martes, 22 de mayo de 2018

PREDICANDO EN LAS FRONTERAS: COMPARTIENDO LA FE CON TRABAJADORES EMIGRANTES (MACAO), Fr. Jarvis Sy O

 Con la familia dominicana, celebramos el centenario de la fundación de las Dominicas Misioneras del Rosario (1918-2018). Excelente ocasión de hacer memoria de esas mujeres valientes que, a lo largo de una centuria, han abierto caminos hacia nuevas presencias de acción misionera. 
 
Es la única congregación dominicana sirviendo en la Diócesis de Macao; su presencia data a principios de la década de los cincuenta, cuando las MM. Dominicas, que fundaron en la China continental, fueron expulsadas del país con todos los misioneros por el gobierno comunista. Mientras algunas hermanas recalaron en Filipinas y Taiwán, algunas se quedaron en Macao donde comenzaron su presencia prestando servicios en el seminario diocesano de San José.  
 
Entre tanto, comenzaron a acoger vocaciones nativas. Pronto abrieron un dispensario en un barrio pobre de Macao y con el tiempo desarrollaron un centro de mujeres, un parvulario y escuela primaria católica para la vecindad obrera con el nombre de Sagrada Familia. Esta institución existe hasta hoy. Pronto, las hermanas también fueron invitadas a regentar un orfanato que funcionó por muchos años hasta que hace poco tuvieron que devolverlo a la diócesis por falta de personal.  
 
Durante los últimos años, gracias a la reorganización de las coordinadoras regionales en Asia Pacífico, las jóvenes postulantas y aspirantas procedentes de varios países del entorno están reunidas en Macao donde reciben su formación inicial dominicana y acuden a la Universidad Católica de San José para los estudios universitarios. 
 
Aparte de la labor educativa a la que las hermanas están dedicadas, más el trabajo de formación de sus aspirantes en Macao, una de ellas, la filipina, Hna. María Lourdes Blanco está abriendo nuevos caminos evangelizadores en Macao, siguiendo una tradición muy querida por la Congregación. 
 
Sor Malou (como la llamamos con cariño) colabora en el apostolado para los trabajadores emigrantes en Macao. Nuestra hermana dominica es una de las muchas colaboradoras en el Centro Filipino Diocesano de Macao, bajo la dirección de Padres Filipinos de la Congregación de la Nuestra Señora de la Trinidad (SOLT). Pero su trabajo merece ser citado por ser un trabajo típicamente dominicano. 
 
El trabajo principal de Sor Malou es impartir formación religiosa a los trabajadores emigrantes. Es un trabajo al que los curas no pueden dedicarse por sus muchos compromisos pastorales. Desde la incorporación de la hermana al equipo pastoral, la formación de los laicos se ha convertido en una una prioridad, gracias a su presencia y la dedicación de su trabajo. 
 
La mayoría de los filipinos trabajadores son católicos bautizados; es fácil convocarles para alguna celebración litúrgica sobre todo si hay cantos y fiestas después de la liturgia. Son gente que aprecian mucho esas grandes asambleas religiosas y fiestas. Por eso, en casi todas las Iglesias de Macao, donde existen las misas en inglés, se llenan rápidamente por filipinos. Lamentablemente, nos quedamos con la imagen de la gran concurrencia de personas, las fiestas y la devoción con que asisten en las celebracione. La otra cara está en el hecho de que mucho de ellos, aunque son cristianos comprometidos, o van a la iglesia para las misas y las devociones les falta una formación básica cristiana. Muchos estando en su país, nunca van a la iglesia, pero cuando están trabajando en el extranjero, tal vez por la necesidad de estar con sus paisanos, la soledad, o la necesidad de la ayuda divina, acuden a la iglesia.  
 
Los trabajadores emigrantes católicos constituyen un gran desafío para la iglesia de Macao. No basta la multiplicación de sitios para más misas o más actividades religiosas mientras la formación básica y catequética resulta insuficiente.  
 
Ahí entra nuestra hermana, en colaboración con el centro, ella se encarga de cursillos cortos para los trabajadores que quieren ahondar su fe, quieren comprometerse bien sea como apóstol seglar, ministros extraordinarios, etc. y a los que quieren redescubrir la fe por el proceso de catecismo. 
 
