tendencia no exime al hombre de ver a su hermano y tenerle en cuenta, ni refugiarnos en las instituciones monetarias para exculparnos en nuestros corazones. La “divinización del dinero” es idolatría y antievangélica. Es una sutileza, hace fin a lo que es medio; creemos manipularlo y nos manipula, nos mueve, nos usa, nos posee. Así, cuando la satisfacción de algunos trae como fruto el dolor y las lágrimas de muchos porque viven insolidariamente y se encierran en sí mismos, provocan un infierno en su propio interior y en sus alrededores.

En el evangelio, Jesús nunca demoniza ni al dinero, ni a los ricos. Ni siquiera cuando habla a sus discípulos de la dificultad de los ricos para entrar en el reino de los cielos, les cierra las puertas. Ya los discípulos preguntan ¿quién puede salvarse? y él les responde, que por sus fuerzas y méritos nadie, pero para Dios todo es posible (Lc 18, 19). Jesús no usa el dinero, tiene un comportamiento a este respecto: elige una vida pobre, de itinerancia, sin seguridad. Así poniendo su confianza en Dios da testimonio. Su vida no se califica por la renuncia a los bienes, ni por exaltar los bienes futuros, como mejores, sino por manifestar su pertenencia al Padre. Así explica a sus discípulos (nosotros) que no basta con renunciar o dejar todo, pues se puede hacer esta opción y estar lejos del Padre, del evangelio si no se transitan los caminos de la solidaridad.

Jesús sí lanza una sospecha debido la ambigüedad de los bienes “de la tierra”, y así se lo manifiesta en los discursos formativos misioneros a sus discípulos; así Lucas con la experiencia de desigualdad en la comunidad, no resalta la renuncia de algunos, sino su trampa, su engaño (Zaqueo, que dice que da la mitad de sus bienes; Ananías que vende el campo, pero engaña en la entrega, …). Por eso invita a repensar la relación que es más importante para construir fraternidad. Vender los bienes es para hacernos ricos ante los hermanos. Pablo habla de gratuidad, pero no como abnegación, pensando en una ganancia material o un mantenimiento con el propio trabajo sin remuneración, sino como un testimonio de liberados, que impulsa a una ética que brota del corazón.

Los bienes ejercen una fuerza seductora importante sobre el corazón de los hombres, tomando el puesto de Dios, obstaculizando la escucha de la Palabra (Mc 4, 18), pudiendo impedir el seguimiento de Jesús (Mc 10, 22); ilusionando con la libertad y haciendo fatigar en vano, que se le revierte en esclavitud (Mt 6, 24), porque falsean la verdad del hombre, le ciegan haciéndole olvidar su destino y le conducen a la deshumanización; minando la base de la fraternidad, pues le hace olvidar al otro. El corazón es capturado por el tesoro, haciéndose atrayente como cuando hacemos lo que pensamos sin más. Si el tesoro está vacío, la vida también. Poner la confianza en “mammona” (término arameo cuya raíz, tiene que ver con la fe) es creer en los bienes, que sofocan la disponibilidad para el Reino. En fin, que el sentido de posesión va creando un hombre insolidario; el deseo de amontonar y acumular poder va creando una sociedad de competencia, rivalidad y lucha, que quita la paz y rompe todo tipo de solidaridad.

En cambio, los bienes “del cielo” dan espacio a la vida del hombre que, recibiendo el amor de Dios, construye la fraternidad, la acogida al hermano débil (Mt 25). Esto es buscar primero el reino de Dios y su justicia. En el Reino de los cielos, aquí en la tierra no caben las situaciones de dominio, explotación y pobreza, porque provocan lágrimas y sufrimiento ¡menos mal que Jesús se acerca a cubrir los desamores y enjugar las lágrimas de las víctimas!

Es claro que el evangelio no nos da respuestas o soluciones a las realidades actuales de falta de distribución justa, ni nos ofrece métodos para aplicar, ¡ni mucho menos!, pero siendo tan distintos los sistemas económicos de nuestro tiempo, con relación el suyo, sí nos da pautas y apreciaciones de vida cristiana imprescindibles, que priorizan el mensaje del Reino y relativizan todo, con expresiones concretas como: hacer justicia, repartir los bienes y riquezas.

Con la presencia de Jesús en el mundo, no puede haber hombre o mujer que se sienta desvalido, haciendo el camino de la vida en soledad, con hambre, persecución, pobreza, miseria; no puede haber familias, pueblos, naciones condenadas a vivir sin tener cubiertas sus necesidades mínimas; no puede haber colectivos despreciados en la sociedad en las naciones ricas (enfermos, ancianos, etnias inmigrantes, buscadores de vida “en camino”, en salida), que se conviertan en invisibles porque nadie les mira; no puede haber víctimas del tipo que sean: hermanos juzgados por su condición personal o social, a los que miremos como inferiores, enfermos, cuando solo son distintos, totalmente hermanos.

Es verdad que la “lógica del mundo” ha deshumanizado nuestras relaciones, convirtiéndolas “mercantiles”: “tienes, vales”, “me das, te doy”, como si todo tuviera precio y tuviéramos que ver el provecho rápido y fácil. De manera simple y como si no pasara nada se va arrinconando el favor y creciendo el soborno; el cálculo toma las riendas de la generosidad; la generosidad es de flojos e insensatos. En fin, el desplazamiento de la misericordia, el perdón, la compasión, la generosidad es un hecho que no interesan en nuestro mundo, como si no entrara en “su lógica”. El problema de la lógica del mundo es que es como una gran institución, bien organizada, pero sin carisma, sin Espíritu.

Quizás sea el momento de volver a proponer “la lógica de Jesús”, como alternativa contrastante no a niveles económicos de ganancia, poder y éxito, sino como actitud que está a la base de una vida humanizadora, que va más allá de la pura distribución justa de los bienes, aun siendo esto ya muchísimo. La alternativa de Jesús va al corazón de las personas, al fondo de su existencia. Su evangelio es Buena Noticia de salvación, que Él ha actuado desde la misericordia y el perdón. Sin su amor y entrega por todos no hay salvación. El corazón del evangelio es que Jesús ama a todos por encima de nuestras deficiencias morales, nuestros territorios de nacimiento y nuestros distintos colores de la piel. Solo el amor puede desplazar al odio; solo nuestro servicio de corazón a corazón será capaz de abrirnos a los demás y compartir, solo una mirada más allá de nuestra baldosa, puede hacernos mirar con horizonte más creativo y amplio.

La cultura que propone Jesús no se basa en la explotación y el aprovechamiento del otro, sino en el dar, como propio del ser humano que tiende a realizarse como persona. Quiere una economía basada en la comunión, que se apoya en realidades concretas, frente a sistemas dominantes, que terminan por sacar a la luz sus limitaciones. Esta dimensión evangélica sobre actitudes solidarias tienen que ver con la pobreza evangélica y su opción por ella en la vida consagrada. Arraigó en nuestro Padre Santo Domingo e interpela a nuestras personas y comunidades. ¿Cómo nos afecta? Y, sobre todo, ¿qué caminos se nos invita a transitar?

En este número, además del relato predicador de Fr. Ricardo OP, presentamos nuestro espacio de predicación Porticum Salutis y su entorno conventual de Ocaña y volvemos a incluir, por su extrema necesidad, el proyecto social de los refugiados y el colegio de Myanmar.

jueves, 16 de junio de 2022

ENTREVISTA : Juan Antonio Mayorga

¿Qué importancia tiene, en la hora actual, el lenguaje como medio para la transmisión de la fe?