Impartir cursos o catequesis tal vez no sea una novedad para una religiosa como la Hna Malou. Las experiencias pastorales en Filipinas o en el extranjero son innumerables en este sentido. Pero trabajar en un entorno social familiar sea una parroquia o un entorno educativo cercano es muy diferente a esta tarea entre los trabajadores emigrantes. 
 
La procedencia tan dispar necesita una flexibilidad para impartir la fe. Cada uno de los que acuden al curso tiene un nivel de cultura y nivel de conocimiento religioso distinto. Por eso, mientras se imparten las clases por grupo, hay que tener en cuenta las necesidades de cada uno. Se necesita mucho tiempo de preparación y creatividad para impartir temas que no siempre son interesantes por la mayoría. 
 
Ella explica el contenido, clarifica las dudas y fomentar un ahondamiento de compromiso cristiano. Pero su trabajo no termina aquí. Continúa con el acompañamiento espiritual, asesoramiento y la oración. Toda una labor dominicana. 
 
Lo más complicado es encontrar el mejor horario para todos. Hay que tener en cuenta de que no todos trabajan como amas de casa, niñeras o enfermero con los ancianos; algunos trabajan en los muchos casinos de lujo o restaurantes de alta cocina o en los bares donde los horarios de trabajo son distintos. Y si disponen de tiempo, tienden a juntarse con sus amigos o familiares más que ir a escuchar las clases de la hermana. Por eso, en más de una ocasión, ella tiene que organizar las clases a horas intempestivas de la noche para asegurarse que todos pueden asistir. 
 
Este trabajo no promete cambios radicales y respuestas seguras de los problemas pastorales y personales, pero si, tras un conocimiento y entendimiento de la fe que profesan, se notan cambios de actitudes, cambios de forma de ser y ver las cosas… 
 
Quizás, su trabajo no llame la atención, ni los aplausos, menos aún elogios masivos de la jerarquía; pero es un trabajo necesario, vital para la reevangelización. Las largas horas para preparar las clases, a lo que se añaden las horas de oración para que la palabra dictada, sea palabra bien recibida y que fructifique en las vidas de los catequizados son elementos intangibles, invisibles. Su valor fundamental reside en que sólo Dios lo sabe. 
 
Viendo la dedicación que tiene ella en su cometido, sus desvelos y preocupaciones, me hace recordar tantos relatos de las hermanas pioneras cuando comenzaron los trabajos: sus dificultades al comenzar una misión, bien sea en las selvas, en las ciudades y pueblos. Santas y valientes tuvieron que ser, santas y valientes tendrán que seguir siendo para continuar el bello, aunque a veces resulte invisible, del apostolado: de compartir la fe, de predicar la palabra salvadora a los demás. 

martes, 10 de abril de 2018

LAICOS DOMINICOS EN JAPÓN: HISTORIA GLORIOSA, RENOVACIÓN EN MARCHA, por Fr. Mariano González OP

Orígenes: época de los mártires (1600 -1640)

 

Los laicos dominicos en Japón han sido una parte integrante y activa de la Familia Dominicana desde el comienzo de la misión. A finales del siglo XVI, nuestra Provincia aceptó ayudar a los cristianos japoneses que estaban perseguidos y necesitaban sacerdotes. Al llegar al sur de Japón, los primeros misioneros dominicos se encontraron con una iglesia perseguida y con pocos sacerdotes pero, por otro lado, muy viva con muchísimos laicos, muy activos en la proclamación del Evangelio.

 

Por ello, una de las primeras cosas que hicieron nuestros misioneros fue establecer la Confraternidad del Rosario y comunidades de terciarios para respaldar la espiritualidad de muchos fieles celosos que querían seguir el carisma de dominicano de los misioneros. De ellas, las más famosa fue la organizada en Nagasaki, eran tantos los que deseaban entrar, que se tuvo que poner el límite máximo de 300 miembros por no haber lugar, ni tiempo para formar más.