Si me lo permite, para responderle empezaré citando un momento de mi obra El Golem. En esa fantasía teatral, un personaje tiene la misión de aprender de memoria un texto. Ocurre que, al hacerlo, empieza a pensar, a sentir, a soñar de otra manera, quizá de aquella en que lo hacía quien escribió el texto que él ahora memoriza. Pero no puede aceptar que ello sea resultado de las palabras; se dice que tiene que haber otra explicación, como que le estén suministrando una droga o aplicando radiaciones. En un momento dado, dice a quien le encargó su extraña misión: “Si no es cosa de ciencia, tiene que ser cosa de magia. No creo en la magia”. A lo que el otro le responde: “Estos golpes de aire con que nos estamos entendiendo, ¿no son algo mágico? Esas manchas a las que llamamos escritura, ¿no son algo mágico? Que con sus palabras un ser humano haga algo a otro -lo eduque, lo enamore, lo ahuyente…-, ¿no es algo mágico? Tenemos dentro palabras de otros, ¿no es eso mágico? Somos cuerpos ocupados por palabras. Que las palabras puedan desencadenar una guerra o pararla, que haya guerras por las palabras, ¿no le parece mágico? Las palabras pueden mucho”.

Yo también creo que las palabras pueden mucho. Con ellas puede, desde luego, transmitirse una fe o deshacerla.

Considera, usted mismo, “Himmelweg: el camino del cielo” como una de sus obras predilectas. Salvando las distancias entre la terrible farsa del gueto de Terezín y la actualidad de todos los días ¿Qué credibilidad y confianza podemos tener en la comunicación, en los lenguajes oficiales, cuando están al servicio de las ideologías, los partidos políticos? ¿Qué hay de verdad en la comunicación y en la predicación hoy?

Himmelweg es una obra sobre la invisibilización del horror. A esta se orienta toda la mascarada dirigida por el Comandante, que presenta un campo de concentración como si se tratara de una ciudad normal. Pero también es necesaria la debilidad cómplice del delegado de la Cruz Roja, quien ni abre las puertas ni hace las preguntas que podrían haber revelado lo que la mascarada esconde.

Recordar esa alianza entre un engañador y otro que se deja engañar me sirve para intentar aproximarme a lo que me plantea. Estamos rodeados, atravesados por discursos interesados acerca de lo que es la realidad, y por eso todos debemos constituirnos en comentaristas de textos, tan informados y críticos como nos sea posible. Pero debemos sospechar no solo de los discursos ajenos, sino también del propio. Debemos preguntarnos hasta qué punto lo que decimos -lo que predicamos- está dominado por intereses que nos cuesta reconocer. También hasta qué punto somos autores del discurso que pronunciamos. Cada día debemos hacernos una pregunta: ¿quién escribe mis palabras? Es decir: ¿hasta qué punto, creyendo hablar, soy hablado?

Considera sus propios textos como entidades autónomas y en numerosas ocasiones ha afirmado que tienen vida propia, incluso enriquecida, en manos de actores, directores o escenógrafos diferentes al propio escritor. Trasladando de alguna manera esta forma de pensar a la historia de la Iglesia corresponde a una concepción muy luterana de la lectura de la Biblia. ¿el acercamiento a Dios podría llevarse a cabo con mayores garantías de responsabilidad y compromiso si se realiza desde una perspectiva individualizada o resulta más cómodo disponer de un intermediario (estructura eclesial) que nos ponga en escena todos los elementos necesarios para sostener nuestra fe?

En La lengua en pedazos, Teresa se atreve a decir al Inquisidor algo que escribió la Teresa histórica: que una niña sin letras puede ser más sabía que el obispo más letrado. Yo creo que, en todo caso, cualquier libro -también la Biblia- será completado de forma distinta por el obispo y la niña, y que esta encontrará en ese libro cosas que solo ella podrá leer. Un texto sabe cosas que su autor desconoce y que algún lector puede, desde su singular experiencia, descubrir, y cada lectura puede ser ocasión de una nueva vida del texto. Lo que no excluye, por supuesto, que haya lecturas más informadas, complejas y hondas que pueden ayudar a que las de otros también lo sean.

Desde luego, esas posiciones respecto de la lectura están vinculadas al modo en que concibo el teatro. Este no sucede en el escenario, sino en cada espectador -en su imaginación, en su memoria, en su experiencia-, el cual ha de ser un cómplice y un cocreador que puede hacer aparecer en la obra lo que yo no sabía haber escrito. 

En el fondo, el misterio nos sobrepasa, pero ¿cómo ser creativos y permanecer activos con las alas cortadas o al menos, recortadas? ¿hay otras salidas para la felicidad por otros derroteros que no sean los que seguíamos un poco desbocados antes de la pandemia?

Respecto de la felicidad, solo me atrevo a hablar desde mi propia experiencia. La vida me da, cada día, ocasiones de felicidad, casi siempre vinculadas al encuentro con otras personas. Pero a menudo no estoy a la altura de esas ocasiones. La pandemia, desde luego, fue causa de interrupción de un gran movimiento. Pero ¿hacia dónde íbamos? Algunos, creo, aprovecharon la detención para hacerse esa pregunta y para redescubrir el valor de cosas que a menudo habían sido, en medio de tanta agitación, despreciadas y que, de pronto, cobraron una enorme importancia. Por ejemplo, poder dar un abrazo a tus mayores y a tus amigos.

Ha sido profesor de matemáticas en instituto, ahora enseña teatro a universitarios, ha enseñado filosofía y por lo tanto mantiene un contacto permanente con la juventud, incluidos sus propios hijos. Entre los que nos educamos en contextos muy rigurosos y ya estamos entrados en años, a veces tenemos el sentimiento de que los jóvenes, por así decirlo, han perdido el norte. ¿Esto es algo habitual que dice una generación de la anterior o quizá estamos entrando en un punto de no retorno?

La experiencia de haber enseñado -o haber intentado enseñar-, en distintos momentos de mi vida, matemáticas, filosofía o teatro, ha sido para mí decisiva. Debo a mis alumnos muchos conocimientos y preguntas. Quiero pensar que los he tratado teniendo presente lo que decía Walter Benjamin de que la escuela -y, podríamos generalizar, la sociedad entera- debería ser no el lugar de dominación de una generación sobre otra, sino el lugar de encuentro de dos generaciones. También lo que decía María Zambrano de que no tener maestro es no tener a quién preguntar y, sobre todo, no tener ante quién preguntarse.

Las generaciones suelen mirarse con desconfianza y temor, como ciclistas rivales que temen que el otro ataque súbitamente y lo deje atrás. Entre ellas hay una pelea por el poder que suele empezar en la caricaturización de cada una por las otras. Como sucede entre las personas, es difícil que las generaciones se escuchen y observen sin prejuicios. Sinceramente, no encuentro más jóvenes desnortados que maduros desnortados. Y conozco a muchos jóvenes que pueden ayudarnos a encontrar orientación.

En “La lengua en pedazos” aborda la relación de Teresa de Jesús con Dios y el diablo a través del lenguaje, un lenguaje que se usa como contrapoder, incluso de manera subversiva. Admitiendo que el diablo está por doquier en este mundo, en la forma de mal, muerte, dolor, sufrimiento ¿no debería la Iglesia como institución ser menos contemplativa con el “status quo” de los políticos, la inercia de las situaciones y a través del lenguaje y las acciones ser más disruptiva? O quizá la Iglesia no tiene esa capacidad porque está demasiado imbricada en ese “status quo”.