 

Dadas las dificultades y peligros que experimentaban los sacerdotes durante esos años, los miembros de dichas fraternidades se convirtieron en una gran fuerza y ayuda misionera, trabajando fiel e incansablemente enseñando a la gente la doctrina cristiana, atrayendo conversos a la Iglesia y cuidando de los mismos sacerdotes, escondiéndoles en sus casas, guiándoles por lugares los misioneros extranjeros no conocían, ayudándoles como catequistas, traductores, secretarios, etc. Y al final su testimonio cristiano les llevó a dar su propia vida por el evangelio, como por ejemplo las mártires vírgenes terciarias Sta. Marina de Omura y Sta. Magdalena de Nagasaki, así como el cofrade del Rosario, San Lorenzo Ruiz de Manila.

 

 

Nuevos comienzos: raíces de las comunidades actuales

 

Pasó la época gloriosa del cristianismo en Japón y llegó la persecución que prácticamente exterminó toda presencia pública cristiana, cerrando la nación al contacto exterior y controlando la población con mano de hierro a través del miedo, odio y temor hacia lo cristiano y extranjero.

 

Al volver nuestros misioneros a Japón de nuevo en 1904, se encontraron con una población nativa con muchos prejuicios y poco favorable al extranjero y a su religión, todo lo contrario que había sucedido durante el siglo de oro cristiano en Japón tres siglos antes, y en consecuencia el trabajo misionero será más arduo y el fruto más escaso. Ya no hay familias, grupos o gran cantidad de japoneses abiertos a aceptar el cristianismo, sino serán pocos, literalmente el trabajo será personal difícil.  Esta nueva realidad social japonesa que afectará el desarrollo lento de la Iglesia en Japón. Una iglesia de pocos cristianos y bastante dependiente del sacerdote misionero extranjero.

 

A pesar de ser pocos, sea individualmente como en los pequeños grupos diseminados por varias ciudades del país, los laicos dominicos terciarios y miembros de la cofradía del Rosario, como siempre, han sido fieles a su carisma y siguen jugando un papel importante en la ayuda a la iglesia, sobre todo en las pequeñas parroquias y escuelas, que han sido las dos formas más utilizadas en el último siglo para la evangelización en Japón.

 

Al volver de nuevo los dominicos de la Provincia del Rosario a Japón en 1904, se instalaron en la ciudad de Kochi para poder evangelizar la región de Shikoku, lugar en donde la Santa Sede había establecido un Vicariato Apostólico.

 

Se conformaron grupos pequeños de terciarios, muy fieles, celosos apóstoles que ayudaban en las tareas apostólicas a los misioneros en las parroquias y otras actividades. Su madurez cristiana, dedicación y su influencia fue bastante importante.

 

Al terminar la guerra, en 1946, el P. Vicario y también encargado de los terciarios, P. Vicente González OP, comienza en Kochi un nuevo registro de la Orden Tercera, aceptando a varias personas, entre ellos al capellán americano.  En 1947 entran 5 personas más en Kochi y 3 en Niihama.  En 1948, son admitidas 4 personas más de Oihana y 5 de Abajina.  En 1949, 8 personas de Kochi y 2 de Matsuyama, y así poco a poco irá creciendo el número de nuevos terciarios en los diversos lugares en donde trabajan nuestros misioneros.

 

 

Renovación de las comunidades y sus actividades

 

La tendencia del siglo XX continúa en el XXI, agravada quizás por las nuevas ideas posmodernistas y hedonistas de la sociedad, así como el envejecimiento agudo que por muchos años ha ido diezmando la Iglesia en Japón.

 

Sin embargo, nuestro vicariato de San José en Japón no quiere resignarse y se ha intentado, en los últimos años, reformar las instituciones para mejor cumplir nuestra misión y ello conlleva también, el impulso y renovación de la Familia Dominicana. El promotor vicarial ha trabajo mucho para que la unión tradicional de todos sus miembros siga siendo fuerte, reorganizando e impulsando las comunidades de laicos dominicos, creando nuevas en torno a parroquias de los frailes y conventos de hermanas dominicas, con el objetivo de rehacerlas con nuevo personal, más joven y mejor formado.

 

Para ello, se han creado materiales impresos como por ejemplo : se rehicieron los estatutos, se han traducido o escrito varios libros  con temarios para la formación de los miembros en todas sus etapas (postulantado, noviciado, juniorado, formación permanente), un manual de oraciones y estudio para las  reuniones  mensuales y,  sobre todo, hace  tres  años, se creó la revista mensual AGAPE, con noticias, meditaciones, contenido de la Orden, santos, historia, espiritualidad dominicana y también formación general católica, etc.

 

En la actualidad existen varias comunidades. La de Matsuyama (para la prefectura de Shikoku): unos 60 miembros con su sede en la parroquia del Sagrado Corazón de Matsuyama, heredera de las fundaciones laicales realizadas por los frailes en la región de Shikoku desde 1904, se ha convertido en la comunidad madre para las demás.

 

La comunidad de Fukuoka (en la isla Kyushiu): unos 15 miembros con su sede en la parroquia de Hakozaki (Fukuoka). La comunidad de Okazaki (para la zona de Nagoya): 9 miembros, con la sede en el convento de las hermanas Dominicas Misioneras de Santo Domingo de la ciudad de Okazaki, así como la comunidad de Itami (para la ciudad de Osaka):  6 miembros con su sede en el convento convento de las hermanas dominicas Misioneras de Sto. Domingo de Itami.

jueves, 15 de marzo de 2018

DOMINICOS PREDICADORES EN LA TIERRA DORADA DE LOS MENDICANTES (BIRMANIA), Phillip Soreh OP



“Sus monjes se pasan el día trabajando; por eso son ricos. Los nuestros, en cambio, se pasan el día pidiendo; por eso son pobres”. Así me comentó una sencilla mujer budista que a menudo pasa por delante de nuestra casa para ir a su arrozal. Aunque no me parece una buena comparación la suya, sin embargo, no le falta algo de razón.


Nuestra casa dominicana en Loikaw, Myanmar, se yergue en una zona rural sin ningún otro edificio más alto a su alrededor. Es como un castillo en el desierto. Cerca de la casa hay un cementerio, y en ese cementerio hay un pequeño monasterio en ruinas en el que vive un monje budista. Cada día, a las seis en punto de la mañana, a la misma hora en que nuestros hermanos preparan el pan y el vino para la celebración de la Misa, el monje sale de su austera tienda, descalzo, con un recipiente en sus manos para mendigar su comida diaria. Siempre me recuerda nuestro origen 'mendicante'. Y a menudo me pregunto si yo tendría algo que comer si me dedicara a pedir como él.


Aunque seamos ‘Mendicantes’ eso no quiere decir que tengamos que contentarnos con depender exclusivamente de las limosnas dadas para nuestro sustento. Mendigar es común en Birmania, y la mayoría de las ciudades están plagadas de mendigos de toda clase. No obstante, creo que es preferible ganarnos el nombre de “monjes trabajadores” en lugar de “monjes mendicantes”.


Desde el comienzo de nuestra presencia dominicana en Birmania, hace unos pocos años, los hermanos de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario nos preguntamos: “¿Qué vamos a hacer en Myanmar?” La pregunta es simple, pero nadie hasta ahora ha encontrado una respuesta. La respuesta más fácil de dar, y también la más sencilla de cumplir, habría sido: “Pedir”. Pero gracias a Dios, a nadie se le ha ocurrido hasta ahora responder así. Creo que el hecho de no haber encontrado aún una respuesta a esa enigmática pregunta es un buen signo para la misión.


Desde que nuestra provincia dominicana estableció su presencia en esta Tierra Dorada (eso significa Birmania o su forma literaria: “Myanmar”), otra pregunta que aflora en los labios de muchos de sus miembros es: “¿Qué están haciendo nuestros hermanos en Myanmar?” A esta pregunta, yo respondería como Jesús: “Venid y veréis”. Pero antes de invitaros a venir y ver, quiero dar unas pinceladas sobre la misión.