La lengua en pedazos ha sido leída como un combate, dentro de la Iglesia, entre un guardián y una subversiva. Un combate por qué se puede y qué no se puede decir. Pertenecí a la Iglesia durante mi infancia y adolescencia. Entonces percibí a menudo, con zozobra, esa tensión entre el mensaje evangélico y la institución que me lo transmitía. Los hechos que se relatan de Jesús, las palabras que se le atribuyen son extraordinariamente desestabilizadoras. La memoria de esos hechos y palabras ha sido conservada y propagada por las iglesias cristianas, pero estas constituyen, inevitablemente, formas de poder que buscan su propia conservación. Esa tensión es, creo, irresoluble. Pero es necesario que la institución vuelva una y otra vez al Evangelio, no solo para buscar en él citas que la refuercen sino también para exponerse a su agitación.       

¿Podría decirnos si a lo largo de su ya extensa obra podría adivinarse algún hilo conductor de carácter estrictamente religioso o espiritual o tenemos que conformarnos con una visión humanista y solidaria del mundo, sin que se pueda percibir trascendencia alguna?

Creo que todos deberíamos sentir gratitud hacia las monjas y los monjes porque su mero modo de vivir nos recuerda la necesidad humana de trascendencia. Yo la busco cada día en este mundo. Además de La lengua en pedazos, que puede ser entendida como el encuentro de dos seres humanos que buscan, por caminos distintos, el sentido de vivir, creo que mi obra en que el mundo religioso es más relevante es Angelus Novus. Su argumento, por cierto, está vinculado paradójicamente a la predicación: presenta una sociedad en que se propaga una epidemia que se transmite por la palabra. En otra de mis piezas, La paz perpetua, la pregunta por Dios es introducida por un personaje muy singular: un perro con conciencia.

La Biblia, esa gran colección de narraciones, muchas de ellas perfectamente teatralizadas: ¿Además de Job, algún otro personaje le ha resultado especialmente atractivo?

Creo que el relato del buen samaritano contiene la escena moral fundamental, que a todos nos interpela: la del ser humano que en su camino encuentra a otro que lo necesita. Encierra un mensaje fundamental: cada ser humano es responsable de todos los demás. 

Como ha participado en diversas actividades realizadas por los dominicos, en concreto en Ávila, sin que suene a recomendación, ni a consejo, más bien desde la perspectiva de la historia de la filosofía, para una institución nacida en el siglo XII, ¿nos podría dedicar una cita de alguna de sus obras, aplicarnos una frase de Walter Benjamin o una propia suya para mirar el futuro con esperanza?

Gracias a mi maestro y amigo Reyes Mate, he podido conocer a algunos dominicos de los que también quiero considerarme amigo -el añorado Marcos Ruiz, Felicísimo Martínez y últimamente al editor de esta revista-, y también conocer un poco vuestro mundo. Entre los trabajos teatrales que hice en Ávila para la Cátedra Santo Tomás -uno de los cuales fue, por cierto, el embrión de La lengua en pedazos- estuvo “Primera noticia de la catástrofe”, cuyos protagonistas son los heroicos dominicos que denunciaron el “estrago de indios” que se estaba produciendo en la América colonizada. Siento, en fin, un afecto especial por la orden de predicadores. Os ofrezco, amistosamente, una idea de Benjamin: si no podemos ser pesimistas, organicemos nuestro pesimismo. Esto es, no dejemos nunca que la visión crítica de lo que hay nos arrastre al fatalismo y, por tanto, a la inacción.

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Juan Antonio Mayorga Ruano (Madrid, 6 de abril de 1965) es un dramaturgo español. Su dramaturgia, profunda, comprometida y metódica, ha traspasado las barreras nacionales para ser traducido y representado en los principales teatros europeos. Colaborador asiduo de compañías como Animalario, ha trabajado como adaptador y dramaturgo para el Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue miembro fundador de la Academia de las Artes Escénicas de España y actualmente dirige la Cátedra de Artes Escénicas​ de la Universidad Carlos III de Madrid. Premio Nacional de Teatro en 2007 y Premio Nacional de Literatura Dramática en 2013, el 12 de abril de 2018 fue elegido miembro de la Real Academia Española para el sillón "M".