Los hermanos dominicos que han pisado este país de misión han experimentado emociones muy variadas: Algunos se han sentido como “Alicia en el país de las Maravillas”; otros, como “Robin Hood en el país de las Aventuras”; e incluso otros se han identificado con “San Pablo en un país pagano”. Debo decir que todos tienen razón. De hecho, esta tierra de misión es realmente maravillosa, aunque uno a veces necesita el espíritu aventurero de Robin Hood y la voluntad de arriesgar la vida como San Pablo en su afán misionero.


Sus gentes son amables, pero sus culturas son con frecuencia hostiles a la predicación del Evangelio. La religión es un tema casi tabú para la gente. Puedes disfrutar de su amistad con tal de que no menciones el tema de la religión.


Nuestra casa dominicana en Loikaw está rodeada de varios poblados católicos, budistas y animistas, moradores en su mayoría pobres y sencillos. (La gente normalmente está unida por prácticas religiosas). A juzgar por las costumbres, los católicos a menudo se vanaglorian de que sus monjes no piden sino que rezan por la gente. Los budistas, algo resentidos, responden que ellos tienen monjes que mendigan y rezan por la gente. El chamán animista es siempre un sabio que se coloca en el medio para juzgar quién de los dos tiene razón. Emitido un juicio, la mayoría de los animistas se inclinan por el budismo, y sólo un puñado de ellos se convertiría al catolicismo. A menudo me pregunto si a los ojos de la gente hay algo que no es correcto o que no es del agrado de los espíritus de esta tierra. ¿Qué puede ser?


Tenemos una casa en Zaw Gyi, Mandalay, en el centro de Birmania, donde hemos abierto un centro social que ofrece escolaridad gratuita a niños pobres de los pueblos de alrededor. La mayoría de los estudiantes son budistas que quieren y respetan a nuestros hermanos dominicos a quienes consideran “poco menos que dioses”. No exagero si digo que a veces vienen y se arrodillan ante un hermano para adorarlo. ¡Qué bonita experiencia la de ser un pequeño dios en este País de las Maravillas! Sin embargo, dios no es lo que un hermano debe ser; sí, en cambio, emisarios de Dios. Si podemos lograr ser “un dios”, probablemente no es tan difícil ser un “profeta de Dios” para ellos.


Jóvenes de la parroquia
Rangún, la antigua capital de Birmania, es un lugar más abierto al mundo, pero a menudo está cerrado a las religiones. Los dominicos, en una parroquia muy pobre llamada Shwe Pyi Thar, que nos ha sido confiada, hemos construido una iglesia que por desgracia tuvo que ser edificada con la apariencia externa de almacén. Los domingos, la mayoría de los feligreses tienen que viajar una o dos horas en autobuses abarrotados para llegar a misa a esta iglesia-almacén. En la época de lluvias, la zona se inunda. Como las aguas cubren el camino de acceso, la gente tiene que cruzar un pequeño “mar rojo” de lodo y suciedad para llegar a la iglesia, que aprecian como si fuera “la tierra prometida donde mana leche y miel”. Me admira su fe, mucho mayor que un grano de mostaza. ¡Que fe tan maravillosa!


“¿Qué están haciendo los hermanos dominicos en Myanmar?” Esta pregunta incómoda me persigue. Y preferiría no tener que responderla. Contar nuestras experiencias cotidianas en esta tierra de misión es lo que puedo hacer para satisfacer la curiosidad de quienes nos preguntan. Yo mismo no soy mejor que 'el monje mendicante' de Loikaw. Es más, a veces prefiero ser “un dios” en Mandalay que ser “un profeta de Dios” en esta tierra. Y es que mi fe personal, comparada con la de los feligreses en Yangon, está todavía muy lejos alcanzar el tamaño del grano de mostaza.


El actual Maestro de la Orden llegó a Myanmar hace unos meses para hacernos su segunda visita canónica. Un hermano le puso al corriente de las dificultades y sombras de la misión. Después de escucharle atentamente, el Maestro le reconfortó con estas palabras: “No te preocupes demasiado, hermano, sobre qué hacer y cómo hacerlo. ¡Sé un dominico!” ¡Qué afirmación más fuerte! Hemos estado tan preocupados por el “qué hacer” que nos hemos olvidado completamente del “qué ser”.

miércoles, 21 de febrero de 2018

NO SOMOS LOS DUEÑOS DE LA VIÑA, SÓLO SUS LABRADORES (CHILE), por Sor Marta García Gómez OP. Misioneras de Santo Domingo

Desde que me propusieron escribir este artículo, han estado rondando diferentes ideas en mi cabeza, el concepto transversal seleccionado para este número de AMANECER fue inspirador, junto con el Evangelio de este pasado domingo vigésimo séptimo del tiempo ordinario, con su clara llamada a no hacernos los dueños de la viña, pues tan sólo somos labradores al cuidado de ella. La cosecha no nos pertenece, esa le pertenece sólo a Dios que quiere que los frutos sean repartidos entre todos sus hijos sin distinción ninguna. Voy a explicar cómo enlazo todo con la misión de Chillán, en la región de Biobío Chile (400 km. al sur de Santiago), que es donde vivo.

La Orden de Predicadores ha contado en su seno con la presencia de frailes, hermanas de vida activa y contemplativa, y laicos desde mucho antes que se comenzara a hablar de la “misión compartida”. A la cual hemos llegado, gracias al empuje de la historia que nos lleva a descubrir que los caminos de Dios son sorprendentes, y que de una crisis es capaz de suscitar las mejores respuestas.

Y ciertamente, la disminución del número de frailes y hermanas, hizo que los laicos entraran con toda su fuerza, hizo que todos descubriéramos y comprendiéramos que hay que compartir toda labor; porque, además, en muchos ámbitos los laicos nos enseñan. Ciertamente, no es cuestión de comparar, sino de trabajar en familia, de predicar en familia, que es lo que se gestó en el corazón de Domingo. Y esto se vive en todo su esplendor en la comunidad dominicana de Chillán, a la cual me siento muy feliz de pertenecer.

En torno a la Parroquia de Santo Domingo de Guzmán, vive una comunidad de frailes y otra de hermanas, más los numerosos grupos de laicos que pertenecen a ella. Casi que no estaría bien decir una comunidad “de” y otra “de”, porque todos tenemos plena conciencia de formar una sola comunidad. Y si somos una comunidad, pues todo se comparte, la vida y la misión.

Nuestra misión como la de cualquier parroquia en cualquier lugar del mundo, pasa por el desarrollo de la parte litúrgica y sacramental. Hay grupos de catequesis de primera comunión para niños y padres, de confirmación para jóvenes y adultos, grupos para compartir la palabra, talleres de señoras, grupos de adulto mayor (tercera edad), grupos del rosario, de la Legión de María, comunidades de base… y todos trabajamos en esta viña parroquial que está divida en capillas, en concreto, cuatro urbanas y tres rurales.

Para aquellos a los que les suene nuevo, una parroquia abarca sectores territoriales extensos, por lo que cada sector se subdivide en pequeñas comunidades, pequeñas parroquias, que tienen como centro la capilla. Decimos pequeñas porque son divisiones de la parroquia, pero de pequeñas algunas no tienen nada.

Además, contamos con un comedor solidario donde grupos de voluntarios sirven el almuerzo para hermanos en situación de calle de lunes a sábado, y un policlínico que presta servicios de medicina general y especialidades para aquellos que tienen menos recursos. Y un centro de estudios teológicos, porque del conocimiento de la Palabra y de la oración de la misma nace la predicación, somos dominicos.

Es evidente que toda esta actividad sería imposible que la realizara un grupito de frailes, o de frailes y hermanas. Todos somos necesarios, cada uno desde lo que pueda aportar, cada uno con sus dones, pero todos unidos por una misma vocación de servicio que nace de nuestro reconocimiento del otro como nuestro hermano.

Esto es lo “estructural”, pero lo “vivencial” es lo mejor. El problema es que no hay palabras para compartir las numerosas historias vividas, los gestos, las miradas encontradas, las alegrías y las penas compartidas: VIDAS. Ésa es la tierra sagrada del hermano a la que llegamos para regalarle la Palabra de Dios de muchas formas, y este hermano, que tiene numerosas caras y nombres, nos regala su confianza, acogida, cariño, de modo que el enriquecimiento es mutuo. Somos bienaventurados no sólo por poder compartir y vivir en familia el don de la Orden de Predicadores a la cual de una forma u otra todos pertenecemos, sino también bienaventurados porque entramos en su casa, en la tierra sagrada que es el corazón del otro donde habita el Dios de la vida.

Como decía al inicio, aquí no vale que nadie se haga el dueño de la viña, porque entonces no llegaríamos nunca al vino del amor que alegra el corazón del hombre. Todos predicamos en familia, unos cocinando, otros en una consulta, otros acompañando a personas mayores, a niños, a jóvenes… la unidad de la comunidad es la primera predicación. Y ésta se muestra en cada una de las acciones que los miembros de la misma desempeñan.

Una de ellas por citar alguna, es la “Cena para el Hermano” en Navidad. En el pórtico de nuestra parroquia se sirve la cena de Navidad para los mismos que a diario comen en el comedor. Un grupo se encarga de vender las entradas a personas que no irán a cenar porque no lo necesitan, pero que la compran para que otro vaya. Otros, cocinan, ponen unas mesas dignas del mejor restaurante, otros sirven, van a comprar alimentos, y ese largo etcétera que requiere una cena navideña para una familia de más de setenta personas.

Sin la presencia de unos u otros la experiencia de comunidad no sería completa para el resto. Nos complementamos, nos ayudamos y nos enriquecemos mutuamente. La sola vida de cada uno de los miembros es para los demás, la presencia de Dios en la comunidad.

No quiero dar a entender que sea maravilloso y todo perfecto. Lo es, pero con las debilidades humanas incluidas. Nuestros fallos, los mismos que en cualquier otro lugar, tan humanos y hermanos como en todas partes.

No había forma de apagar las 800 velas, que formaban el número 800 en el suelo, cuando celebramos nuestro jubileo dominicano, como tampoco habrá viento que apague la antorcha de aquel cachorro que la Beata Juana soñó que prendía al mundo, y que hoy seguimos portando. Y que de formas, las cuales quizás ahora no podemos ver ni imaginar, seguirá ardiendo si sabemos, y si dejamos, que nos vaya susurrando el Espíritu al oído. A todos los que a lo largo de 800 años lo hicieron posible, ¡¡GRACIAS!! Bienaventurados, felices, nosotros que compartimos esta misión. BIENAVENTURADOS.

jueves, 8 de febrero de 2018

UNA EXPERIENCIA CONTAGIOSA: LAICOS DOMINICOS Y LAS NUEVAS ARMAS DE LA EVANGELIZACIÓN (VALLADOLID), Carlos Malillos


Carlos Malillos (1º drcha.) con antiguos alumnos
Corría el año de 1973, cuando la actividad docente me llevó un buen día a ser profesor de Física y Química y de Matemáticas en el colegio dominicano de Arcas Reales de Valladolid. Por aquel entonces, el edificio de Fisac albergaba únicamente a alumnos pertenecientes a la Escuela Apostólica, con lo que mi labor se concretaba en impartir las asignaturas citadas.

Con el transcurso de los años, el número de aspirantes al noviciado fue en regresión, a la vez que se incrementaba el número de alumnos externos. Fue entonces, cuando los profesores seglares fuimos incorporándonos al hacer apostólico y cuando, en concreto, a mí me designaron Responsable de la Comisión de Solidaridad. De aquella época recuerdo las innovadoras campañas de materiales reciclables: varias de papel y una de vidrio, que abarcó a toda la ciudad de Valladolid y en la que recogimos una ingente cantidad de este material, que supuso 700.000 pesetas de la época, todo un dineral que entregamos a "Manos Unidas" para un proyecto solidario.

Para proyectos solidarios de esta misma ONGD era también el dinero recaudado en las famosas "Cenas Dominicanas del Hambre", en las que, con la colaboración de padres, profesores, alumnos y AMPA, elaborábamos una considerable cantidad de tortillas que, convenientemente transformadas en suculentos bocadillos, se vendían a un precio muy razonable, con la sana intención de degustarlos tras un acto litúrgico que celebrábamos en la capilla del colegio.

En nuestro intento de educar a nuestros alumnos en sentimientos de solidaridad, pusimos en práctica la recogida de alimentos no perecederos, en días próximos a la Navidad, que entregábamos al Banco de Alimentos. Durante varios años, fuimos el colegio de Valladolid que más kilos de comida entregó, con un voluntariado que no alcanzaba los 500 alumnos. Todas estas colectas se siguen realizando en la actualidad, con ligeras modificaciones, y con notable éxito.

Otra de las tareas en las que me vi involucrado fue en la de colaborador de la revista "Dominicos". Quizás fuera este hecho el que marcara el inicio de mi vocación literaria, aparentemente tan alejada de mi tarea de profesor de Ciencias.

Tras cuarenta años de estancia en el colegio, llegó el momento de mi jubilación, que no supuso alejarme definitivamente de mi lugar de trabajo ni de mi contacto con la Orden, antes bien, me integré en la misma a través de la Fraternidad de Laicos existente en mi ciudad. Como dije en el día de mi despedida como docente, el roce hace el cariño y el contacto con dominicos durante tantos años, ha hecho que me haya convertido en uno de ellos.

Desde la Fraternidad intento seguir siendo fiel al carisma dominicano, participando en reuniones con mis hermanos, en donde el estudio, la oración y la predicación son los pilares sobre los que intentamos sustentar nuestra vida espiritual.

Dado el continuo descenso de vocaciones en monjas, hermanas y frailes, no resulta aventurado predecir que la cuarta rama de la Orden, la de los laicos, está llamada a convertirse, por número y por deslocalización, en la que, potencialmente, puede hacer llegar a más personas la Buena Noticia. En tiempos de nuestro padre Santo Domingo, se predicaba por calles y plazas; en siglos posteriores, desde el púlpito; pero en la actualidad, los medios de comunicación, tanto impresos como digitales, y sobre todo estos últimos, parecen los más idóneos y los que mayor poder de penetración tienen en una sociedad que se declara, en su mayoría, agnóstica, y que huye de todo aquello que proceda de fuentes clericales.

Carlos Malillos firmando una de sus obras
Esto me ha llevado a experimentar con un tipo de apostolado nada original, pero sí bastante diferente a lo que se suele hacer. Poco a poco he ido compaginando vocación literaria y predicación. Teniendo en cuenta que en la juventud se encuentra el futuro, he escrito hasta el momento tres novelas, especialmente diseñadas para los más jóvenes y que son escogidas por colegios e institutos dentro del “Plan para el Fomento de la Lectura”. En aquellos centros escolares en donde las eligen, doy una charla y converso con los alumnos sobre las características de mis escritos, que, como cabe suponer, contienen enseñanzas de marcado carácter moral y dominicano.

También tengo mi propio blog literario: [ENLACE] en el que publico, jueves y domingos, temas de actualidad relacionados con la literatura, la cinematografía, opiniones periodísticas etc. en lo que yo he dado en llamar "blog de gentiles", de carácter no explícitamente cristiano, pero en donde, sutilmente, se deslizan enseñanzas moralizantes que son leídas por todo tipo de personas, sin tener en cuenta su credo o religión.
Seguramente, estas dos formas de predicación son desconocidas, no solo fuera de España, sino en mi propio país. Agradezco a la revista "Amanecer", la oportunidad que me da de publicitarlas y me pongo a vuestra disposición por si desearais que os visitara con alguna de mis publicaciones. Sería la forma más patente de poner en práctica nuestra "misión compartida".

También me podéis encontrar en Facebook, lugar desde el que contacto con personas de los cinco continentes y desde donde os ofrezco también mi amistad.

La familia dominicana con la que sueño, no entiende de fronteras. Únicamente unidos bajo un mismo carisma, nuestra acción apostólica puede resultar más eficaz si previamente nos conocemos y sabemos los diversos y personales modos de predicación, con los que intentamos extender el reino del Señor.

Él y nuestro Padre Santo Domingo velarán para que así sea.
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Carlos Malillos Rodríguez OP. Profesor jubilado del colegio de Arcas Reales